Crónica de una muerte no anunciada

Fijo la vista en el horizonte oceánico, haciendo un inciso en la reflexión, al escribir. No estás en el lugar habitual. Siempre me sigues hasta que decido dónde voy a sentarme. Es el momento entonces de echarte, en forma de ovillo, para hacerme compañía en las horas de estudio, preparación de clases, correcciones, redacción de textos y demás tareas, a veces, interminables. A todas esperas con paciencia porque a su término, intuyes, habrá un merecido paseo.
Ahora, al girarme hacia la izquierda, veo solo la mantita verde en tu espacio cotidiano y recuerdo, con nitidez, tan reciente adiós surrealista. No debo, sin embargo, desvelar el desenlace inesperado de esta historia sino revivir su feliz comienzo.

Maqueta
Había jurado, tras la pérdida de Drake, nuestro fiel perro bardino, que no tendríamos más perros. Aquella tarde de viernes Marina y su amiga Ana estaban en casa; habían quedado para realizar un trabajo del colegio sobre el aprovechamiento del agua en Lanzarote. Por su complejidad se asemejaba más bien a una obra de ingeniería, teniendo en cuenta que los mecanismos sugeridos de la maqueta debían funcionar, representando aljibes, galerías y maretas. 
Tras un rato de activa participación e interés, las niñas optaron por hacer una pausa mientras el padre de Marina ensayaba y completaba los múltiples accesorios. Ambas se marcharon a dar una vuelta por el pueblo de Tías en tanto que yo me preparaba para salir a cenar con mis alumnos y así clausurar un curso de inglés que había impartido en la academia Akacenter. Al cabo de un cuarto de hora, aproximadamente, escuché risas y un ruido estrepitoso en la subida de los 13 escalones que daban acceso a nuestra vivienda de la calle San Pedro. Sonó el timbre y terminando de vestirme apresuradamente, abrí la puerta.

Habitación Marina 1995
-Mamá. Mamá. Mira… - dijo Marina. 

Y antes de que finalizara la frase te metiste en casa como un torbellino. Sonreí. Eras como uno de los graciosos cachorros con los que había decorado la habitación de Marina cuando era pequeña y residíamos en un bungalow de Puerto del Carmen. 

-¡Un dálmata! - exclamé asombrada.- ¿Dónde lo habéis encontrado?

-Estábamos caminando y de repente apareció detrás de un coche - gesticularon las niñas.

El dueño seguro que estará preocupado buscándolo - añadí. Bajad de nuevo y averiguad a quién pertenece. Ya me contaréis cuando vuelva de la cena. 
¡Sí, sí! - respondieron al unísono las dos - bajando alocadamente la escalera con el can en dirección al descampado de enfrente para jugar con él.
Al regresar más tarde, mi hija me explicó que no habían visto a nadie que pudiera ser el responsable del dálmata; acariciaba al perro que se dejaba querer, ya bautizado con el nombre de Twingo, modelo del coche junto al que había surgido súbitamente.
De acuerdo - las sosegué. Esta noche se puede quedar aquí pero mañana habrá que ir a la Clínica Veterinaria y preguntar si tiene chip. Imaginad cómo debe sentirse su dueño – mencioné.

Twingo (2010)
Al día siguiente nos confirmaron que, en efecto, el dálmata estaba identificado con un chip, facilitándonos un número de teléfono. Llamé y respondió una voz juvenil de mujer. Al relatarle la situación me aclaró que el perro, aunque en un principio fue suyo, vivía desde hacía meses en la casa de una amiga.
Me hizo mucha ilusión cuando me lo regaló mi novio - confesó la joven. Pero nos pasábamos el día fuera de casa, trabajando. Al volver ... ¡siempre había mordido algo y estaba tan nervioso! Los padres de mi amiga tienen una finca con mucho terreno y allí está mejor - se convenció a sí misma la joven dándome otro número de teléfono. Gracias - le contesté. A continuación marqué el segundo número pero no respondió nadie en ese momento.
La mañana del sábado transcurrió con las rutinas de la compra y los quehaceres del hogar. Preparé la comida y nos sentamos a la mesa. Antes justo del postre escuchamos el teléfono fijo de casa. Me dirigí al salón. 
Es Juan - el dueño del perro- dije en voz alta tapando el auricular. Ha debido de ver mi llamada registrada en su móvil.
- Sí, soy el dueño del dálmata - contestó Juan. 

Le informé enseguida de que el perro estaba bien, jugando incansablemente con los niños. Nos habíamos percatado, por cierto, de una lesión en la pata derecha.
Bueno, en realidad le hice un favor a la mejor amiga de mi hija - continuó Juan. Ella vivía en un piso y no podía cuidar al dálmata. Es cierto que tengo además otros 3 perros. Son grandes y muy buenos guardianes de la finca. ¿Y dice usted que tiene niños?

- Sí. Marina, de 14 años, y Eduardo, de 10 - le respondí satisfaciendo su curiosidad.
- Quizá, ehm, no sé, le gustaría que el perro …
- Juan ­­- puntualicé - vivimos en un piso de alquiler. Nuestro último perro murió en 2005 y regalamos casi todas sus cosas exceptuando algunas que están en el garaje. 
- Por eso no se preocupe. Mire, voy ahora mismo a su casa y hablamos. La verdad es que el dálmata .....  no es feliz con nosotros. - sentenció Juan.

La voz de mi marido, procedente de la cocina, me ubicó de nuevo en la tierra. ¿Estás loca? ¿No estarás pensando en tener otro perro? - opinó en vano. Me senté de nuevo en la mesa, suspiré y retomé la comida. A los 10 minutos sonó el timbre de la puerta de nuevo. Los niños se levantaron rápidamente y abrieron. Juan era un hombre de pelo canoso y expresión afable. Apenas a unos metros a la derecha nos observaba Twingo, a través del cristal de la terraza, con las orejas atentas y su movimiento de cola acelerado.
Juan insistió en que la convivencia con los otros perros no era la idónea para el dálmata. No se trataba de la primera vez que se escapaba de la finca de los Topes, en la cercanía de la biblioteca del escritor portugués José Saramago. Algunos vecinos del barrio nos corroboraron este hecho el día anterior, ya que lo habían visto deambular suelto en otras ocasiones. Mis hijos, sin parpadear, escuchaban la conversación sobre  el inteligente can explorador. 

Marina y Twingo - 20.03.2010
Mi mente daba vueltas con el eco de la advertencia de mi marido; me pareció encontrar momentáneamente la solución perfecta. Bien Juan - proseguí con vehemencia.- Vamos a dar una oportunidad a Twingo y a los niños. Lo acogeremos una semana y ellos se van a encargar de él. Tienen que aprender que no se trata de un juguete. Hay que madrugar para sacarlo a pasear antes de ir al colegio que está en Arrecife y las demás obligaciones que conlleva una mascota. 
- Marina, te corresponde lunes, miércoles y viernes.
- Eduardo, a ti, martes, jueves y sábados. El domingo compartiremos los cuidados entre todos. - planifiqué.

¡Hecho, hecho! Los niños se pusieron a dar saltos y a abrazarme. Gracias, mamá. Gracias, mamá - repitieron rebosantes de alegría. 
Juan se encaminó al coche para ir a buscar el pienso. Las voces infantiles y los animados ladridos le despidieron en el callejón donde el dálmata empezaba a intimar ya con sus nuevos vecinos.
En el interior de la casa una aseveración retumbó en el aire. -Definitivamente estás loca-. Al cabo del rato subieron los niños sosteniendo un gran saco de 15 kg de “Friskies”, una correa, y pegado a ellos, como un lunar, el huracán de Twingo. Juan ya se había ido. Tenía prisa por ir a trabajar al restaurante que gestionaba en la Avenida de las Playas de Puerto del Carmen.

Foto: T. Sestayo 
Tras una semana “en periodo de prueba”, en la que Marina y Eduardo se ocuparon de manera responsable de su mascota, me di cuenta de que no poseía todavía la cartilla de vacunaciones con la información del veterinario. Llamé a Juan y me aseguró que al día siguiente me la traería. Así fue. En el umbral de la puerta hablamos de la provisional situación. Twingo se acercó a él, rozó sus piernas buscando la caricia. Sin duda, es un perro muy cariñoso -afirmó Juan.

Durante la Semana Santa los niños no pararon mucho tiempo en casa. Disfrutaban paseando a Twingo en los alrededores con los amigos del barrio que se sumaban formando una pandilla inseparable. Recordé que tenía que mirar aún la cartilla de vacunaciones. Estaba sola en casa. Me senté en el sofá del salón y busqué la primera página. En ella figuraban los datos básicos como nombre, raza y fecha de nacimiento. Leí el primero y no pude evitar esbozar una incipiente sonrisa: “Pantxo”. Un nombre vasco cuya pronunciación relacioné enseguida con el adjetivo “pancho”, sinónimo de tranquilo. Desde luego una verdadera antítesis comparándolo con el carácter dinámico del cachorro dálmata.
Reparé en la fecha de nacimiento y en la de su espontánea aparición en el barrio. ¡Vaya una coincidencia! 19 de marzo 2008 y 19 de marzo 2010. Es decir, el dálmata había nacido el día del Padre, festividad en la que se honra a San José. Respiré hondo. El viernes que Marina y Ana lo encontraron cumplía exactamente dos años. El dálmata había recibido una familia como regalo. Si, porque finalmente decidimos acogerlo. Sería el perro de los niños. Le cambiamos el nombre de manera oficial y todos los datos relativos a su nuevo dueño y dirección en el chip. En la clínica veterinaria de Arrecife, de la Avenida Fred Olsen, se le vacunó de lo que tenía pendiente y se planteó qué hacer con la lesión en la pata derecha.
- Un perro con dos años debe correr. Sería lamentable que siguiera cojeando -  había manifestado el veterinario. 
- Por supuesto - opinamos nosotros. No nos cabe la menor duda al respecto.

El 23 de abril, Ramón, intervino al dálmata de los ligamentos. Juan nos ayudó con la mitad del importe de los gastos de la cirujía.

Thomas y Twingo nadando - 2012
Twingo se recuperó adecuadamente. Pudimos llevarlo a conocer el mar y nadar sin el cargo de conciencia de traerlo con la pata resentida por el esfuerzo realizado. Agustín, veterinario de la misma clínica, comprobaba su rápida evolución y su desbordante energía. Es el único perro que cuando lo estoy revisando mueve la cola contento - declaraba Agustín.
Optimista, feliz por naturaleza, incluso cuando se le regañaba. Era difícil enfadarse con él, hasta en las situaciones en las que requería una pronta severa amonestación. Una de las primeras reprimendas recibidas fue en la cocina del piso de Tías. Un fin de semana Marina había invitado a sus amigas a cenar y a ver una película. Pendiente del horno, sacó la pizza en su punto, dejándola recién hecha en la encimera; introdujo la segunda base y se marchó un momento al aseo. Cuando regresó .... ¡Twingo se había zampado la apetitosa pizza barbacoa, tamaño familiar, y aún se relamía!
Es cierto que no todo era armonía en su conducta. Los perros recogidos llevan un bagaje anterior que desconocemos en su adopción. Y este era el caso de Twingo. ¿Por qué ese irrefrenable enfrentamiento a algunos de sus congéneres? En especial, a los Bulldogs franceses, aunque otras razas de perros grandes como la husky, parecida al lobo, tampoco se salvaban de sus imprevisibles reacciones. Una aversión que no llegó a superar porque probablemente se correspondía con un mal recuerdo. ¿Quizás un mordisco a traición?
Este cambio de temperamento y posible trauma “infantil” se desencadenaba exclusivamente en el exterior, lo que nos obligaba por prevención a no llevarlo suelto, a excepción de lugares poco transitados como las antiguas salinas, en la zona del Reducto, donde además disfrutaba persiguiendo conejos. En cuanto nos poníamos el deportivo calzado o la conocida ropa de paseo comenzaba su incesante ladrido, apaciguado sólo por la palabra “sit”, con el objeto de enganchar la correa al collar. Hecho sencillo que a veces se demoraba más por su síndrome de patas inquietas.

Al traspasar el portal hacia la calle Twingo experimentaba un deseo aventurero y se convertía en un líder con un programa establecido y directrices bien marcadas. Lo primero, saludar a la palmera nada más cruzar el paso de peatones; en segundo lugar, caminar a paso muy ligero llevando a cabo su habitual estrategia, aproximarse a los camuflados matorrales que le permitían esconderse para completar sus lógicas necesidades, con preferencia en alto, dejándome apenas el tiempo preciso de recogida porque ahí empezaba su misión: 
tirar con una fuerza descomunal únicamente atenuada por la tranquilidad de percibir que el recorrido no era interrumpido
Su dirección era clara, sin mirar atrás, con un impulso que le llevaba a alejarse, a buscar lo desconocido y a sortear con agilidad una posible pausa en el camino. Se aburría someramente si me paraba a mantener alguna espontánea conversación y como un adolescente impaciente manifestaba rotundamente su descontento.

Las tentaciones de Twingo 
De costumbres arraigadas. No olvidaba su ración de leche matutina con galletas ni hurtar el pan de la mesa o sucumbir a la tentación de la última torrija de vino propiciada por mi pueril distracción. Rápido como una centella subía a la silla del ocasional ausente, cual comensal invitado, y, cuando percibía el ambiente embargado por el reparador sueño, se abrazaba a Morfeo dulcemente.
Si de juego se trataba, no se conformaba con el simple ir y venir de una pelota, a no ser que el lance fuera en el mar. Su actitud terrera asilvestrada se tornó al estilo urbanita, al mudarnos a Arrecife, siendo espectador asiduo del “skate park" y de las vertiginosas piruetas de sus valientes artífices. 

Desde 2014 era habitual verlo, con un arnés, tirando con firmeza de un tricolor longboard en el que su amo hacía equilibrios por no caer ante un considerable socavón o un peligro mayor, la aparición de un incompatible can. Nadie le obligaba a correr a la velocidad de la luz; él imponía el ritmo y el final del trayecto, unas veces divertido y otras accidental; ambos habían aprendido de los errores cometidos y dominaban el mismo lenguaje: si Twingo notaba que el tirón se aflojaba debía irse a la derecha para salvar algún bordillo y si el viento venía de frente, había que agacharse. Incluso era capaz de ir ralentizando poco a poco ante la significativa orden de su amo.

De paseo por el Reducto con el longboard en época navideña

Así ocurrió el sábado 22 de abril, como tantas otras tardes de anhelado paseo. Quiso el destino que mientras yo estaba inmersa en mi mundo de letras, en Playa Blanca, atenta a la presentación del último libro de nuestro amigo Manuel Concepción, “El cogedero”, y después a la novela “Alicia” de Miguel Aguerralde, me quedara también a escuchar a Ismael Lozano y su consejo implícito en la reciente publicación “No me he ido todavíade dar un abrazo cada noche a la persona con la que convives.
Miré el reloj. Ya eran las 20h. Probablemente Twingo estaría disfrutando de un paseo largo, ventaja del fin de semana. Moví la mano en señal de despedida y me encaminé al coche. ¡Qué agradable había sido el encuentro en la Feria del Libro! Y con retazos en la memoria de breves conversaciones con Ana Mª Gomariz e Irma Echeverría sobre lecturas y vidas, emprendí el camino de regreso. Acababa de pasar el desvío a Femés cuando sonó mi móvil. Era una llamada de mi marido. Como circulaba con el coche que nuestra amiga Pilar nos había prestado, en tanto se solucionaba la avería del Nissan Primera, no tenía activado el manos libres. Quedarían aproximadamente 15 minutos de trayecto. Aún así decidí detenerme un momento en las inmediaciones de una gasolinera para responder.

- No te preocupes, Thomas, llego enseguida ­- le dije pensando que estaba en casa. Pero el tono  entrecortado de su voz me confirmó el mal presagio de que algo estaba pasando.
- Ven, por favor, mientras paseaba a Twingo ... ha muerto. -­­ musitó.
- ¿Cómo? No puede ser. ­- inquirí.
- Sí. Trae el coche cuanto antes, a la altura del aparcamiento. - insistió.

Arranqué el motor, apagué la radio y me dirigí hacia el garaje del inmueble con el único objetivo de llegar cuanto antes y comprobar que no era verdad. Subí a casa, me cambié, cogí el móvil y las llaves. Acto seguido accedí al ascensor y presioné el botón de la planta baja. Salí a la calle y fui corriendo hacia el parque. No los veía. Llamé a mi marido.

- ¿Dónde estáis? - pregunté con estupor. 
- En las escaleras que bajan al mar, frente a la antigua discoteca Aqua. Date prisa que aquí hay una gente que dice que quería echar el cuerpo de Twingo al mar. - pronunció.
- ¿De qué está hablando? No le he debido de entender - pensé desconcertada. Y conforme me acercaba al lugar descrito divisé a Thomas y, a su alrededor, varias personas increpándole.

Y aquí comienza el desenlace surrealista al que me refería al inicio del relato.

- Thomas, ¿me puedes explicar qué sucede? - le miré boquiabierta.
- Pues que paseando con Twingo por las salinas se desplomó. Intenté reanimarlo pero fue fulminante. Parecía que hubiera recibido una descarga eléctrica. Por no llevarlo muerto en brazos y llamar la atención, me acerqué a casa a por una lona y también a contactar con el veterinario para que me informara de cómo proceder. Regresé y lo envolví. Me lo puse a los hombros dirigiéndome hacia la Clínica Veterinaria Arrecife e hice un descanso frente al aparcamiento para esperarte. Dejé a Twingo tapado con la lona, fuera de la vista de la gente, en el peldaño superior de las escaleras. Y ahora estas personas me acusan de tener la intención de deshacerme del perro queriéndolo tirar al mar. Acabo de llamar a la Policía. - relató.

Mis ojos estupefactos buscaron la mirada de una joven y dos chicos que ciegos vocalizaban de nuevo lo impronunciable.

-¿Cómo se te ocurre decir algo tan absurdo? - me encaré a la joven.
- A mí no me levante la voz, que soy menor. - respondió con cadencia.
- Estaba conduciendo cuando me  avisó mi marido - continué en el tono anterior.
- No les des explicaciones - señaló Thomas. La Policía viene enseguida.
- Es un miembro más de nuestra familia ­- añadí, observando a aquellos personajes sacados de una obra de teatro, género esperpento, de Valle Inclán. ¡Basta de sandeces! - espeté.

Y me aproximé a Twingo, con la esperanza de verlo con vida. Su cuerpo inerte yacía frente al mar cubierto con la lona verde. La levanté y le acaricié la cabeza. Parecía dormido. La Policía llegó e hizo las preguntas pertinentes. En tanto se sucedían las declaraciones me percaté de que debía avisar también a mi hijo. Le llamé y resignada le expliqué el lugar en el que nos encontrábamos.

Eduardo y Twingo 
Los comentarios sin fundamento se multiplicaban en un plató de rodaje de ciencia ficción o quizá en la atmósfera repelente de esos programas de TV de los que siempre huyo, de enredos y diálogos de besugos (con todo respeto a su creador, Armando Matías, en la revista El DDT, 1951.) hasta que la Policía Local, juiciosa y sensible con nuestro dolor, les instó a abandonar la zona. De la oscuridad de la noche emergió el rostro compungido de mi hijo Eduardo imponiéndose la dura realidad. Y le pedí al cielo una tregua como la existente en la novela "Intermitencias de la muerte" de José Saramago. En esta fábula el escritor portugués plantea el hecho de ser la primera vez que la muerte envía un sobre violeta para que el destinatario sepa que tiene un plazo determinado para decir adiós a la familia, pedir perdón por el mal hecho o hacer las paces. Sin embargo, este 22 de abril, la altiva guadaña no reconoció su error de ataque a traición como lo hizo con el violonchelista al comprobar su temprana edad.

Twingo repantingado
Twingo apenas acababa de cumplir 9 años el 19 de marzo y pensé en dedicarle unos versos. Contarle al mundo la sonrisa diaria que esbozábamos al abrir la puerta de casa y verle en el salón repantingado en el puff naranja de Marina. Se había hecho dueño y señor de este cómodo asiento y no se avergonzaba lo más mínimo en reivindicar su confort. Transmitir la alegría en su ladrido afónico al recogerle del hotel canino D-Kanes, en la carretera de San Bartolomé, donde puntualmente se alojaba, hablar de su pícaro rostro apoyando la cabeza en un cojín, almohada o en el sofá beige a hurtadillas cuando no estábamos.
Era difícil resumir los 7 años que hemos pasado juntos en un poema. El dálmata feliz se merecía un relato, aunque fuese corto, entre punzada y punzada sentida en el desempeño de mi vocacional labor docente, la asistencia a clases de alemán y la redacción de la sección de turismo de mayo dedicada al Día de la Cruz. El tintero aún está lleno y nuestra memoria con la máxima capacidad de recuerdos dichosos.


Solo los compartiremos con aquellos que distinguen el amor frente al maltrato, la generosidad frente al egoísmo, el sentido común frente a la estulticia y, sobre todo, la empatía frente a la insensibilidad.
Dedico “Crónica de una muerte no anunciada” a mis hijos, Marina y Eduardo Luis, a Thomas y a mi madre. Con el respeto y la admiración que siento por el escritor Gabriel García Márquez, me atreveré a incluir esta crónica dentro del movimiento llamado realismo mágico, basado en hechos reales que incluyen elementos fantásticos en la narración. ¿Por qué lo hago?

Porque la literatura tiene la autonomía de la imaginación y la libre creación. Elijo, por consiguiente, un desenlace distinto para esta crónica. Con él seré capaz de no demorar ya más la noticia y decírselo hoy 07 de mayo, Día de la Madre, a Marina. Aquella entonces niña, educada en el amor y respeto a los animales, que no tuvo ninguna duda en seguir el dictamen de su corazón solidario, llevándose al dálmata a su sencillo hogar. Ella cursa actualmente en Madrid el grado de "Cinematografía y Artes Audiovisuales".

Twingo cuenta su historia

Son las 10 de la mañana. Me acabo de enterar que ya ha llegado mi amo de Fuerteventura. ¡Menuda sorpresa! Estoy paseando con Syra. Ella creía que vendría más tarde pero hemos tenido que regresar a casa antes de lo previsto; debía abrirle la puerta del garaje. Ahora conduce el coche de ella; se les ha vuelto a estropear el Nissan Primera y está en un taller de Corralejo, con la llave del garaje de casa en su interior. En fin, no me extraña, tiene ya 17 años, la misma edad que Eduardo. Es el coche al que subo cuando me llevan de excursión, no muy lejos porque no paro de ladrar y me pongo muy pesado. La última fue por el Volcán de la Corona. Me lo pasé de maravilla en Haría. Allí me dejaron suelto y disfruté a mis anchas de la tierra, de las plantas y de curiosear a mi antojo.
 
De excursión (2016)

La verdad es que siempre he sido algo travieso e independiente. Hay una etapa de mi infancia que no me gusta en la que tuve que convivir con 3 perros adultos. Opté por escaparme y otear alrededores en busca de cariño. Todos me rechazaban. Ya tenían otras mascotas en su vida. Pero aquel día fue especial. Me había alejado más de lo habitual, no me esperaba nada atrayente en casa. Deambulaba por un barrio donde había un colegio cercano. De pronto aparecieron dos niñas riendo. Se fijaron en mí. ¡Qué gracioso! Un dálmata! -exclamaron. Las miré, vi la ternura en sus ojos y me abalancé a lamerlas. Como un imán las seguí hasta una hilera de casas ubicadas en un callejón sin salida. Subí trotando los 13 escalones hasta su piso. Una mujer de pelo castaño abrió la puerta, estaba terminándose de vestir. ¿Ya estáis aquí? – preguntó sorprendida. Y al verme se quedó boquiabierta. Sus ojos y los míos coincidieron. Entré sin pedir permiso al cálido salón color salmón, olisqueé y comprobé con alivio que no había otro perro. Sentí las caricias en mi lomo y pedí un deseo de cumpleaños. - Quiero ser un miembro más de esta familia -. Se cumplió.

Arrecife - 17.02.2017
En 2014 nos mudamos a Arrecife. La primera vez que subí en ascensor estuve temblando todo el rato. Creí que iba en una nave espacial. Se paró por fin en la cuarta planta y entré en un piso. Me resbalé en el suelo del salón. Estaba vacío y parecía una pista de baile. Pero el colmo fue el golpetazo que me di contra el cristal de la terraza. ¡Quien iba a saber que la puerta estaba cerrada! 
Tengo la suerte de caminar todos los días por un paseo cercano al mar. Contemplo amaneceres de ensueño con Eduardo que me saca por la mañana muy temprano antes de irse al instituto. A menudo me subo al muro de piedra volcánica que me separa escasos metros del océano Atlántico y siento la brisa en las orejas. A veces me sueltan por las antiguas salinas donde me entretengo asustando a conejos. Otras permanecemos cerca del skate park viendo las piruetas que los jóvenes hacen e intento comer algún resto de bocata o el pan de las palomas desperdigado en el césped hasta que recibo la amonestación cotidiana.

Disfruto de un paraíso solo alterado por la presencia de algunos congéneres que no me caen bien. No soporto a los bulldogs franceses. Muy tranquilitos, muy tranquilitos. ¡Ja! Menudo mordisco me dio cuando era pequeño el del vecino de la calle San Pedro, en Tías. Por no hablar ahora del bichón maltés de la vecina. Se cree que no me he dado cuenta. Está enamorada de Eduardo. Cada vez que lo ve en el ascensor le hace cabriolas. Los celos me pueden pero me resarcí el otro día. En un descuido de mi ama, que leía la correspondencia esperando el ascensor en la planta baja, se abrió la puerta y apareció la perrita. Venga a ladrar, venga a ladrar. Como estaba la correa floja, aproveché y le di un buen susto. Lo peor fue el disgusto en casa a la hora de la comida. Desde entonces me ponen el bozal, exceptuando mi amo. A él no le engaño. Ya le he hecho muchas y tenemos telepatía. 

Thomas y Twingo (2014)
Adoro a mi amo. Imaginaos, me deja tirar de la correa que él sujeta, mientras mantiene el equilibrio en un longboard para no caer cuando hacemos giros de 90 grados, levantándome un poco por el aire, o se me cruzan los cables al plantarse en mitad del camino, retándome, un inoportuno perro. En Navidad dejamos al personal del Reducto flipando con  los cuernos de reno y mi amo con el gorro de Papá Noel. ¡Incluso me hacen protagonista de sus tarjetas de felicitación a la familia y amigos!

Esta tarde de sábado ha sido una sorpresa. Syra se ha ido a Playa Blanca, a la Feria del Libro. Tenía intención de sacarme un rato antes pero al verme tan feliz descansando con mi amo, me ha pasado una mano suavemente por el lomo y le ha dejado una nota en la cocina. -Vendré pronto, da un paseo a Twingo. Después haremos la compra- decía.

Realmente me he hecho el sordo aunque dicen que es una enfermedad congénita. De eso nada. Escucho perfectamente el leve sonido de caer algo en mi comedero y por supuesto los diferentes matices de voz como el tono grave de mi amo cuando arrasé con todas las hierbas aromáticas de la terraza. La albahaca, el perejil, el romero, el tomillo. ¡Qué festín! 

¡Qué divertido ha sido el paseo de esta tarde en longboard! Una vez más he ido a una velocidad supersónica. Nadie me obliga pero a mi amo y a mí nos sube la adrenalina; nos sentimos más jóvenes. Menos mal que mañana hará 7 años que me operaron de los ligamentos de la pata derecha. Mi veterinario Ramón es un experto traumatólogo. También cuidó de un perro bardino que tuvieron mis amos, uno de los 6 cachorros de la misma camada que recogieron en Papagayo en 1992. Tienen un retrato de Drake y otro mío que dibujó Marina a lápiz cuando iba a clases de Arte con Mariola Acosta en Tías. Los dos están colgados en casa. ¡Están chiflados!

¡Uy! ¡Ya llega mi ama! Pronto, como decía en la nota.¡Qué raro! Al atravesar el umbral de la entrada no ha sonreído al verme repantingado en el puff de Marina. ¿Qué ha dejado Syra en la mesa del salón? ¡Ah! Es un sobre violeta. De reojo la observo. Está ensimismada mirando a mi amo acariciarme la cabeza y las orejas negras que tanta gracia le hacen. Thomas está sentado en el sofá beige que ya presenta alguna marca de mis subidas clandestinas. ¡Qué cómodo estoy ahí con mi mantita verde cuando me dejan solo en casa!

Hogar, dulce hogar
Me seguiré haciendo el dormido hasta que Syra me avise para cenar. ¿Se habrá dado cuenta que le he cogido los caramelos de la habitación? Todavía me echa en cara aquel día, recién llegada del IES Zonzamas, que puso el bolso en la cama y yo, mientras estaba ella en el baño, metí el hocico en su interior .¡Qué ricas estaban las palmeritas que le había regalado su compañera Elsa!

Hogar, dulce hogar.

El vínculo entre un perro y su dueño es similar al de una madre con su hijo

Así lo determinó un equipo de científicos del departamento de Ciencia Animal y Biotecnología de la Universidad Azabu (Japón). El estudio, publicado en la revista Science, demostró que la hormona del amor (oxitocina) es la que ha creado una conexión tan fuerte como la que se crea a nivel biológico entre padres e hijos.


http://www.muyinteresante.es/naturaleza/fotos/curiosidades-cientificas-sobre-los-perros/amor-perruno

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"Viviendo rodeados de señales, nosotros mismos somos un sistema de señales"
José Saramago
"Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande,
sólo es posible av
anzar cuando se mira lejos"
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