El fin de Edmundo

El fin de Edmundo
 La segunda novela de Gregorio Javier Hernández “El fin de Edmundo” tiene como protagonista a un hombre observador, solitario, curioso, quien en el entorno de un parque mantiene conversaciones con diversos personajes desconocidos como los barrenderos Cayo y Berto que llegan a pensar que él mismo ha caído en desgracia.
Hombre tímido y sensible, Edmundo es, sin duda, un alma altruista y generosa. Se dirige al lado sur del parque, llamado “el Triángulo”, lugar marginal testigo de pasiones de adolescentes, borrachines, insistentes prostitutas o travestidos exhibiendo sus dotes de seducción en un ambiente de orines y perfumes baratos.
Su voz interior, Wilde, el enano, a la que escucha cuando reina el silencio, le sitúa en la realidad en momentos de cavilaciones. ¿Cómo lo consigue? A modo de reflexiones, amonestaciones ante su debilidad o consejos que impidan que se involucre en situaciones delicadas como altercados en los que nadie mueve un dedo por nadie.
La figura de Teresa, una mujer inteligente y bella, aparece lejana y escéptica a las preocupaciones de Edmundo, rigor frente al palabrerío o extravíos mentales como el tormento de la muerte para un Ser Eterno. Edmundo la necesita y a ella vuelve, en diálogo constante, aferrándose a quien  “se acercó a su vida sin ruido” y comparte soledades.
La observación del ir y venir de las gentes: madrugadores, sin alegría, sin rasgos personales que los definan; los del mediodía, rostros desesperanzados o  presurosos se convierte en algo habitual para Edmundo. Entre ellos destaca el anciano vagabundo Antuán quien afirma haber conocido al abuelo de Edmundo, Raimundo, de espíritu viajero lo que hará reavivar la nostalgia del protagonista. Ambos coinciden en el sentimiento de que muchas cabezas están vacías de alicientes, valores e ideas;  otras, como las de los jubilados, con deseo de mantenerse  ocupadas, trabajando por amor al arte en  jardines abandonados.
La aparición de Eutimio Socas, en el capítulo 8, un grandullón con la habilidad de fisgonear en el pensamiento sin ser visto por nadie, nos acerca a la posibilidad de que Edmundo sufra alguna enfermedad mental. Es incluso preguntado por el hecho de haberse suicidado pues Eutimio es capaz de ver cómo lleva una lanza incrustada en su alma.
Se debe señalar también el relato sobre la familia Armendáriz de Ursúa y, en especial, Pío IX, amigo de la infancia de Antuán. Profesor en lengua clásica y al que los avatares de la vida, entre ellos un lío amoroso, le abocan al mismo destino del que fuera casi su hermano. Su esencia es la de un visionario, un filósofo sin pretensiones, un poeta … 
La relación tan estrecha que se ha creado entre Edmundo y Antuán se percibe con toda claridad cuando la desesperanza en el rostro de este último mueve a Edmundo a proponerle un cambio estético (baño, masaje, peluquería, compra de un traje) y físico sintiéndose un tipo ameno y vital. ¿Liviandad premonitoria  de su muerte?
Repentino espectáculo gratuito y oportunista en el que Edmundo será el médico forense que se hará cargo del anciano. ¿Qué más papeles le toca representar? Inevitablemente el último en Urgencias. Ese que nos descubre que sufre un trastorno de identidad disociada cuyo brote agudo ha sido el causante de sus alucinaciones auditivas. Una situación de ansiedad que podía haber sido prevenida con el debido tratamiento y pautas de vida saludable.
Su libro de notas de tapas negras encierra múltiples relatos abiertos e íntimos en los que deambulan Francisco Armendáriz de Ursúa, Pío Nono, Antoine Bouvier, Wilde, Teresa ... de la misma manera que ya éstos forman parte de su historia clínica abierta hace ya algún tiempo en el que su inconsciente comenzó a ser invadido por las ideas obsesivas como el ruido procedente de un cuervo distraído que picoteara un cráneo tallado en mármol o la voz  del señor de blanco repitiendo la letanía:

- Trate de recordar, haga memoria, escriba –

Sin embargo eso es precisamente lo que Edmundo desea evitar tras una llamada telefónica en la que le informan del resultado de una biopsia. Entonces se marcha solo al parque, con su libro de notas, sin reloj queriendo olvidar su pasado.

“El pasado anida en el alma como un pájaro enfermo bajo un cielo encapotado” – asevera Edmundo en la página 138.

Enhorabuena a su autor, Gregorio Javier Hernández, por esta segunda novela con notas de humor, erotismo y reflexión. Desde ahora siempre me acordaré de expresiones como “ el reto de esgrima mental”, “la paciencia del monje tibetano” o me invitará a investigar algo más en relación al grupo étnico tsembaga. 
Un consejo: leerla con calma para interpretar los detalles, disfrutar de las ocurrencias del variopinto paisaje humano que describe o captar los distintos planos narrativos que comprenden ciertos capítulos.
Por último gracias por sacar a la luz  los posibles síntomas de una enfermedad mental que ayudará al lector a detectarlos en el comportamiento de alguien que debido a un golpe severo, como los que asesta la vida de vez en cuando, precise de una oportuna mano que le acerque a un especialista que evite un suceso de consecuencias más graves.
¿Sentimientos de desamparo, disminución de energía, estado de ánimo triste o vacío, delirios?  Una clara depresión o quizás un doloroso e inolvidable cuadro psicótico.
¿Su editorial? IDEA.


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"Viviendo rodeados de señales, nosotros mismos somos un sistema de señales"
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"Concedeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para establecer esta diferencia"

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