Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman

Editorial Alfaguara
El viernes 17 de julio fui a la biblioteca municipal de Tías a devolver París despertaba tarde, de Máximo Huerta. Tenía en mente pedir prestado otro libro cuando vi en una de sus estanterías Hasta que empieza a brillar, del escritor y poeta Andrés Neuman. Recordaba el nombre del autor porque había sido uno de los invitados en el I Festival de Literatura de Lanzarote.

Miré la sinopsis del libro sobre la vida novelada de María Moliner, publicado por la editorial Alfaguara.  No tuve la menor duda: era el elegido. 

Su estructura comprende nueve capítulos. En el primero, María recibe la visita del filólogo Dámaso Alonso, director de la Real Academia Española, cuyo motivo sabremos a lo largo de la narración. El autor da paso a las tres primeras décadas de la biografía de la protagonista (1900-1930), iniciada en Paniza (Zaragoza), con su perfume a vid en el campo de Cariñena. En este pueblo aragonés, su padre, Enrique, había sido destinado como médico rural. El verdadero punto de partida de su amor por las palabras había sido con su madre, Matilde, con quien practicaba aquellos garabatos que contenían realidades invisibles para un ojo no entrenado.

El padre es incorporado al personal médico de la Marina, que le ofrecía un mejor salario, y la familia con sus dos hijos, María y Quique, se traslada a Madrid donde nace poco después Mati. La fascinación de María por las letras se hace muy pronto visible: le ponía de mal humor que los libros se terminaran de repente, por eso se sentaba a copiar sus preferidos, palabra por palabra. Así aprendió a redactar (pág. 25).

Giner de los Ríos 
Quique y María comienzan a estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, donde impartía clases el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal (A Coruña, 1869 - Madrid, 1968). 

En la planta de arriba dormían los directores, el matrimonio Cossío y el pedagogo Francisco Giner de los Ríos, su fundador (Ronda, 1839 - Madrid, 1915). 

En la página 30, el autor señala que el padre acompañaba a sus hijos a la ILE y que esos diez minutos de paseo, cada vez más largos en su memoria, se convertirían en el mejor recuerdo de su infancia.

En efecto, don Enrique es contratado como médico de a bordo para cubrir un viaje transatlántico entre Cádiz y Buenos Aires. Aquel verano la comunicación se hará por carta y la familia se interesará por los efectos de la distancia sobre las palabras, que se volvían más dignas de atención. A su regreso, don Enrique se enorgullece de que María haya sido admitida en el Instituto Cardenal Cisneros para cursar Bachillerato. Poco tiempo después, el padre vuelve a embarcarse a Argentina con el objetivo de seguir mejorando sus vidas, pero esta decisión supone realmente su separación definitiva. 

Doña Matilde se queda sola con sus tres hijos. Los ahorros se agotan y es necesario afrontar la situación, que los lleva a trasladarse a otro barrio más humilde junto a la plaza de Olavide y a pedir una rebaja en la matrícula de Quique al señor Cossío. María comienza a impartir clases particulares y a estudiar por su cuenta con los apuntes de su hermano; asimismo, devora los libros de Galdós. Sin embargo, la evidencia se impuso: los gastos son insostenibles y deben volver al punto de partida, las inmediaciones de Paniza, hasta que logran alquilar un pisito en Zaragoza, gracias al préstamo de unos parientes. Quique finaliza sus estudios y consigue un puesto en una compañía siderúrgica en Sagunto. 

María reanuda sus exámenes libres y encuentra un empleo como secretaria en la Diputación Provincial, desde donde la derivan al Estudio de Filología de Aragón, convirtiéndose en la primera redactora oficial del equipo. Allí participa en el incipiente diccionario de vocablos aragoneses. María da el último empujón a su Bachillerato y asiste a clase a diario. En el patio coincide con Luis Buñuel, el joven que había sido expulsado de los jesuitas por mal comportamiento (pág. 48). 

Por fin, María inicia su etapa universitaria, pero al haberse suprimido la especialidad de Lengua y Literatura, cursa Historia, una carrera que finaliza con Premio Extraordinario al mejor expediente antes de cumplir veintidós años. Decide concursar al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios en Madrid con óptimo resultado: figura entre las diez primeras posiciones y obtiene plaza en el Archivo de Simancas (Valladolid), lugar al que su madre se traslada también para echarle una mano.

Archivo de Simancas 

Cumplida una temporada de servicio, María solicita el traslado al Archivo Histórico Nacional para ser tomada en cuenta al originarse una posible vacante. Asimismo, se informa sobre los cursos de doctorado y contacta con la directora de la Residencia de Señoritas, María de Maeztu y Whitney, de quien recibe una respuesta afirmativa. Sin embargo, su deseo no llega a materializarse. Al no lograr la vacante, opta por la Delegación de Hacienda en Murcia, lo que le abre la puerta a una ayudantía en la Facultad de Filosofía y Letras: un hito que la convierte en la primera mujer en ejercer oficialmente la docencia en la universidad murciana. Todo un acontecimiento, tan singular como el hecho de que el acta fuera firmada el 29 de febrero de 1924, año bisiesto.

El matrimonio: María Moliner y Fernando Ramón 
María conoce fortuitamente al catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando en una estación de tren. La diferencia de edad (casi diez años) y de intereses (ciencias y letras) no son óbice para iniciar una relación que culmina en boda en Sagunto. 

Nacen los primeros hijos: Quique y Fer. Tras una odisea burocrática, su marido logra la cátedra de Física en Valencia. María solicita también el traslado a esta ciudad, pero no es a una biblioteca, sino al Archivo Provincial de Hacienda. Pronto se integran en el ambiente universitario valenciano e incluso participan en la idea de fundar una escuelita inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, con pedagogía laica y grupos mixtos: la Escuela Cossío. María se ocupa de nutrir la biblioteca con obras de autores y autoras, tanto clásicos como de su generación, además de organizar talleres de lectura e impartir clases de Lengua.

La II República se proclama el 14 de abril de 1931. En el verano, despega el proyecto público del Patronato de las Misiones Pedagógicas, que proponía crear centros educativos y bibliotecas ambulantes en las zonas rurales de todo el país. Estaba presidido por el señor Cossío. María se identificó enseguida con su carácter vocacional, seducida por la denominación que Juan Ramón Jiménez inventó: «marineros del entusiasmo». Las Misiones se complementaban con la Junta de Libros, que se ocupaba de las localidades con más de mil habitantes; entre ambas atendían las necesidades bibliotecarias de los territorios en peligro de exclusión o despoblación. Un tercio del país seguía sin saber leer o escribir, una realidad que afectaba especialmente a la población rural y femenina (pág. 90). Recién ascendida a vicepresidenta de las Misiones valencianas, María diseña un centro para gestionar sus catálogos —la Biblioteca-Escuela—, donde le asignan una asistente que ejercía de auxiliar para todo y mecanógrafa, además de un equipo de varios estudiantes. Nace Carmina. 

La madre de María fallece. Poco después nace su cuarto hijo, Pedro. Por otra parte, María está muy satisfecha con el aumento de lectores en las bibliotecas: en dos años habían reclutado a medio millón, sobre todo menores de edad. Quizá en el bienio siguiente llegaran a superar las cinco mil nuevas bibliotecas. Sin embargo, tras la euforia, los presupuestos empezaron a caer. Otra de las funciones que realizó fue la de inspectora de bibliotecas rurales. Así recorrió muchos pueblos junto a Vicente, el conductor, y Angelina. María regresaba a casa con la sensación de haberse nutrido de la misma gente a la que pretendía instruir. Tampoco faltaban las familias que le preguntaban para qué iban a perder el tiempo sus hijos leyendo, cuando podían hacer cosas útiles.

¿Cómo no iba a ser útil la lectura si mejoraba la vida cotidiana, si fundaba una soledad asociativa, si ofrecía más experiencias de las que nos tocaban en suerte, si ampliaba nuestras identidades, nuestro conocimiento del prójimo y nuestro concepto mismo de realidad, si nos permitía comunicarnos con otras épocas, otros lugares, otras lógicas, e incluso hablar con los muertos? (pág. 101)

Juana Capdevielle
Una noche en Manzanera, en su casa de verano compartida con amigos, escucharon el aullido de un perro al que parecía que le hubiesen pegado un tiro, aunque faltara el disparo. María tuvo un mal presentimiento, aquel 17 de julio de 1936, que se cumplió a la mañana siguiente cuando se enteraron del levantamiento militar en Melilla y Ceuta. A partir de entonces, los rumores se convierten en realidad. El 18 de agosto fusilaron al poeta Federico García Lorca y a Juana Capdevielle

Juana Capdevielle, mujer brillante cuyo primer destino, tras aprobar la oposición, fue la Biblioteca Nacional y después la de Filosofía y Letras de la Universidad Central (hoy la UCM). Participó en actividades de lectura para los enfermos del Hospital Clínico y la Cruz Roja. 


A María le ofrecieron dirigir la Biblioteca Universitaria de Valencia una vez formado el gobierno del Frente Popular. Aquel espacio y su organización la serenaban. Logró escribir sus ideas al respecto en un documento que tituló Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Cuando los bombardeos empezaron a rondar la ciudad, María desplazó los fondos de mayor valor al rincón que llamó «Refugio de Papeles», como si los libros fueran personas. Lo eran. (pág. 112)

El ministerio fue transformado por decreto y la coordinación bibliotecaria quedó en manos del filólogo Tomás Navarro Tomás (La Roda, 1884 - EEUU., 1979), autor del Manual de pronunciación española y discípulo predilecto de Menéndez Pidal, quien dirigió la Biblioteca Nacional durante la Guerra Civil y ocupaba el sillón «b» en la RAE. En esta coordinación contó asimismo con la colaboración de Teresa Andrés Zamora (Valladolid, 1907 - París, 1946), número uno en las oposiciones del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1931. Ambos propusieron a María encargarse de la sección escolar y, después, de la dirección de la sede valenciana de la Oficina de Adquisición de Libros. Que los libros llegaran al frente adquirió una relevancia que María no había imaginado: en las trincheras, la lectura parecía agudizar sus funciones; era lucha y descanso, defensa y consuelo, análisis y evasión, discurso colectivo y refugio íntimo. (pág. 115)

Valencia se erige en eje provisional de la República. El autor nos dice que muchas mujeres afrontan solas la crianza y el trabajo. Estaban angustiadas, extenuadas y, por una vez, al mando. Se suceden las evacuaciones del personal de Madrid y María conoce a gente desplazada, como al catedrático Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990), quien fue también alumno de Menéndez Pidal, y a Carmen Conde, joven fundadora de la Universidad Popular de Cartagena. El círculo de amistades se amplía con el matrimonio de lingüistas formado por Pilar Lago y Rafael Lapesa. Finalmente, María es cesada tras haber visto mermadas sus atribuciones al sustituir la Administración a Navarro Tomás y a Teresa por líderes afines a la CNT.

La caída de Barcelona, el 26 de enero, y la de Valencia, el 29 de marzo de 1939, marcan un nuevo léxico. María explica a sus hijos que los fascistas son ahora nacionales y que muchas de las personas queridas pasan a llamarse rojos. Fernando es destituido de su cargo en el decanato y María es acusada de todas sus responsabilidades durante la República mediante un pliego de cargos que recibe en otoño. La ley que regulaba la purga de funcionarios decidió también el destino de su memoria afectiva. El Boletín del Estado publicó las sanciones: María era postergada a su puesto original en el Archivo de Hacienda, retrocediendo una década y media en su carrera profesional. En el caso de Fernando, se optó por el castigo de quedar suspendido hasta que se regularizara su situación.

A pesar de cuestionarse el exilio en Francia, México o Argentina, María tenía miedo a la otra orilla, ya que sospechaba que solo se cruzaba una vez. La familia resiste al silencio, los apagones y la austeridad. María tiene la sensación de vivir en un estado de ficción lingüística y considera que se quema el léxico en palabras como héroe, patria o Dios. A la vez, intentaba absorber los ritmos de la casa, dado que Fernando había caído en la apatía. Extrañaba su oficio bibliotecario. La cosecha había ardido en la plaza de Cataluña en Barcelona y en la Universidad Central en Madrid. Habían elegido el Día del Libro para ejecutar el ritual: una pedagogía perfecta. A María le rondaba la idea de ponerse a escribir cuando pudiera. Pero qué, cómo, para qué. Y se daba por vencida de antemano. (pág. 144)

La sanción a Fernando le permite un traslado a Murcia con el veto de cargos de responsabilidad y la pérdida temporal de su cátedra. El resto de la familia permanece en Valencia. Después de varios años, Fernando ocupa una cátedra vacante en Salamanca. Los estudios universitarios de los hijos mayores motivan la mudanza definitiva a un Madrid gris, a excepción de Enrique, quien cursa Medicina y vivirá con su padre. A María le asignan una biblioteca técnica en la Escuela de Ingenieros Industriales, donde se encuentra un ambiente de exquisita hostilidad. Pronto manifiesta su interés por habilitar pequeñas secciones de Historia, Lengua y Literatura, sin conformarse solo con la bibliografía específica, hecho que le permite adquirir ejemplares de jóvenes narradoras como Dolores Medio, Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite.

María cumple cincuenta años. No le preocupa tanto la edad como la melancolía de las energías desaprovechadas. Creía que estaba viviendo en círculos. Necesitaba un proyecto lo bastante excesivo como para despertarla: su tesis inconclusa, escribir un ensayo o una novela. La consulta de un vocablo en el diccionario de la Real Academia y su inconformidad con la definición, tras corregirla, la hacen reflexionar. De nuevo, la escribe y le parece que empieza a brillar, mientras nota la emoción de su mano temblorosa. (pág. 155)

Los cuatro hijos se reúnen para hablar de la decisión insólita de su madre, a quien conocen muy bien y saben que querrá llevarla a término: hacer otro diccionario, ya que el de la RAE no está bien. Las cajas de fichas de palabras ya empiezan a ocupar estancias de la casa como el baño. Andrés Neuman desarrolla algunos vocablos que María amplía y explica con ejemplos; tal es el caso de amor: «Los padres corrigen con amor ( y no castigan...)». Estaba claro que ella quería cocinar su diccionario a su manera y atendiendo a neologismos juveniles. Calculó un año o dos de trabajo. 

María Moliner (Fuente Telesur tv)
La lámpara de vidrio y hierro se encendía en su hogar, en la calle Don Quijote 1, en la quietud de la noche. María, con sus lentes gruesos, hacía crecer el alfabeto. Para ella la lengua era esplendente: reflejaba la luz, la lucidez de quien la hablaba. (pág. 175)

Pasaron los dos años en los que su hogar se transformó en una selva de vocablos, y renunció a la vida social para entregarse a su diccionario. Aprovechaba el tiempo porque ya no le sobraba.

Asimismo, en la Escuela de Ingenieros pudo dedicarse a sus fichas tras resolver las gestiones urgentes del trabajo. Al cumplirse los cinco años de su dedicación, despertó la curiosidad de los miembros de la RAE como Dámaso Alonso y Lopesa. Seguidamente lo desvelarían al consejo editorial de Gredos, el cual, tras una ardua deliberación le ofreció un contrato y un anticipo estimable. Aquel compromiso formal la obligaba a terminar algo que se le estaba volviendo interminable. En la casa de la calle Don Quijote las puertas no se movían. El autor menciona aquella soledad temida y deseada: ¿tendría algo que ver con la felicidad? (pág. 195)

El autor señala que el  matrimonio adquiere una pequeña finca en La Pobla (provincia de Valencia): un refugio cerca del mar que se convierte en el mejor reclamo para atraer a la familia, cada vez más dispersa. Para María, vacaciones significaba trabajo voluntario. Se levantaba más ansiosa que la luz, rodeaba la silueta adormecida de Fernando, salía al jardín y comprobaba que las palabras estaban bien despiertas. Aseguraba con piedras los papelitos. Se ponía a mecanografiar entre pájaros, que piaban sílabas como locos, hasta la hora del almuerzo. Esbozaba una siesta, pasaba su mente a limpio y volvía a sentarse hasta el atardecer. María volvía de sus vacaciones extenuada y satisfecha. «Plusvalía de agosto», la llamaba. (pág. 199)

Los años transcurren y llega la jubilación para Fernando. Ya era libre. Él había imaginado una vejez viajera, social, repleta de actividades. Sin embargo, María se recluía en su obsesión sin fondo. Se había cumplido una década de fatigas. Los últimos esfuerzos frente a su hormiguero verbal le estaban resultando particularmente desesperantes. Ya conocía esa sensación de que, al acelerar, su meta se alejaba y los agujeros se expandían. Su perfeccionismo no dependía de los resultados, sino de una mirada agónica sobre el propio camino. 

María comienza a pensar en la dedicatoria y el preámbulo, donde quería precisar el criterio de su organización y mencionar a sus referentes. Entre ellos, el filólogo y lingüista Samuel Gili Gaya (Lérida, 1892-Madrid, 1976), académico de la RAE, quien en su discurso de ingreso (21.05.1961) había reivindicado la escucha atenta de la infancia y se había atrevido a confirmar: «Todos sabemos que las niñas, por lo general, aprenden a hablar antes y mejor». Siguiendo con el preámbulo, María se preguntaba si alguien se fijaría en la coincidencia de la fecha al pie del texto: Madrid, abril de 1966, trigésimo quinto aniversario de la proclamación de la República....

Editorial Gredos
A punto de incumplir un nuevo plazo, se presionó a María para que aceptase la colaboración de un par de especialistas: una discípula de Navarro Tomás y una reputada bibliotecaria. María acudía con asiduidad a la editorial Gredos, donde conoció a toda su gran familia: dos de sus cuatro fundadores en 1945: Julio Calonge (lingüista, traductor y catedrático de griego) e Hipólito Escolar (bibliotecario y escritor que llegaría a ser director de la BNE); el corrector don Segundo; el flaco Agustín; Alberto, el linotipista, y Pablo, el jefe de cajistas. 

Tras entregar el manuscrito completo de su Diccionario del uso del español, María se concedió unas «vacaciones-vacaciones». Así las llamaron, regodeándose en la redundancia. El matrimonio viajó a los destinos de sus hijos para verlos, como Ginebra y Canadá. A su regreso, en la editorial le dijeron que faltaba el prólogo de alguna figura indiscutible como el célebre filólogo Eugenio Coseriu (Rumanía, 1921-Alemania, 2002), aunque éste se negó por falta de tiempo.

Llegó el anhelado momento: María pudo acariciar con las yemas de los dedos el lomo con las letras plateadas que formaban su nombre y apellido, y detenerse en el título, en las letras de los vocablos que contenía cada tomo y en el logotipo de la editorial, una cabrita icónica balando al cielo. María estimaba que su diccionario entero albergaría unas ochenta mil entradas. Poco a poco sus temores se fueron disipando, ya que tuvo una gran repercusión en librerías, medios y universidades. El Moliner, como se empezó a llamar, llegó a cuatro grupos fundamentales: 1) estudiantes de diversos niveles, 2) docentes, periodistas y gente de letras, 3) familias trabajadoras y 4) mujeres.

Se suceden los encuentros para celebrar su éxito, y poco después, surge también la posibilidad de realizar correcciones. María se jubila, aunque no se retira. Se dedica tanto al diccionario como al cuidado de su marido quien, operado de glaucoma, apenas veía con ninguno de los dos ojos. Gracias al rendimiento del Moliner se mudan a una zona más verde: el número 3 de la calle Moguer. En el nuevo domicilio recibe la noticia de la la Real Academia Española de ocupar un sillón. Su amigo Dámaso Alonso, como director, debía mantenerse neutral. María recuerda a escritoras que se habían postulado antes como la gran autora del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán, a cuyo favor únicamente Galdós y Menéndez Pidal se habían pronunciado en público. Finalmente, a María Moliner tampoco se le otorga el asiento en la RAE, al quedar tercera en la votación, por detrás de Alarcos y de García Nieto. (pág. 266)

En la última parte de la novela, Andrés Neuman nos lleva a los años en los que afloran los síntomas de deterioro del matrimonio, entre 1972 y 1975. El marido de María fallece y ella, poco a poco, va perdiendo la energía. Sus rutinas se convierten en círculos, evitando paseos y vida social. Se le diagnostica depresión, arterioesclerosis, falta de riego...  María olvida palabras. La familia la cuida y se reúne para tomar decisiones al respecto. Desde su diagnóstico, Pedro, el hijo pequeño, se ocupa de los asuntos editoriales. Su amiga Carmen Conde Abellán la visita: quiere confiarle un secreto. El 28 de enero de 1979, Carmen ingresa en la Real Academia Española con el sillón K, convirtiéndose en la primera mujer en los doscientos sesenta y cinco años de la institución. María Moliner fallece el 22 de enero de 1981.

Andrés Neuman finaliza Hasta que empieza a brillar con gran sensibilidad hacia María Moliner. Toda ella se desprende en este libro, que es una obra de ficción basada en hechos reales. El autor agradece a su término a todos los que han trabajado para iluminar el legado de esta figura generosa y múltiple, como la lengua que amó. (Escrito en Granada, 2017-2024; impreso en Madrid en abril de 2025). 

Reflexión

Confieso que la lectura de esta novela me ha impactado gratamente. Desde que la cogí en préstamo de la biblioteca municipal de Tías, precisamente el 17 de julio —fecha coincidente con el levantamiento militar en 1936— he estado totalmente inmersa en la vida y obra de María Moliner. 

Era consciente de la importancia de su legado con respecto al Diccionario del uso del español que lleva su nombre; sin embargo, no podía imaginar cómo su trayectoria personal y académica iba a repercutir en mi pensamiento y en mi propio camino de letras.

Andrés Neuman me ha llevado a una etapa de la historia a la que he prestado especial atención este año 2026, coincidiendo además con el análisis de otro libro sobre la Guerra Civil: La península de las casas vacías, de David Uclés.

Del autor de Hasta que empieza a brillar, destaco su estilo cercano en describirnos el carácter de María Moliner, impregnado de notas de:

* Humor e ironía: nos hacen frecuentemente sonreír los diálogos que mantiene con su marido, un hombre paciente ante la descomunal labor creativa de su mujer. Por ejemplo: —«¿Todavía despierta, querida? —No, mi vida, soy sonámbula» (pág. 176); o bien mientras María reflexiona sobre el preámbulo del diccionario: «¿Y esa cara, querida? Te veo despistada. —Pensaba en ti, mi vida. ¿Más pollo?» (pág. 210).

* Optimismo: Por ejemplo: «Se puso manos a la obra con una energía atolondrada, dejando que la angustia inflamara su entusiasmo» (ante la propuesta de dirigir la Biblioteca Universitaria de Valencia)

* Perfeccionismo: destaca la gran responsabilidad que siente ante la omisión involuntaria de algunos vocablos en su obra como oxímoron (combinación de términos de significado opuesto: «silencio atronador»). 

El alma de poeta de Andrés Neuman se vislumbra en la manera de mostrarnos el profundo dolor por la destrucción de la cultura. Por ejemplo, leemos en la página 114: «En Madrid, mientras tanto, los combates habían alcanzado la Ciudad Universitaria. Las barricadas se formaban con los volúmenes más gruesos: según las estimaciones de sus colegas bibliotecarios, las balas perforaban aproximadamente hasta la página 350...».

Las palabras de Andrés Neuman nos llegan al corazón. Su amor por ellas, al igual que el de María Moliner, nos traslada a situaciones terribles pero rodeadas de humanidad. Por ejemplo, en la página 116:  «Al contrario de lo previsto por la cúpula militar, a medida que los pronósticos bélicos empeoraban, más se aferraban los hombres a los programas de alfabetización. Querían ser capaces de escribir sus nombres antes de desaparecer... ».

Coincido con el autor en que los términos abuelez o abuelidad (página 212) suenan de maravilla. ¿Por qué no los habrá incluido aún la RAE?

Por otra parte, Hasta que empieza a brillar me ha dado aún más fuerza para proseguir con ideas y proyectos que revolotean como mariposas en mi cabeza hace tiempo. Al ver la foto de María Moliner, en la quietud de la noche, escribiendo a la luz de su hogar, en la calle Quijote 1, me he dado cuenta de que tenemos una lámpara de vidrio y hierro similar...

Sobre el autor

Imagen Registro de escritores
Andrés Neuman (Buenos Aires, 28 de enero 1977) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde ejerció como profesor de literatura hispanoamericana. 

A los 22 años publicó su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999), con la que quedó finalista del Premio Herralde. Sus siguientes novelas fueron La vida en las ventanas (Espasa, 2002, Finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina (Anagrama, 2003).

Su cuarta novela, El viajero del siglo (Alfaguara, 2009), obtuvo el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica Literaria (otorgado por la AECL), considerado uno de los galardones literarios más prestigiosos de España. 

Es autor de los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000),  El último minuto (Espasa, 2001) y Alumbramiento (Páginas de Espuma, 2006). 

Andrés Neuman aborda la paternidad en las novelas Umbilical (2022) y Pequeño hablante (2024), y regresa a la prosa histórica y biográfica en Hasta que empieza a brillar (2025). Su blog, Microrréplicas, está considerado como uno de los mejores en lengua española.

Fuentes consultadas

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/neuman_andres.htm

https://registrodeescritores.com.ar/project/andres-neuman/


Comerás flores, de Lucía Solla Sobral

Libros del Asteroide
Comerás flores
(Libros del Asteroide, 2025) es la primera novela de Lucía Solla Sobral (Marín, 1989). 

La historia arranca con la muerte del padre de la protagonista, Marina, una joven que acaba de graduarse en Periodismo, trabaja en una agencia y vive con su mejor amiga, Diana, en un piso en la ciudad. Ambas se complementan a la perfección: Marina aporta calma, mientras que Diana ofrece lógica y seguridad. 

Una noche de verano familiar en Beiramar (una villa marinera), Marina conoce a un hombre que la seduce con su mirada. Tras coincidir de nuevo al día siguiente y tomar algo en un bar, él le parece aún más atractivo. Días después, accede a acompañarlo a su casa en las inmediaciones del casco antiguo de Pontevedra y, nada más ver su estilo y decoración, siente el deseo de vivir allí.

La diferencia de edad —24 y 45 años— no es un impedimento para que inicien una intensa relación de fin de semana. La joven se siente deslumbrada por Jaime, compositor de atmósferas, quien la recoge en el coche favorito de su difunto padre (un Bentley) y la lleva a los mejores restaurantes. Paralelamente, en su empresa, Marina —que hasta ese momento era considerada «sosa»— pasa a convertirse en el centro de todas las miradas.

No todo es de color de rosa: la celebración del 25.º cumpleaños de Marina es el detonante. Jaime siente unos celos inmensos que lo llevan a darle un ultimátum: o rompen, o se comprometen a tener algo serio. Poco a poco, y para evitar incomodarlo, Marina se va alejando de las salidas con sus amigos y de la convivencia con Diana. Tras la tormenta, sin embargo, suele llegar la reconciliación entre regalos, su porción de tarta favorita y una cara de «te quiero» (pág. 89).

A pesar de todo, la joven empieza a percibir ciertos hechos que la hacen dudar, como la excesiva atención de Jaime hacia una clienta, Mercedes. También le genera sospechas el relato de Jaime sobre la ruptura con su exmujer Marta, con quien tiene una hija llamada Jimena, de su misma edad. Él aduce que el motivo de la separación fue la depresión de Marta y el control exacerbado que ejercía sobre su trabajo, además de sus continuas ausencias por compromisos profesionales o familiares. Por ello, decidió que Jimena, de 12 años, viviera con él en un entorno de mayor libertad. Más tarde, Marina busca información sobre Marta en redes sociales y descubre que no tiene el aspecto de «desequilibrada» ni «gorda» con el que Jaime la había descrito.

Finalmente, se produce el encuentro tan temido por Marina: la presentación a su familia. Jaime despliega hábilmente sus encantos y halagos, especialmente con la madre de la joven, ganándose a todos gracias a sus detalles y don de gentes. Poco después llegaría la presentación oficial con su hija Jimena durante una cena en la que, sorprendentemente, ambas terminan haciéndose cómplices para gastarle bromas a Jaime.

Por otra parte, somos testigos de síntomas preocupantes en la protagonista: Marina llega a comer carne —a pesar de ser vegana— por no disgustar a Jaime, un hábito que termina traduciéndose en vómitos inducidos de forma continuada. Tras tomar la decisión de mudarse definitivamente con él, vemos cómo la joven va perdiendo su autoestima tanto en el trabajo como en su día a día. Jaime promete  ayudarla a crear una página web y prestarle dinero para un proyecto, pero sin abandonar jamás su actitud egocéntrica. 

La situación se vuelve realmente tensa cuando Marina le informa de que va a aceptar un trabajo y que no podrá seguir acompañándolo a Compostela. El brusco acelerón de Jaima al volante la deja sin aliento, una agresión pasiva a la que le sigue, en el garaje, el violento impacto de su propio móvil  contra el suelo. Y, de nuevo, tras la tormenta, «la sorpresa»: el último modelo de iPhone …

La llegada de Jimena al hogar para quedarse supone otro varapalo para Marina, quien observa cómo Jaime colma de caprichos a su hija pija y le cocina pollo a la cerveza los domingos. Todo empeora cuando una quemadura en la mesa de la cocina dispara la ira de Jaime, paralizando a Marina una vez más. Incapaz de plantar cara a su agresividad o de proteger a su amiga Diana, la joven tampoco se atreve a confesarle a Jaime que la ropa que él le regala le queda demasiado grande.

Durante un festival en el que ambos trabajan, Marina conoce a Eduardo, quien le facilita una acreditación de prensa y, sutilmente, una nota con su número de teléfono. ¿Qué pensaría Jaime si supiera que ella quiere tener un nuevo amigo? Entretanto, se produce otro hecho imprevisto en un evento social que lleva a Jaime a acelerar el coche hasta los 240 km/h, haciendo llorar a Marina. Esta vez la respuesta es la puerta cerrada de casa y el silencio... Aunque, al día siguiente, vuelva a haber borrón y cuenta nueva.

La autora de Comerás flores plasma también la ilusión que Marina vuelve a sentir al escribir a Eduardo y saber que hay alguien con quien puede hablar de manera normal. Ambos planean un breve encuentro en el que ríen, se besan y en el que la joven logra recuperar parte de su autoestima perdida. 

Llega el 27.º cumpleaños de Marina y Jaime organiza una comida familiar en la que sorprende a todos con una petición de matrimonio, acompañada de dos flamantes anillos: uno con un zafiro azul y otro con diamantes. No obstante, Marina ya no puede engañar a su compañero de trabajo, Martín, quien ha sido testigo de su malestar y de sus lágrimas. Ella misma lo manifiesta: «Me da miedo dejarlo. Me da pánico» (pág.186). 

Con la ayuda de Martín, Marina comienza a buscar un piso asequible donde además admitan a su perrita, Frida. Una noche más, un simple despiste —se le cae la llave del coche en el maletero— vuelve a desatar la ira de Jaime, y Marina comprende definitivamente que debe cortar la relación. Cuando considera que ha llegado el momento propicio, le comunica que se va a casa de su madre a pensar. A la noche siguiente, Jaime intenta la reconciliación y le promete hacer todo lo necesario para que ella esté bien a su lado. Es entonces cuando Marina le echa en cara que su vida gira únicamente en torno a él, a su trabajo y a Jimena, sin dejar espacio para ella, y le confiesa cuánto le dolió que le retirara la palabra cada vez que se enfadaba (pág. 210). Ya está. Todo ha terminado.

Esa misma noche, Marina bloquea el número de Jaime, se refugia en la casa de su madre y solicita todas las vacaciones que le quedan. Apoyándose férreamente en su familia, poco a poco van llegando los muebles al nuevo hogar donde inicia una nueva etapa junto a Frida. Tiempo después, una tarde, se encuentra a Jaime clavado en el medio de la plaza, observándola como si intentara descifrar cómo es capaz de vivir sin él. Una semana más tarde, él la aborda de nuevo en la calle, pero, esta vez, sus amigos intervienen a tiempo para salvarla.

La joven, tras diez meses, ve el reflejo en su espejo y le gusta. Vende los anillos de compromiso y compra un dominio para la web de su propia agencia. Le dedica tiempo a su padre, recordándolo al clicar en Google Maps para verlo cruzar eternamente entre su calle y la de su tía Loli. En el bolsillo lleva un puñado de chistes apuntados en servilletas de bar para hacerla reír, y en la mano, las rosquillas recién compradas. Marina consagra aún más tiempo, aunque tiene que sacar a Frida. Necesita observarlo todavía con sus deportivas y con apetito, antes de que le matase un linfoma de no Hodgkin.

Es la noche de San Juan. Rememora una anterior en la que estaba con Diana y sus amigos en la playa, jugando a adivinar títulos de películas. Suena el timbre. Esta vez cenará con Diana y su bebé en casa. Está muy tranquila: ha recuperado su equilibrio.

Reflexión

Destaco el cariño inmenso que desprende la novela hacia la figura del padre de la protagonista. De hecho, la historia comienza con su duelo y recuerdos entrañables, como las palabras de su padre en la página 12: 

«El amor es lo más importante que hay en la vida»

Marina recuerda además los fines de semana en que sus manos se apoyaban en la barriga de su padre para que le contase más historias (págs. 94-95) y relatos como el de su primo Constante, con el que pescaba en la ría de Vigo cuando escucharon el canto de una sirena que había perdido su cola.

Al término de Comerás flores vuelven los instantes felices de la niñez de Marina y la certeza de que su padre —con sus cuentos— y sus amigos han sabido hacerla siempre reír, sin importar la veracidad de su esencia. 

Sin duda, la familia y la amistad son pilares en esta novela debut de Lucía Solla Sobral, siendo su principal refugio en la relación desigual que plantea. En la página 118, la joven manifestaba:

—Quería romper la tradición silenciosa que había en mi casa, una que decía que era mejor que todos estuviésemos cerca y aburridos que lejos unos de otros—.

Lucía Solla Sobral concluye con un balance positivo de la identidad de la protagonista y de sus fuertes vínculos, que son quienes sostienen su lugar en el mundo. 

¡Ojalá que este espacio sirva para visibilizar estas relaciones tóxicas, en las que muchas jóvenes, como la protagonista, caen rendidas ante hombres que ocultan su verdadero yo tras una máscara!

Sobre la autora

Foto de Marco Mas
Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989) vive actualmente en Oviedo, donde ha creado y coordinado desde 2022 el Club de las Letras Salvajes. 

En 2023 fue seleccionada en la Residencia Literaria de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela, dirigida por el escritor Javier Peña. Colabora en la Vanguardia y ha escrito para revistas como Tinta Libre o Luzes. 

Su primera novela, Comerás flores (Libros del Asteroide, 2025), ha sido un fenómeno de ventas en España y ha recibido los premios Ojo Crítico 2025 y Cálamo del Año 2025. Está en vías de traducción a 14 lenguas.

Ha sido finalista del XXI Premio Dulce Chacón 2026 en la categoría de Narrativa Española.

En el apartado de agradecimientos de Comerás flores, Lucía Solla Sobral  menciona en especial a Marta Jiménez Serrano por todos sus consejos y por ser la primera persona que dijo que estaba escribiendo una novela, mucho antes de que la propia autora considerase que lo estaba haciendo. 

Lucía inició la obra en un taller de escritura creativa y Marta logró que convirtiera dos párrafos en las 248 páginas del libro. Sin ella —asevera—no habría existido esta novela.

Nota: Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) es la autora de Oxigeno, libro que narra una experiencia real sobre la vida y la muerte, publicado por la editorial Alfaguara.


París despertaba tarde, de Máximo Huerta

Editorial Planeta
En la primera parte,
Máximo Huerta nos lleva al París de 1924 y a la difícil infancia de las protagonistas, Kiki de Montparnasse (Alice Prin) y Alice Humbert, dos amigas que comparten alegrías y vicisitudes desde que eran niñas. 
Ambas han sobrevivido a la pobreza y se han ganado la vida como modelos de pintores; precisamente, este hecho cambiará también sus destinos. En la novela aparecen grandes nombres de la historia del Arte, como Amedeo Modigliani, así como las penalidades en ese mundo en el que triunfar es casi una utopía. También se relata la muerte prematura del maestro del retrato del siglo XX, acaecida el 24 de enero de 1920, cuando tenía tan solo 36 años.

En una exposición, el lienzo Mujer joven desnuda, de Moïse Kisling, es adquirido por Ërno Hessel, un galán discreto que desea conocer a la modelo, Alice Humbert. Tras el encuentro, se enamoran e inician una relación llena de detalles y romanticismo, haciendo realidad los sueños de Alice, como el de abrir su propia tienda de moda en París.

Pont Louis Philippe
¿Qué sucede en la pareja para que Ërno le entregue las llaves de la tienda —ubicada en el número 10 de la rue du Pont Louis-Philippe—y se marche a Nueva York? 

El autor nos muestra a una Alice inconsolable que escribe cartas (que nunca enviará) a su querido Ërno para contarle su día a día y el progreso de la tienda que, gracias a la gran cantidad de pedidos, se ha convertido en su sueño hecho realidad. 

Kiki, por su parte, decide entregarse por completo a su entorno bohemio. Aunque su alma pertenece a la noche, sabe que su amiga Alice necesita que la acompañe en el duelo por su amor herido; y, sin duda, lo hará. Por otro lado, Alice tiene la suerte de contar con una clienta habitual, Madeleine Le Clerqc, quien será su bienhechora y le facilitará contactos y encargos tan importantes como los uniformes para la Salpêtrière (una institución médica que, en sus inicios, acogió a mujeres indigentes y enfermas) o el acceso a su exclusivo círculo de mujeres ricas. 

A través de las cartas no enviadas, observamos el esfuerzo titánico de Alice, no solo en su trabajo, sino también en el hogar que comparte con sus hermanos, Jules y Claire. Especialmente con el joven Jules, un adolescente que precisa de mucha atención y consejos para no dejarse arrastrar por amistades revolucionarias. Escribir es, además, una forma de perdonarse y sentir paz. Alice ha cometido errores y es consciente de ellos, como haber estado ausente en la muerte de su madre. 

Un terrible incendio en el cine Novedades sume a París en la tragedia. Esa noche habían acudido al lugar los niños de la Salpêtrière, de los cuales dieciocho encontraron la muerte. Mme LeClercq logra salvarse y le pide a Alice que se ocupe de Hortense, la niña a la que planeaba adoptar. 

En la segunda parte, Paris, como sede de los Juegos Olímpicos (impulsados por su fundador, Pierre de Coubertin), nos contagia su entusiasmo ante la inminente inauguración del evento en mayo. La «Ciudad de la Luz», ahora «Ciudad de los Deportistas» acogía a tres mil atletas —en su mayoría hombres jóvenes—entrenados para ganar. Durante una tarde de entrenamiento, Alice se fija en un nadador polaco, Alexander Belov. En ese instante, la llama se enciende para ambos. 

El almuerzo de los remeros (Auguste Renoir, 1881)
Frente al escaparate de una sombrerería vuelven a encontrarse. La última creación de Tatiana —quien había aprendido a confeccionar maravillosos tocados junto a Coco Chanel— estaba inspirada en la obra El almuerzo de los remeros, de Auguste Renoir; era un sombrero idéntico al que lleva la mujer que sostiene al perrito en el lienzo.

En el cuadro original se aprecia la terraza del restaurante Fournaise y a los amigos del pintor, quienes acaban de comer y beber en un ambiente de gran alegría (página 143).


Iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais
Los paseos de los enamorados se suceden con frecuencia por el Sena, eligiendo rincones especiales como la  iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais, una de las más bellas de la ciudad, que combina el estilo gótico flamígero (siglos XV y XVI) en su interior con el clásico en su fachada exterior. 

En ese mágico templo, Alexander enciende dos velas. Ambos piden un deseo y se besan por primera vez. Las vidrieras se iluminan y los pilares de la iglesia vuelven a albergar la felicidad, dejando atrás el terrible suceso acaecido el 29 de marzo de 1918, durante la Primera Guerra Mundial, cuando un proyectil disparado por un cañón alemán impactó en la bóveda en pleno Viernes Santo, cobrándose la vida de 91 personas. Las vidrieras, que habían sido retiradas en su día como medida de protección ante los bombardeos, reflejaban ahora la luz de su amor.

Entretanto, la mejor amiga de Alice, Kiki de Montparnasse, le envía noticias sobre su estancia en Nueva York, donde acude a la meca del cine: los estudios Astoria en Long Island. Allí se ilusiona con la idea de ver al actor de moda, el latin lover Rodolfo Valentino, en el plató donde rueda en ese momento Un diablo santo (tras el arrollador éxito de Los cuatro jinetes del Apocalipsis). Nadie podía imaginar que, apenas dos años después, la estrella del cine internacional moriría un 23 de agosto de 1926 a causa de una peritonitis, tras haberse desplomado días antes en el hotel Ambassador en Manhattan. Tenía solo 31 años.

Alice sigue aceptando proyectos de cada vez mayor envergadura, como el de la familia Maumejean. Esta dinastía se había ganado una enorme fama como decoradora de numerosas iglesias de París, una trayectoria iniciada por el padre, Jules Pierre —considerado el rey de las vidrieras—, y continuada por sus cinco hijos, todos ellos consumados artistas en la pintura sobre vidrio. Su estrecho vínculo y amor hacia España los llevó a firmar las vidrieras de las catedrales de Sevilla, Burgos, Vitoria y Pamplona, así como las de la iglesia de San Ignacio de Loyola en San Sebastián o la basílica de Lequeitio. 

Rue Montorgueil, 51
En esta ocasión, Alice es citada por Charles Maumejean y Jean Gaudin (artífices de las obras del Sacré-Coeur), en el número 51 de la calle Montorgueil, para ofrecerle un encargo en su taller de costura, recomendada, sin duda, por Madeleine LeClercq. 
Este emblemático local —una pastelería fundada en 1730 por Nicolas Stohrer y decorada con extrema delicadeza por Paul Baudry (pintor responsable de la decoración del techo del  Gran Foyer de la Ópera de París)— es el punto de partida de un sueño. Posteriormente, en su oficina, ambos caballeros le plantean a Alice confeccionar dos vestidos donde sobresalga el color. El objetivo es después convertirlos en un mosaico para el ábside del Sacré-Coeur, concretamente para la capilla de San Ignacio de Loyola, gran viajero. Alice acepta y piensa que la mejor inspiración posible es Valencia. 

Basílica Sacré-Coeur
Días después, Alice y Claire reciben en París las mejores telas procedentes de los prestigiosos talleres de Garín, en Moncada, para realizar el encargo más bonito de su vida: dos trajes de valenciana en actitud de ofrenda que pasarían a la posteridad plasmados en una vidriera. 

La fotografía que Charles y Jean le facilitaron a Alice como referencia fue la de Conchita Piquer, una joven valenciana que en ese momento triunfaba en Nueva York, pues buscaban capturar esa misma actitud imperiosa. Finalmente, Kiki y Claire serán las modelos elegidas para ser inmortalizadas en la basílica del Sacré-Coeur.

Tras la clausura de los Juegos Olímpicos, Alexander decide quedarse en París. Comienza ayudando con los repartos en la tienda de Alice, hasta que se adentra en el mundo del boxeo de la mano de Jean Ces, un joven atleta que también había competido en las Olimpiadas. Así, el nadador pasa a convertirse en boxeador de peso gallo. El tiempo transcurre y la relación de la pareja se afianza; sin embargo, una carta procedente de Polonia, con la noticia de la grave enfermedad del padre de Alexander los separa en el otoño de 1924. El compromiso se mantiene firme, sellado con la alianza de su madre que Alex le entrega a Alice antes de partir.

En la tercera parte, titulada «Nochevieja», constatamos el bienestar de Alice y sus hermanos. El puesto de encargado de almacén de Jules en la empresa Citroën le permite vestir bien e invitar a Annette a restaurantes de moda. 
El autor nos recuerda en la página 235 que André Citroën era un hombre ansioso por patentar vehículos novedosos antes de que los estadounidenses empezaran a monopolizar el mercado. Con ese espíritu, patrocinó una expedición por África, desde Argelia hasta Madagascar, cubriendo ocho mil kilómetros. En 1931, el reto se superó al alcanzar los doce mil kilómetros, cuando ampliaron el recorrido —conocido como el «Crucero Amarillo» de Citroën— hasta China. 

Por otra parte, Máximo Huerta señala que 1924 es el gran año de Coco Chanel, quien ha triunfado con su perfume N.º5, asociada con los directores de Bourjois. Sin duda, esta fragancia —creada por el célebre perfumista Ernest Beaux (1881-1961)— supuso una auténtica revolución en todos los salones de París. Curiosamente, Alice había sido aprendiz en el taller de costura de la diseñadora.


Café Le Dôme 
En la novela, Máximo Huerta evoca a grandes referentes de la vanguardia surrealista y dadaísta como Jean Cocteau (1889-1963), André Breton (1896-1966), Tristan Tzara (1896-1963) o Man Ray (1890-1976) entre muchos otros que eligieron París como su hogar en aquellos años.

El principal punto de reunión de estos artistas, escritores e intelectuales era la brasserie Le Dôme, situada en el nº 108 del boulevard du Montparnasse e inaugurada en 1898.


Violon d'Ingres

Kiki de Montparnasse (Alice Ernestine Prin, 1901-1953) fue la amante del polifacético Man Ray. El artista americano realizó en 1924 la icónica foto surrealista donde la espalda desnuda de Kiki representa visualmente un violín con dos efes (las aberturas en forma de "f"). Esta pose está inspirada en las bañistas pintadas por Jean-Auguste-Dominique Ingres, especialmente La bañista de Valpinçon. 

En la actualidad Le Violon d'Ingres se encuentra en el museo Metropolitano de Arte de Nueva York. La influencia de Kiki (modelo, pintora, cantante de cabaré, actriz y escritora francesa) trascendió el papel de musa, convirtiéndose en un símbolo de libertad creativa y social de Montparnasse.

La Nochevieja de 2024, Kiki y Alice la pasaron en la brasserie Le Dôme celebrando con sus amigos. Precisamente en ese lugar se produjo un altercado violento, atajado a tiempo gracias a la valiente intervención de Ërno Hessel, quien iba acompañado de su actual pareja. Kiki y Alice lo saludaron con afecto y brindaron con champán para dar la bienvenida al año 1925.

Tour d'Argent
Aquel imprevisible reencuentro transformó a Alice. El dolor y la incertidumbre regresaron a su vida; solo coser lograba calmarla. En cada pespunte había un convencimiento de que la herida cicatrizaba (página 312), pero en realidad Alice deseaba retroceder en el tiempo e imaginar que Ërno nunca la había abandonado. 

Kiki se convierte en el puente entre los pensamientos de ambos y le transmite a Alice el anhelo de Ërno de citarse con ella en la Tour d'Argent

Alice acude a la cita. Ërno la espera en una mesa desde la que se divisa la torre. Se trata de un lugar histórico cuyo origen se remonta a 1582 cuando abrió sus puertas como hostería a orillas del río Sena. La conversación gira en torno al progreso de sus hermanos, Claire y Jules, así como sobre los vestidos regionales que Alice ha confeccionado para el altar de la basílica. Tras la cena, visitan el Louvre y contemplan el cuadro favorito de Ërno, cuya protagonista es Betsabé con la carta del rey David. Un lienzo que encarna el momento de la duda: ser fiel o dejarse llevar por la atracción....

Alexander regresa de Polonia en el mes de abril, tras el fallecimiento de su padre, y retoma junto a Alice los preparativos de su boda, a la que se suma madame LeClercq. Sin embargo, aunque la vida parece brindarle una segunda oportunidad, Alice no consigue sentirse feliz. Una tarde, Kiki le pregunta directamente si está enamorada, y Alice confiesa que se siente apagada; algo que Claire también ha notado. Ante esto, Alice decide revelarle la verdad a su hermana: la infidelidad que cometió con el artista Kisling tras retratarla desnuda luciendo el collar de esmeraldas que le había regalado Ërno. Pero al abrir el cajón de la cómoda para buscar el consuelo de sus cartas no enviadas, descubre que estas han desaparecido. 

Teatro Odeón (1779-1782)
Poco después, otro encuentro casual organizado por Madeleine LeClercq y André Citroën en el palacete de Saint Germain propicia que Alexander y Ërno coincidan. Una sola mirada cruzada con Alice le confirma a este último que el amor sigue intacto.

No obstante, los preparativos de la boda fijada para el 14 de julio prosiguen su curso... hasta que las bombas de un atentado anarquista destrozan el Teatro del Odeón, cercano a los jardines de Luxemburgo, al igual que multitud de fachadas de la zona.

En medio de estas circunstancias desgarradoras pierde la vida Madeleine LeClercq, quien solía frecuentar la terraza de un café próximo con sus amigas. A partir de ese fatídico día, Alice asumirá de forma definitiva la custodia de la pequeña Hortense. 

Poco tiempo después, Alice recibe una carta de Ërno en la que le expresa el pésame por la muerte de su amiga y benefactora. Este hecho la abruma y vuelve a avivar sus dudas con respecto al futuro con Álex. Durante un paseo de Alice por el Sena con un libro en la mano, Máximo Huerta introduce sutilmente la figura del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald —quien publicó ese mismo año, 1925, su obra maestra El gran Gatsby, así como la famosa canción Mon Homme, de Mistinguett, en la página 423.

Alice decide ir a la casa de empeños acompañada por Hortense para deshacerse del collar de esmeraldas que le había regalado Ërno, el objeto que un día quebró su destino. En ese mismo lugar se encuentra con él y es, precisamente, la mezcla de inocencia y sabiduría de la niña la que propicia que se revelen los verdaderos sentimientos de la pareja. «¿Me sigues queriendo?», —pronunció Ërno. 

Se besaron y las dudas de Alice desaparecieron al instante. Del bolsillo interior de su chaqueta, Ërno sacó todas las cartas manuscritas de ella. Le confesó entonces que Kiki le había entregado una durante un viaje a Nueva York, advirtiéndole de que, si estaba dispuesto a leer las demás, debía regresar a París. Se  miraron y supieron que, al fin, habían encontrado la felicidad. 

Colina Bergeyre 

Al día siguiente era 14 de julio (como me sucede a mí ahora, en esta tarde del 13 de julio de 2026 en la que me dedico a mi mayor placer: leer y escribir en mi propio camino de letras). 

Alice y Álex se citan en el estadio Bergeyre, donde se habían disputado algunos partidos de los Juegos Olímpicos, con vistas al Sacré-Coeur.

En ese mismo escenario se despiden con ternura, evocando los buenos recuerdos, y sus caminos se separan definitivamente.

«Todo lo que estaba previsto se fue como hoja de calendario, al olvido», dice el autor en la página 443.

Sin embargo, aquel 14 de julio de 1925, fiesta  nacional francesa, se convirtió en una Nochevieja al aire libre. Alice la disfrutó rodeada de sus amigos, entre ellos Kiki y el artista Jules Pascin —conocido como el «Príncipe de Montparnasse» (1885-1930)—, a quienes se sumó más tarde Ërno para proponer un brindis por su futura esposa, Alice Humbert. Sin duda, París despertaba tarde es una novela con final feliz que culmina con un beso, fuegos artificiales y la contemplación del cielo en la ciudad de la luz. 

En el epílogo, Kiki resalta el profundo vínculo de amistad que la une a Alice. Su amiga siempre había sido su faro de luz: una mujer de aire cándido, buena, sencilla e íntegra. Durante un paseo previo al enlace, Kili le promete que cuidará de París en su ausencia. Juntas entran en la basílica del Sacré-Coeur, donde Alice le muestra con emoción las vidrieras y la magia del arte. 

La boda se celebró a las seis de la tarde del primer domingo de septiembre de 1925 en la iglesia de Saint Sulpice. Después, la música sonó en el jardín de la fallecida Madeleine LeClercq, donde todos esperaban a los recién casados. Alice representaba el triunfo del amor y el rostro de todas las modelos anónimas que alguna vez posaron para los artistas. Un final feliz con notas de Cole Porter o Bill Evans.

Máximo Huerta concluye su novela con la siguiente afirmación del escritor Luis Mateo Díez (Premio Miguel de Cervantes 2023):

Escribir una novela es culminar una obsesión

Precisamente la misma obsesión que el autor confiesa tener con París y su fascinación por los años veinte, una época rebosante de color.  

Reflexión

La novela de Máximo Huerta me ha transportado al viaje que hice a París en julio de 1987. Cursaba entonces estudios en la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. El profesor de francés nos había recomendado en ese primer año (de la diplomatura de Técnico/a de Empresas y Actividades Turísticas) practicar el idioma por medio de una estancia como jeune fille au pair en Francia.

La verdad es que tuve mucha suerte porque conocí a la familia Largentaye. Recuerdo, en especial, con mucho cariño a Inés, la abuela materna de Jacques, Cécile y Arnaud. A mi llegada a París, me quedé en su magnífico dúplex del Quai Bourbon. Tras un breve paso por la Ciudad de la Luz, nos fuimos a Normandía con los abuelos paternos en julio, y después a Bretaña en agosto, lugar en el que Inés —viuda de un alto cargo del Fondo Monetario Internacional— tenía un manoir (casa señorial). Desde luego que practiqué francés y aprendí nuevas palabras. Entre ellas «chauve-souris». Nunca se me olvidará cuando la escuché pronunciar a gritos al divisar murciélagos en la parte alta abuhardillada donde teníamos los dormitorios las jeunes filles au pair... 

Al término de mi compromiso con el cuidado de los niños, Inés me invitó a pasar unos días en París. No os podéis imaginar cómo disfruté paseando por los Jardines de Luxemburgo, los alrededores del Sena o la Place du Tertre en Montmartre. También en la visita a museos imprescindibles, como el Louvre y el de Orsay, caminando por los bulevares de Saint-Germain-des-Prés y Saint-Michel o degustando los croissants au beurre (de mantequilla). Inexplicable la honda sensación que experimenté al entrar en la catedral de Notre-Dame y la basílica del Sacré-Coeur. 

Gracias, Máximo, por escribir con tantas perspectivas. Tu novela es una puerta abierta al mundo del arte, el deporte, la moda y la cultura en todas sus manifestaciones: cine, literatura, música o teatro. Multitud de referencias a libros como La educación sentimental de Flaubert (página 425) que han motivado una retrospectiva en mi pensamiento, ya que lo leí hace bastante tiempo.

En París despertaba tarde hay un homenaje a los grandes deportistas de todos los tiempos, como el atleta finlandés Paavo Nurmi (ganador de cinco medallas de oro) y el nadador Johnny Weissmuller (ganador de tres medallas de oro). Sirva este espacio para mencionar a otra gran deportista actual, Carolina Marín, a la que he tenido la gran suerte de conocer el pasado 10 de julio en Lanzarote, con motivo de su participación en unas jornadas sobre gestión de destinos de turismo deportivo. Carolina ha llevado el bádminton a lo más alto y es campeona olímpica. 

Nota: En la Navidad del año 2009 regresé a París. Esta vez acompañada de mi marido, Thomas, y mis hijos, Marina y Eduardo Luis. Dedicamos unos días a Disneyland, coincidiendo allí la Nochevieja, que fue realmente mágica.

Thomas y Syra (31.12.2009)

Sobre el autorhttps://www.maximhuerta.com/

En este blog encontrarás más reflexiones sobre novelas de Máximo Huerta. Entre ellas:

Adiós, pequeño:   

https://camino-syra.blogspot.com/2023/03/adios-pequeno-maximo-huerta.html

Mamá está dormida: 

https://camino-syra.blogspot.com/2026/06/mama-esta-dormida-de-maximo-huerta.html


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