A Julieta, una madre querida

En mayo la ventana del cielo se abrió para acoger a Julieta. Ese mismo mes habíamos viajado a Madrid para ver a nuestra hija Marina y echarle una mano con el mantenimiento de la casa. Aunque ella heredó esta habilidad de su padre, necesitaba ayuda para instalar una luminaria LED en la cocina que sustituyera al fluorescente intermitente, así como reforzar los cajones del armario del dormitorio, renovar la tela de los barrotes que dan cierta intimidad a la terraza y atender otros menesteres. El tándem funcionó muy bien.

La idea era hacer coincidir la estancia con el domingo 3 de mayo, Día de la Madre, y salir a comer con Marina a algún restaurante. La semana previa comencé a pensar en un lugar para reservar con antelación y también en algunos detalles que siempre me gusta llevar. La mayoría suelen ser gastronómicos y coinciden con los favoritos de Marina, como los batatitos, el queso de cabra tierno, las papas para arrugar y las chocolatinas Tirma. Sé que de vez en cuando invita a sus amigos a tomar algo en casa, así que las papas con mojo son una apuesta segura.

Narciso
En esta ocasión quería llevar un detalle además para la madre de su amiga Rebeca. 

Recordaba la marca de su perfume, Narciso RodríguezDesde una tienda del centro comercial Open Mall en Arrecife, envié una foto a Marina para preguntarle por la fragancia exacta. Comprobé que no lo había leído. Quizá estaba ocupada en algún rodaje, así que decidí posponerlo hasta que estuviera segura de cuál era la favorita de la madre de Rebeca, aunque no tenía mucho tiempo, ya que esa tarde era jueves 30 de abril y volábamos al día siguiente a Madrid muy temprano.


Fragancia 
En el parking, arrancando el coche, recibí un mensaje de Marina, en el que me decía que era mejor dejarlo para otra ocasión, ya que en ese fin de semana sería imposible planificar un encuentro. «De acuerdo», le contesté. 

Precisamente, el 8 de abril había hablado por teléfono con Rebeca. Sabíamos por Marina la gravedad del estado de Julieta. En esa llamada sentí los últimos cuidados de una hija a su madre en el lecho acogedor del hogar familiar. 

Tras la conversación, me fui a caminar por el paseo marítimo. Mientras avanzaba a paso ligero, me venían a la mente los recuerdos del viaje que Rebeca hizo a Lanzarote hace unos años durante el mes de septiembre, acompañada de otro amigo de Marina, Francesco. Los tres se conocían desde la etapa del grado universitario en la escuela TAI de Madrid.

Rememoré el instante cuando los recogimos del aeropuerto y, una vez en casa, Rebeca empezó a sacar de la maleta viandas de una caja sorpresa: jamón serrano Cinco Jotas, lomo embuchado, salchichón, chorizo, queso manchego, vino de la bodega Legaris... 

—De parte de mis padres —dijo. 

Y entonces recordé que, en nuestra reciente charla, habíamos mencionado esa generosidad mutua que también los unía a nosotros, una virtud muy propia de la gente humilde.

En efecto, Rebeca señaló que Thomas y yo éramos parecidos a sus padres, de carácter desprendido. En esa llamada no le dije que todavía conservo los elegantes pendientes que me regaló en ese viaje. Tampoco le conté, que sin darme cuenta, pisé uno de ellos en el baño. Sabía que los había adquirido en la tienda Codo de la calle Arenal, de modo que un mes de agosto en Madrid, me acerqué al local para su posible reparación. La joven dependienta los mandó al taller, pero no hubo manera de soldarlos. 

Pendiente tienda Codo
Los dobles aros con delicada perla siguen reluciendo en mi joyero, testimonio de aquel mes de septiembre en el que Rebeca y Francesco descubrieron el alma de la isla de los volcanes de la mano de Marina; una huella tan imborrable como las cenizas volcánicas procedentes de la erupción de Timanfaya que cubren el paisaje de La Geria desde hace casi 300 años.

La última noche en Lanzarote, Rebeca expresó su deseo de invitarnos a cenar como despedida. Elegimos un restaurante frente al mar ubicado en Playa Honda llamado «Casa Tere», muy popular por la calidad de su comida y buen ambiente. 


Narciso

En la maleta de regreso a Madrid aquel mes de septiembre hubo un detalle para Julieta. Una fragancia del perfume Narciso, símbolo del cariño de una hija que conoce a la perfección los gustos de su madre. 

En fechas navideñas, siempre solía intercambiar deseos de bienestar por escrito, a través del móvil, con Julieta. La charla también giraba en torno a nuestras hijas, coincidiendo en lo orgullosas que estábamos de ellas. 

Las habíamos animado a elegir estudios por vocación. El ámbito audiovisual no es un camino fácil: largas jornadas de trabajo,  climatologías adversas, proyectos en destinos lejanos y condiciones laborales inestables. Sin embargo, la valía de ambas y el coraje de sus respectivas  trayectorias son incuestionables. Hay que tener mucha sensibilidad para realizar las tareas que ellas llevan a cabo, detrás de una cámara o enfocando la luz que se necesita en un instante preciso.

—¡Qué van a decir las madres! —exclamarían ellas. Pero Julieta y yo sabíamos lo que veíamos: un inmenso corazón en cada una, con una empatía extrema por los demás. Así lo constaté el sábado 2 de mayo cuando acudimos con Marina a la Puerta del Sol a ver la recreación del heroico levantamiento del pueblo de Madrid. Ese día de 1808 se produjo el estallido de la que sería la Guerra de la Independencia, que se prolongaría hasta 1814. 

Puerta del Sol, nº6

Casualmente descubrimos la cafetería ZapCoffee, a la que se accede por una zapatería (Puerta del Sol, nº 6). Se trata de un local ubicado en la segunda planta con siete ventanales que lo convierten en un mirador privilegiado sobre toda la plaza. 

Pedimos un café con leche e intentamos buscar un sitio aceptable mientras llegaba Marina.

Interior cafetería
Ya en el interior, lógicamente, los lugares con las mejores vistas estaban ocupados. No obstante, había un rincón con una mesa en la que pudimos apoyar los cafés. Cogí una silla libre y me acerqué a uno de los ventanales, donde se había situado una señora rubia de aspecto elegante. Desde allí, la plaza me quedaba en un segundo plano, pero era mejor que permanecer de pie. 

A los pocos minutos apareció Marina. Tras darnos un beso se movió por la estancia eligiendo un buen punto para grabar con el móvil. El espectáculo comenzó y entonces la señora rubia se levantó. Pensé que solo captaría alguna imagen y se volvería a sentar.  ¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando manifestó que tenía la intención de grabar de pie! 

Las personas que estaban detrás de mí protestaron, pero ella hizo caso omiso. Una señora mayor con acento francés se dirigió a ella de manera educada, instándola a que se sentara, ya que le impedía ver el acto y tenía una discapacidad. La mujer ignoró de nuevo la petición y siguió grabando como si no estuviéramos todos detrás. 

Entonces, la señora francesa se acercó a ella e hizo ademán de grabar también con el móvil, hecho que indujo a la irrespetuosa rubia a alzar el suyo para no ceder ni un ápice de su espacio. Nosotros no dábamos crédito a lo que estaba sucediendo. Entretanto, escuchamos el ruido atronador de los fusiles, bayonetas y cañones del ejército napoleónico reprimiendo la revuelta. 

¡Haga el favor de sentarse! vociferó una familia.

Y mientras los civiles caían defendiendo la plaza con navajas y piedras, la rubia violenta defendía con uñas su trozo de cristal. Y digo «uñas», porque ante nuestro asombro, se las clavó a la pobre señora francesa en la muñeca derecha, levantándole la piel.

La chispa de la indignación de Marina creció como la pólvora. Menos mal que inmortalizó este hecho surrealista entre una española y una francesa con un vídeo que comparto en este párrafo. La misma situación de enfrentamiento que la Asociación Histórico-Cultural Voluntarios de Madrid 1808-1814 replicó con toda su crudeza ante la ciudadanía y multitud de cargos políticos el 2 de mayo de 2026.


—¡Esto no puede quedar así! pronuncié—, y me fui a la barra en busca de una camarera para explicarle lo sucedido y pedir un desinfectante. La joven, con el rostro estupefacto, se marchó a por la responsable. Tardó unos minutos y regresó sin nada, ya que el botiquín estaba vacío, pero con la orden de su superior de llamar a la policía. Me acompañó al ventanal. Desgraciadamente la señora, enloquecida por lograr una impactante story para Instagram, había desaparecido. Volvimos a mirar la herida de la señora francesa, quien nos sosegó, restándole importancia, e informándonos de que por la tarde iba a ver una corrida de toros a la plaza de Ventas. Le preguntamos si viajaba sola. 

—Sí — contestó. Mi marido, que es médico, no ha venido. 

La verdad es que poco podía hacer él desde la distancia.

Lago Casa de Campo (03.05.2026)
Al día siguiente, a Marina se le ocurrió ir a comer a la Casa de Campo.  El clima amenazaba lluvia aquel domingo, por lo que decidimos reservar finalmente en una zona cubierta del restaurante Villa Verbena, en el paseo de María Teresa, 3.

Llegamos con antelación al bello entorno natural del lago y disfrutamos de sus vistas sentados en un banco antes de pasar al interior del restaurante. Una vez allí nos indicaron la mesa, cercana a la de una familia que ya estaba pensando en la posible comanda.

La proximidad hizo que escucháramos la conversación. La voz de una señora madura resonó rotunda detrás de mí. 

—Yo quiero puerros confitados, alcachofas y pulpo a la brasa. 

Su marido expresó su deseo de comer sardinas. Entonces la señora de estilo generala se dirigió a la que debía ser su nuera y le dijo: «Como tú comes muy poquito, así está bien». Una voz masculina —deduje que de su hijo— afirmó que pediría un steak tartar con ensalada. La madre además puntualizó: 

—El ceviche está también muy rico. Lo añadimos. 

Villa Verbena (03.05.26)

La nuera parecía un cero a la izquierda. Mi cara se iluminó al ver a Marina con un precioso ramo de flores dirigiéndose a nuestra mesa. 

Le di un abrazo de bienvenida y le indiqué que no se sentara todavía. Entonces le pregunté al maître si podíamos cambiarnos a la terraza. Lo consultó e hizo un gesto aprobatorio.

Laura, la camarera del espacio exterior, nos dispensó un servicio muy amable, al que se sumó el bienestar del entorno. Al terminar la comida, dimos un paseo en barca de 45 minutos.

La Latina (03.05.2026)



A continuación, nos encaminamos hacia la Puerta del Ángel para coger el metro donde vimos la escultura dedicada a Beatriz Galindo (Salamanca, 1475-1534) que ha pasado a la historia con el apodo de La Latina

Fue camarista de Isabel la Católica y profesora de latín de la reina. Después dio nombre al barrio madrileño donde se ubicó el hospital de la Concepción gracias a su iniciativa y donaciones.

A las 17:30h regresamos a casa para rematar el mantenimiento, ya que al día siguiente, 4 de mayo, volábamos a Lanzarote. Mientras Thomas y Marina volvían a sacar las herramientas, miré la plaza de Almodóvar desde la terraza de nuestro tercer piso. Entonces recordé aquel día en el que Rebeca y Marina me escucharon decir desde esa misma perspectiva: «¡Cuánto echaba de menos esta vista!». Ambas enarcaron las cejas y no explotaron de risa por educación. Las dos saben que en Lanzarote diviso el mar desde el que es, sin duda, nuestro último reducto: el piso que hemos logrado tener después de muchas vicisitudes. Una primera vivienda, fruto de nuestro trabajo y perseverancia, y también de la generosidad de nuestros seres queridos, quienes, al igual que mis abuelos maternos, nos demostraron que la mejor herencia es el amor, la empatía y la máxima ayuda en vida.

El piso del barrio de Carabanchel me trae muchos recuerdos, y entre ellos, están aquellos momentos felices de la niñez y la adolescencia en los que solo debía preocuparme por estudiar, leer Esther y su mundo, salir con mi amiga Pili —que vivía en la calle Zaida—, sacar a Foxy (nuestro fox terrier encontrado en la calle), comprar los domingos el periódico El País con el especial de cultura y llevar las porras recién hechas de la churrería de la avenida de Nuestra Señora de Valvanera para desayunar con mi madre y mi hermana Eva.

Han pasado 35 años desde que decidí emprender el vuelo a Lanzarote, un 3 de diciembre de 1991. Sin embargo, mi mente está llena de historias de ese inmueble de gente obrera. En el tercero D sigue viviendo Angelines, quien de soltera residía en el barrio de las Letras. Se casó con un electricista y desde entonces reside en el piso contiguo al nuestro. Algunas tardes regresa a la calle Amor de Dios, la de sus padres, y se acerca a la basílica de Jesús de Medinaceli como también hacía mi madre.

El domingo, al volver a casa y subir las escaleras, nos la encontramos. Creo que ya no me reconoció. Dijo que la tarde había sido un aburrimiento y que se iba a dar un paseo porque en casa cada uno iba a su bola... Debe referirse al hijo con el que vive desde que se separó y regresó al hogar familiar. Marina me cuenta que, de vez en cuando, toca nuestro timbre y le pide que le abra algún frasco o botella. 

Foto de Marina Bryant
Este inmueble es como la tira cómica de 13, Rue del Percebe de Francisco Ibáñez. Se suceden muchas historias, y es que se escuchan las conversaciones a través de los tabiques, los ladridos del perro del piso de arriba, la televisión, el ruido de la lavadora, las broncas familiares, los pasos en la escalera...

Por eso, cuando supe que habían inaugurado un mural del genial dibujante en la calle General Ricardos, 46 no tuve la menor duda de que acabaría dedicándole algún párrafo costumbrista. En efecto, el 15 de marzo de 2025, en homenaje a la fecha de nacimiento de Francisco Ibáñez, se dio a conocer la obra de los artistas NSN997 y Kerudekolorz, inspirada en el arte urbano de los 80 y 90. La iniciativa forma parte de «Distrito 11» y su objetivo es hacer del barrio de Carabanchel un referente cultural. Este mural es ya el punto de interés de la futura Ruta de Arte.

Sin embargo, ese piso es también un refugio. Una propiedad da siempre respiro y estabilidad; mi abuela Josefa lo tuvo muy claro desde el principio. Ejerció el oficio de planchadora —aprendido de su suegra María— en la calle de Jesús, 12, para complementar el sueldo de inspector de policía de mi abuelo Pepe hasta que sus rodillas no pudieron aguantar más el peso de los años y el esfuerzo. 

El matrimonio, ya jubilado, se mudó al piso sin ascensor de la avenida de Valvanera. Las escaleras hasta la tercera planta para acceder a su vivienda fueron un obstáculo que incrementó el dolor, sobre todo, de los huesos de mi abuela septuagenaria. Recuerdo con agrado su cocina que desprendía aromas murcianos (testimonio de su origen y de esa huerta famosa por su variedad y frescura), y su terraza llena de plantas que cada día regaba con esmero. También recuerdo verla en verano, sentada en una silla dormitando, ante la imposibilidad de soportar el calor que emanaba de las paredes de su dormitorio; ese que después ocupamos mi hermana Eva y yo, la tercera generación. Y ahora la cuarta, representada por Marina, quien ha dado un toque extraordinario de feng shui a la casa.

En la última novela que he leído, Mamá está dormida, su autor expresaba que el mejor patrimonio de la vida es la memoria. En especial la del corazón, aquella que magnifica los buenos recuerdos y elimina los malos. No obstante, hay que ser realistas. La fachada de la casa necesita una reforma integral, al igual que su interior. Los desprendimientos se suceden con frecuencia. Las chapuzas de los fontaneros y pintores contratados por la comunidad de propietarios son señales de su bajo presupuesto. Según la administradora, se acometerá una mejora en el año 2027. 

El 14 de junio también coincide con la pérdida de Henry Mancini hace 32 años. Compositor de música de cine nos dejó  temas inolvidables como Moon River en Desayuno con diamantes o el tema de amor en la película Romeo y Julieta. Es precisamente el título de esta última el que me ha inspirado para elegir el nombre ficticio de la madre de Rebeca, para respetar su etapa de duelo y privacidad.

A ella le dedico este espacio en el que convergen anécdotas, historias de familias, amistad y un amor inmenso de madre. Sí, porque  Julieta y yo, entre felicitación santoral y felicitación navideña, siempre acabábamos hablando de nuestras hijas y de los lazos fuertes que las unen tanto en momentos difíciles como alegres. 

Termino con un regalo visual, que envié a Julieta, el primer día del año: una puesta de sol de Lanzarote que lleva la mirada sensible de Marina en ese instante preciso que refleja una paz infinita.

Mientras la observo, escucho una composición musical del pianista Stanton Lanier que evoca un nuevo despertar, y me imagino a Julieta descansando en ese universo al que se nos ha anticipado un 14 de mayo. Ese día decidió emprender su último viaje. En el recorrido, unos focos iluminaron su camino y no se apagaron. Dos semanas después, Josefina Molina, pionera en el sector audiovisual, iba a necesitar su misma luz. La primera mujer en obtener el título de directora de cine en España atravesó el umbral el 30 de mayo y Julieta la recibió con una sonrisa. Enseguida le propuso sumarse a una tertulia:

Josefina, te voy a presentar a unos amigos. Este es Luis, el abuelo de Marina, un artista pintor-poeta. He estado hablando con él, recordando los días de verano en que invitamos a su nieta a la casa del pueblo en Ávila. Rebeca y ella se recuperaban de sus jornadas maratonianas en los rodajes, restaurando así su cuerpo y sus neuronas. Luis vivía en Arenas de San Pedro, al abrigo del Valle del Tiétar. Allí sembró versos, trazos y colores. También te presento a Francisco Ibáñez. Por cierto, dice que está encantado con el mural de 13, Rue del Percebe que han inaugurado en el barrio de Carabanchel. Desde aquí comprueba lo bien que su hija Nuria gestiona todo su legado desde el 15 de julio de 2023. 

Unos destellos en el firmamento captaron la atención de Josefina, Julieta, Francisco y Luis. Siguieron su estela con curiosidad y comprobaron que el origen de esa luz tan potente era el amor de todas las vidas que los continúan en la tierra. D.E.P.




DEDICATORIA:

A Rebeca, la hija de Julieta:  

Tu madre vivirá siempre en vuestro corazón y percibirás su mano protectora a partir de ahora


NOTAS: 
  • Algunos de los nombres utilizados en este relato son ficticios. Entre ellos el de Julieta, Rebeca y Francesco, respetando así su privacidad.
  • Recomiendo la lectura del libro Vivir con nuestros muertos. Sin duda, un poderoso himno a la vida cuya autora es Delphine Horvilleur (Nancy, 1974), rabina, escritora y filósofa. Editorial: Libros del Asteroide.



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