París despertaba tarde, de Máximo Huerta

Editorial Planeta
En la primera parte,
Máximo Huerta nos lleva al París de 1924 y a la difícil infancia de las protagonistas, Kiki de Montparnasse (Alice Prin) y Alice Humbert, dos amigas que comparten alegrías y vicisitudes desde que eran niñas. 
Ambas han sobrevivido a la pobreza y se han ganado la vida como modelos de pintores; precisamente, este hecho cambiará también sus destinos. En la novela aparecen grandes nombres de la historia del Arte, como Amedeo Modigliani, así como las penalidades en ese mundo en el que triunfar es casi una utopía. También se relata la muerte prematura del maestro del retrato del siglo XX, acaecida el 24 de enero de 1920, cuando tenía tan solo 36 años.

En una exposición, el lienzo Mujer joven desnuda, de Moïse Kisling, es adquirido por Ërno Hessel, un galán discreto que desea conocer a la modelo, Alice Humbert. Tras el encuentro, se enamoran e inician una relación llena de detalles y romanticismo, haciendo realidad los sueños de Alice, como el de abrir su propia tienda de moda en París.

Pont Louis Philippe
¿Qué sucede en la pareja para que Ërno le entregue las llaves de la tienda —ubicada en el número 10 de la rue du Pont Louis-Philippe—y se marche a Nueva York? 

El autor nos muestra a una Alice inconsolable que escribe cartas (que nunca enviará) a su querido Ërno para contarle su día a día y el progreso de la tienda que, gracias a la gran cantidad de pedidos, se ha convertido en su sueño hecho realidad. 

Kiki, por su parte, decide entregarse por completo a su entorno bohemio. Aunque su alma pertenece a la noche, sabe que su amiga Alice necesita que la acompañe en el duelo por su amor herido; y, sin duda, lo hará. Por otro lado, Alice tiene la suerte de contar con una clienta habitual, Madeleine Le Clerqc, quien será su bienhechora y le facilitará contactos y encargos tan importantes como los uniformes para la Salpêtrière (una institución médica que, en sus inicios, acogió a mujeres indigentes y enfermas) o el acceso a su exclusivo círculo de mujeres ricas. 

A través de las cartas no enviadas, observamos el esfuerzo titánico de Alice, no solo en su trabajo, sino también en el hogar que comparte con sus hermanos, Jules y Claire. Especialmente con el joven Jules, un adolescente que precisa de mucha atención y consejos para no dejarse arrastrar por amistades revolucionarias. Escribir es, además, una forma de perdonarse y sentir paz. Alice ha cometido errores y es consciente de ellos, como haber estado ausente en la muerte de su madre. 

Un terrible incendio en el cine Novedades sume a París en la tragedia. Esa noche habían acudido al lugar los niños de la Salpêtrière, de los cuales dieciocho encontraron la muerte. Mme LeClercq logra salvarse y le pide a Alice que se ocupe de Hortense, la niña a la que planeaba adoptar. 

En la segunda parte, Paris, como sede de los Juegos Olímpicos (impulsados por su fundador, Pierre de Coubertin), nos contagia su entusiasmo ante la inminente inauguración del evento en mayo. La «Ciudad de la Luz», ahora «Ciudad de los Deportistas» acogía a tres mil atletas —en su mayoría hombres jóvenes—entrenados para ganar. Durante una tarde de entrenamiento, Alice se fija en un nadador polaco, Alexander Belov. En ese instante, la llama se enciende para ambos. 

El almuerzo de los remeros (Auguste Renoir, 1881)
Frente al escaparate de una sombrerería vuelven a encontrarse. La última creación de Tatiana —quien había aprendido a confeccionar maravillosos tocados junto a Coco Chanel— estaba inspirada en la obra El almuerzo de los remeros, de Auguste Renoir; era un sombrero idéntico al que lleva la mujer que sostiene al perrito en el lienzo.

En el cuadro original se aprecia la terraza del restaurante Fournaise y a los amigos del pintor, quienes acaban de comer y beber en un ambiente de gran alegría (página 143).


Iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais
Los paseos de los enamorados se suceden con frecuencia por el Sena, eligiendo rincones especiales como la  iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais, una de las más bellas de la ciudad, que combina el estilo gótico flamígero (siglos XV y XVI) en su interior con el clásico en su fachada exterior. 

En ese mágico templo, Alexander enciende dos velas. Ambos piden un deseo y se besan por primera vez. Las vidrieras se iluminan y los pilares de la iglesia vuelven a albergar la felicidad, dejando atrás el terrible suceso acaecido el 29 de marzo de 1918, durante la Primera Guerra Mundial, cuando un proyectil disparado por un cañón alemán impactó en la bóveda en pleno Viernes Santo, cobrándose la vida de 91 personas. Las vidrieras, que habían sido retiradas en su día como medida de protección ante los bombardeos, reflejaban ahora la luz de su amor.

Entretanto, la mejor amiga de Alice, Kiki de Montparnasse, le envía noticias sobre su estancia en Nueva York, donde acude a la meca del cine: los estudios Astoria en Long Island. Allí se ilusiona con la idea de ver al actor de moda, el latin lover Rodolfo Valentino, en el plató donde rueda en ese momento Un diablo santo (tras el arrollador éxito de Los cuatro jinetes del Apocalipsis). Nadie podía imaginar que, apenas dos años después, la estrella del cine internacional moriría un 23 de agosto de 1926 a causa de una peritonitis, tras haberse desplomado días antes en el hotel Ambassador en Manhattan. Tenía solo 31 años.

Alice sigue aceptando proyectos de cada vez mayor envergadura, como el de la familia Maumejean. Esta dinastía se había ganado una enorme fama como decoradora de numerosas iglesias de París, una trayectoria iniciada por el padre, Jules Pierre —considerado el rey de las vidrieras—, y continuada por sus cinco hijos, todos ellos consumados artistas en la pintura sobre vidrio. Su estrecho vínculo y amor hacia España los llevó a firmar las vidrieras de las catedrales de Sevilla, Burgos, Vitoria y Pamplona, así como las de la iglesia de San Ignacio de Loyola en San Sebastián o la basílica de Lequeitio. 

Rue Montorgueil, 51
En esta ocasión, Alice es citada por Charles Maumejean y Jean Gaudin (artífices de las obras del Sacré-Coeur), en el número 51 de la calle Montorgueil, para ofrecerle un encargo en su taller de costura, recomendada, sin duda, por Madeleine LeClercq. 
Este emblemático local —una pastelería fundada en 1730 por Nicolas Stohrer y decorada con extrema delicadeza por Paul Baudry (pintor responsable de la decoración del techo del  Gran Foyer de la Ópera de París)— es el punto de partida de un sueño. Posteriormente, en su oficina, ambos caballeros le plantean a Alice confeccionar dos vestidos donde sobresalga el color. El objetivo es después convertirlos en un mosaico para el ábside del Sacré-Coeur, concretamente para la capilla de San Ignacio de Loyola, gran viajero. Alice acepta y piensa que la mejor inspiración posible es Valencia. 

Basílica Sacré-Coeur
Días después, Alice y Claire reciben en París las mejores telas procedentes de los prestigiosos talleres de Garín, en Moncada, para realizar el encargo más bonito de su vida: dos trajes de valenciana en actitud de ofrenda que pasarían a la posteridad plasmados en una vidriera. 

La fotografía que Charles y Jean le facilitaron a Alice como referencia fue la de Conchita Piquer, una joven valenciana que en ese momento triunfaba en Nueva York, pues buscaban capturar esa misma actitud imperiosa. Finalmente, Kiki y Claire serán las modelos elegidas para ser inmortalizadas en la basílica del Sacré-Coeur.

Tras la clausura de los Juegos Olímpicos, Alexander decide quedarse en París. Comienza ayudando con los repartos en la tienda de Alice, hasta que se adentra en el mundo del boxeo de la mano de Jean Ces, un joven atleta que también había competido en las Olimpiadas. Así, el nadador pasa a convertirse en boxeador de peso gallo. El tiempo transcurre y la relación de la pareja se afianza; sin embargo, una carta procedente de Polonia, con la noticia de la grave enfermedad del padre de Alexander los separa en el otoño de 1924. El compromiso se mantiene firme, sellado con la alianza de su madre que Alex le entrega a Alice antes de partir.

En la tercera parte, titulada «Nochevieja», constatamos el bienestar de Alice y sus hermanos. El puesto de encargado de almacén de Jules en la empresa Citroën le permite vestir bien e invitar a Annette a restaurantes de moda. 
El autor nos recuerda en la página 235 que André Citroën era un hombre ansioso por patentar vehículos novedosos antes de que los estadounidenses empezaran a monopolizar el mercado. Con ese espíritu, patrocinó una expedición por África, desde Argelia hasta Madagascar, cubriendo ocho mil kilómetros. En 1931, el reto se superó al alcanzar los doce mil kilómetros, cuando ampliaron el recorrido —conocido como el «Crucero Amarillo» de Citroën— hasta China. 

Por otra parte, Máximo Huerta señala que 1924 es el gran año de Coco Chanel, quien ha triunfado con su perfume N.º5, asociada con los directores de Bourjois. Sin duda, esta fragancia —creada por el célebre perfumista Ernest Beaux (1881-1961)— supuso una auténtica revolución en todos los salones de París. Curiosamente, Alice había sido aprendiz en el taller de costura de la diseñadora.


Café Le Dôme 
En la novela, Máximo Huerta evoca a grandes referentes de la vanguardia surrealista y dadaísta como Jean Cocteau (1889-1963), André Breton (1896-1966), Tristan Tzara (1896-1963) o Man Ray (1890-1976) entre muchos otros que eligieron París como su hogar en aquellos años.

El principal punto de reunión de estos artistas, escritores e intelectuales era la brasserie Le Dôme, situada en el nº 108 del boulevard du Montparnasse e inaugurada en 1898.


Violon d'Ingres

Kiki de Montparnasse (Alice Ernestine Prin, 1901-1953) fue la amante del polifacético Man Ray. El artista americano realizó en 1924 la icónica foto surrealista donde la espalda desnuda de Kiki representa visualmente un violín con dos efes (las aberturas en forma de "f"). Esta pose está inspirada en las bañistas pintadas por Jean-Auguste-Dominique Ingres, especialmente La bañista de Valpinçon. 

En la actualidad Le Violon d'Ingres se encuentra en el museo Metropolitano de Arte de Nueva York. La influencia de Kiki (modelo, pintora, cantante de cabaré, actriz y escritora francesa) trascendió el papel de musa, convirtiéndose en un símbolo de libertad creativa y social de Montparnasse.

La Nochevieja de 2024, Kiki y Alice la pasaron en la brasserie Le Dôme celebrando con sus amigos. Precisamente en ese lugar se produjo un altercado violento, atajado a tiempo gracias a la valiente intervención de Ërno Hessel, quien iba acompañado de su actual pareja. Kiki y Alice lo saludaron con afecto y brindaron con champán para dar la bienvenida al año 1925.

Tour d'Argent
Aquel imprevisible reencuentro transformó a Alice. El dolor y la incertidumbre regresaron a su vida; solo coser lograba calmarla. En cada pespunte había un convencimiento de que la herida cicatrizaba (página 312), pero en realidad Alice deseaba retroceder en el tiempo e imaginar que Ërno nunca la había abandonado. 

Kiki se convierte en el puente entre los pensamientos de ambos y le transmite a Alice el anhelo de Ërno de citarse con ella en la Tour d'Argent

Alice acude a la cita. Ërno la espera en una mesa desde la que se divisa la torre. Se trata de un lugar histórico cuyo origen se remonta a 1582 cuando abrió sus puertas como hostería a orillas del río Sena. La conversación gira en torno al progreso de sus hermanos, Claire y Jules, así como sobre los vestidos regionales que Alice ha confeccionado para el altar de la basílica. Tras la cena, visitan el Louvre y contemplan el cuadro favorito de Ërno, cuya protagonista es Betsabé con la carta del rey David. Un lienzo que encarna el momento de la duda: ser fiel o dejarse llevar por la atracción....

Alexander regresa de Polonia en el mes de abril, tras el fallecimiento de su padre, y retoma junto a Alice los preparativos de su boda, a la que se suma madame LeClercq. Sin embargo, aunque la vida parece brindarle una segunda oportunidad, Alice no consigue sentirse feliz. Una tarde, Kiki le pregunta directamente si está enamorada, y Alice confiesa que se siente apagada; algo que Claire también ha notado. Ante esto, Alice decide revelarle la verdad a su hermana: la infidelidad que cometió con el artista Kisling tras retratarla desnuda luciendo el collar de esmeraldas que le había regalado Ërno. Pero al abrir el cajón de la cómoda para buscar el consuelo de sus cartas no enviadas, descubre que estas han desaparecido. 

Teatro Odeón (1779-1782)
Poco después, otro encuentro casual organizado por Madeleine LeClercq y André Citroën en el palacete de Saint Germain propicia que Alexander y Ërno coincidan. Una sola mirada cruzada con Alice le confirma a este último que el amor sigue intacto.

No obstante, los preparativos de la boda fijada para el 14 de julio prosiguen su curso... hasta que las bombas de un atentado anarquista destrozan el Teatro del Odeón, cercano a los jardines de Luxemburgo, al igual que multitud de fachadas de la zona.

En medio de estas circunstancias desgarradoras pierde la vida Madeleine LeClercq, quien solía frecuentar la terraza de un café próximo con sus amigas. A partir de ese fatídico día, Alice asumirá de forma definitiva la custodia de la pequeña Hortense. 

Poco tiempo después, Alice recibe una carta de Ërno en la que le expresa el pésame por la muerte de su amiga y benefactora. Este hecho la abruma y vuelve a avivar sus dudas con respecto al futuro con Álex. Durante un paseo de Alice por el Sena con un libro en la mano, Máximo Huerta introduce sutilmente la figura del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald —quien publicó ese mismo año, 1925, su obra maestra El gran Gatsby, así como la famosa canción Mon Homme, de Mistinguett, en la página 423.

Alice decide ir a la casa de empeños acompañada por Hortense para deshacerse del collar de esmeraldas que le había regalado Ërno, el objeto que un día quebró su destino. En ese mismo lugar se encuentra con él y es, precisamente, la mezcla de inocencia y sabiduría de la niña la que propicia que se revelen los verdaderos sentimientos de la pareja. «¿Me sigues queriendo?», —pronunció Ërno. 

Se besaron y las dudas de Alice desaparecieron al instante. Del bolsillo interior de su chaqueta, Ërno sacó todas las cartas manuscritas de ella. Le confesó entonces que Kiki le había entregado una durante un viaje a Nueva York, advirtiéndole de que, si estaba dispuesto a leer las demás, debía regresar a París. Se  miraron y supieron que, al fin, habían encontrado la felicidad. 

Colina Bergeyre 

Al día siguiente era 14 de julio (como me sucede a mí ahora, en esta tarde del 13 de julio de 2026 en la que me dedico a mi mayor placer: leer y escribir en mi propio camino de letras). 

Alice y Álex se citan en el estadio Bergeyre, donde se habían disputado algunos partidos de los Juegos Olímpicos, con vistas al Sacré-Coeur.

En ese mismo escenario se despiden con ternura, evocando los buenos recuerdos, y sus caminos se separan definitivamente.

«Todo lo que estaba previsto se fue como hoja de calendario, al olvido», dice el autor en la página 443.

Sin embargo, aquel 14 de julio de 1925, fiesta  nacional francesa, se convirtió en una Nochevieja al aire libre. Alice la disfrutó rodeada de sus amigos, entre ellos Kiki y el artista Jules Pascin —conocido como el «Príncipe de Montparnasse» (1885-1930)—, a quienes se sumó más tarde Ërno para proponer un brindis por su futura esposa, Alice Humbert. Sin duda, París despertaba tarde es una novela con final feliz que culmina con un beso, fuegos artificiales y la contemplación del cielo en la ciudad de la luz. 

En el epílogo, Kiki resalta el profundo vínculo de amistad que la une a Alice. Su amiga siempre había sido su faro de luz: una mujer de aire cándido, buena, sencilla e íntegra. Durante un paseo previo al enlace, Kili le promete que cuidará de París en su ausencia. Juntas entran en la basílica del Sacré-Coeur, donde Alice le muestra con emoción las vidrieras y la magia del arte. 

La boda se celebró a las seis de la tarde del primer domingo de septiembre de 1925 en la iglesia de Saint Sulpice. Después, la música sonó en el jardín de la fallecida Madeleine LeClercq, donde todos esperaban a los recién casados. Alice representaba el triunfo del amor y el rostro de todas las modelos anónimas que alguna vez posaron para los artistas. Un final feliz con notas de Cole Porter o Bill Evans.

Máximo Huerta concluye su novela con la siguiente afirmación del escritor Luis Mateo Díez (Premio Miguel de Cervantes 2023):

Escribir una novela es culminar una obsesión

Precisamente la misma obsesión que el autor confiesa tener con París y su fascinación por los años veinte, una época rebosante de color.  

Reflexión

La novela de Máximo Huerta me ha transportado al viaje que hice a París en julio de 1987. Cursaba entonces estudios en la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. El profesor de francés nos había recomendado en ese primer año (de la diplomatura de Técnico/a de Empresas y Actividades Turísticas) practicar el idioma por medio de una estancia como jeune fille au pair en Francia.

La verdad es que tuve mucha suerte porque conocí a la familia Largentaye. Recuerdo, en especial, con mucho cariño a Inés, la abuela materna de Jacques, Cécile y Arnaud. A mi llegada a París, me quedé en su magnífico dúplex del Quai Bourbon. Tras un breve paso por la Ciudad de la Luz, nos fuimos a Normandía con los abuelos paternos en julio, y después a Bretaña en agosto, lugar en el que Inés —viuda de un alto cargo del Fondo Monetario Internacional— tenía un manoir (casa señorial). Desde luego que practiqué francés y aprendí nuevas palabras. Entre ellas «chauve-souris». Nunca se me olvidará cuando la escuché pronunciar a gritos al divisar murciélagos en la parte alta abuhardillada donde teníamos los dormitorios las jeunes filles au pair... 

Al término de mi compromiso con el cuidado de los niños, Inés me invitó a pasar unos días en París. No os podéis imaginar cómo disfruté paseando por los Jardines de Luxemburgo, los alrededores del Sena o la Place du Tertre en Montmartre. También en la visita a museos imprescindibles, como el Louvre y el de Orsay, caminando por los bulevares de Saint-Germain-des-Prés y Saint-Michel o degustando los croissants au beurre (de mantequilla). Inexplicable la honda sensación que experimenté al entrar en la catedral de Notre-Dame y la basílica del Sacré-Coeur. 

Gracias, Máximo, por escribir con tantas perspectivas. Tu novela es una puerta abierta al mundo del arte, el deporte, la moda y la cultura en todas sus manifestaciones: cine, literatura, música o teatro. Multitud de referencias a libros como La educación sentimental de Flaubert (página 425) que han motivado una retrospectiva en mi pensamiento, ya que lo leí hace bastante tiempo.

En París despertaba tarde hay un homenaje a los grandes deportistas de todos los tiempos, como el atleta finlandés Paavo Nurmi (ganador de cinco medallas de oro) y el nadador Johnny Weissmuller (ganador de tres medallas de oro). Sirva este espacio para mencionar a otra gran deportista actual, Carolina Marín, a la que he tenido la gran suerte de conocer el pasado 10 de julio en Lanzarote, con motivo de su participación en unas jornadas sobre gestión de destinos de turismo deportivo. Carolina ha llevado el bádminton a lo más alto y es campeona olímpica. 

Nota: En la Navidad del año 2009 regresé a París. Esta vez acompañada de mi marido, Thomas, y mis hijos, Marina y Eduardo Luis. Dedicamos unos días a Disneyland, coincidiendo allí la Nochevieja, que fue realmente mágica.

Thomas y Syra (31.12.2009)

Sobre el autorhttps://www.maximhuerta.com/

En este blog encontrarás más reflexiones sobre novelas de Máximo Huerta. Entre ellas:

Adiós, pequeño:   

https://camino-syra.blogspot.com/2023/03/adios-pequeno-maximo-huerta.html

Mamá está dormida: 

https://camino-syra.blogspot.com/2026/06/mama-esta-dormida-de-maximo-huerta.html


A Julieta, una madre querida

En mayo la ventana del cielo se abrió para acoger a Julieta. Ese mismo mes habíamos viajado a Madrid para ver a nuestra hija Marina y echarle una mano con el mantenimiento de la casa. Aunque ella heredó esta habilidad de su padre, necesitaba ayuda para instalar una luminaria LED en la cocina que sustituyera al fluorescente intermitente, así como reforzar los cajones del armario del dormitorio, renovar la tela de los barrotes que dan cierta intimidad a la terraza y atender otros menesteres. El tándem funcionó muy bien.

La idea era hacer coincidir la estancia con el domingo 3 de mayo, Día de la Madre, y salir a comer con Marina a algún restaurante. La semana previa comencé a pensar en un lugar para reservar con antelación y también en algunos detalles que siempre me gusta llevar. La mayoría suelen ser gastronómicos y coinciden con los favoritos de Marina, como los batatitos, el queso de cabra tierno, las papas para arrugar y las chocolatinas Tirma. Sé que de vez en cuando invita a sus amigos a tomar algo en casa, así que las papas con mojo son una apuesta segura.

En esta ocasión quería llevar un detalle además para la madre de su amiga Rebeca. 

Recordaba la marca de su perfume, Narciso RodríguezDesde una tienda del centro comercial Open Mall en Arrecife, envié una foto a Marina para preguntarle por la fragancia exacta. 
Comprobé que no lo había leído. Quizá estaba ocupada en algún rodaje. Decidí posponerlo hasta que estuviera segura de cuál era la favorita de la madre de Rebeca, aunque no tenía mucho tiempo, ya que esa tarde era jueves 30 de abril y volábamos al día siguiente a Madrid muy temprano.

En el parking, arrancando el coche, recibí un mensaje de Marina, en el que me decía que era mejor dejarlo para otra ocasión, ya que en ese fin de semana sería imposible planificar un encuentro. «De acuerdo», le contesté. 

Precisamente, el 8 de abril había hablado por teléfono con Rebeca. Sabíamos por Marina la gravedad del estado de Julieta. En esa llamada sentí los últimos cuidados de una hija a su madre en el lecho acogedor del hogar familiar. 

Tras la conversación, me fui a caminar por el paseo marítimo. Mientras avanzaba a paso ligero, me venían a la mente los recuerdos del viaje que Rebeca hizo a Lanzarote hace unos años durante el mes de septiembre, acompañada de otro amigo de Marina, Francesco. Los tres se conocían desde la etapa del grado universitario en la escuela TAI de Madrid.

Rememoré el instante cuando los recogimos del aeropuerto y, una vez en casa, Rebeca empezó a sacar de la maleta viandas de una caja sorpresa: jamón serrano Cinco Jotas, lomo embuchado, salchichón, chorizo, queso manchego, vino de la bodega Legaris... 

—De parte de mis padres —dijo. 

En nuestra reciente charla, habíamos mencionado esa generosidad mutua que también los unía a nosotros, una virtud muy propia de la gente humilde.

En efecto, Rebeca señaló que Thomas y yo éramos parecidos a sus padres, de carácter desprendido. En esa llamada no le dije que todavía conservo los elegantes pendientes que me regaló en ese viaje. Tampoco le conté, que sin darme cuenta, pisé uno de ellos en el baño. Sabía que los había adquirido en la tienda Codo de la calle Arenal, de modo que un mes de agosto en Madrid, me acerqué al local para su posible reparación. La joven dependienta los mandó al taller, pero no hubo manera de soldarlos. 

Pendiente tienda Codo
Los dobles aros con delicada perla siguen reluciendo en mi joyero, testimonio de aquel mes de septiembre en el que Rebeca y Francesco descubrieron el alma de la isla de los volcanes de la mano de Marina; una huella tan imborrable como las cenizas volcánicas procedentes de la erupción de Timanfaya que cubren el paisaje de La Geria desde hace casi 300 años.

La última noche en Lanzarote, Rebeca expresó su deseo de invitarnos a cenar como despedida. Elegimos un restaurante frente al mar ubicado en Playa Honda llamado «Casa Tere», muy popular por la calidad de su comida y buen ambiente. 

En la maleta de Rebeca de regreso a Madrid hubo un detalle para Julieta. Una fragancia envuelta en almizcle y jazmín, símbolo del cariño de una hija que conoce los gustos de su madre.

Yo solía intercambiar deseos de bienestar por escrito, a través del móvil con Julieta, en fechas navideñas. La charla también giraba en torno a nuestras hijas, y coincidíamos en lo orgullosas que estábamos de ellas. 

Las habíamos animado a elegir estudios por vocación. El ámbito audiovisual no es un camino fácil: largas jornadas de trabajo,  climatologías adversas, proyectos en destinos lejanos y condiciones laborales inestables. Sin embargo, la valía de ambas y el coraje de sus respectivas  trayectorias son incuestionables. Hay que tener mucha sensibilidad para realizar las tareas que ellas llevan a cabo, detrás de una cámara o enfocando la luz que se necesita en un instante preciso.

—¡Qué van a decir las madres! —exclamarían ellas. Pero Julieta y yo sabíamos lo que veíamos: un inmenso corazón en cada una, con una empatía extrema por los demás. Así lo constaté el sábado 2 de mayo cuando acudimos con Marina a la Puerta del Sol a ver la recreación del heroico levantamiento del pueblo de Madrid. Ese día de 1808 se produjo el estallido de la que sería la Guerra de la Independencia, que se prolongaría hasta 1814. 

Puerta del Sol, nº6

Casualmente descubrimos la cafetería ZapCoffee, a la que se accede por una zapatería (Puerta del Sol, nº 6). Se trata de un local ubicado en la segunda planta con siete ventanales que lo convierten en un mirador privilegiado sobre toda la plaza. 

Pedimos un café con leche e intentamos buscar un sitio aceptable mientras llegaba Marina.

Interior cafetería
Ya en el interior, lógicamente, los lugares con las mejores vistas estaban ocupados. No obstante, había un rincón con una mesa en la que pudimos apoyar los cafés. Cogí una silla libre y me acerqué a uno de los ventanales, donde se había situado una señora rubia de aspecto elegante. Desde allí, la plaza me quedaba en un segundo plano, pero era mejor que permanecer de pie. 

A los pocos minutos apareció Marina. Tras darnos un beso se movió por la estancia eligiendo un buen punto para grabar con el móvil. El espectáculo comenzó y entonces la señora rubia se levantó. Pensé que solo captaría alguna imagen y se volvería a sentar.  ¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando manifestó que tenía la intención de grabar de pie! 

Las personas que estaban detrás de mí protestaron, pero ella hizo caso omiso. Una señora mayor con acento francés se dirigió a ella de manera educada, instándola a que se sentara, ya que le impedía ver el acto y tenía una discapacidad. La mujer ignoró de nuevo la petición y siguió grabando como si no estuviéramos todos detrás. 

Entonces, la señora francesa se acercó a ella e hizo ademán de grabar también con el móvil, hecho que indujo a la irrespetuosa rubia a alzar el suyo para no ceder ni un ápice de su espacio. Nosotros no dábamos crédito a lo que estaba sucediendo. Entretanto, escuchamos el ruido atronador de los fusiles, bayonetas y cañones del ejército napoleónico reprimiendo la revuelta. 

¡Haga el favor de sentarse! vociferó una familia.

Y mientras los civiles caían defendiendo la plaza con navajas y piedras, la rubia violenta defendía con uñas su trozo de cristal. Y digo «uñas», porque ante nuestro asombro, se las clavó a la pobre señora francesa en la muñeca derecha, levantándole la piel.

La chispa de la indignación de Marina creció como la pólvora. Menos mal que inmortalizó este hecho surrealista entre una española y una francesa con un vídeo que comparto en este párrafo. La misma situación de enfrentamiento que la Asociación Histórico-Cultural Voluntarios de Madrid 1808-1814 replicó con toda su crudeza ante la ciudadanía y multitud de cargos políticos el 2 de mayo de 2026.


—¡Esto no puede quedar así! pronuncié, y me fui a la barra en busca de una camarera para explicarle lo sucedido y pedir un desinfectante. La joven, con el rostro estupefacto, se marchó a por la responsable. Tardó unos minutos y regresó sin nada, ya que el botiquín estaba vacío, pero con la orden de su superior de llamar a la policía. 

La camarera me acompañó al ventanal. Desgraciadamente, la señora, enloquecida por lograr una impactante historia para Instagram, había desaparecido. Volvimos a mirar la herida de la señora francesa, quien nos sosegó, restándole importancia, e informándonos de que por la tarde iba a ver una corrida de toros a la plaza de Ventas. Le preguntamos si viajaba sola. 

—Sí — contestó. Mi marido, que es médico, no ha venido. 

La verdad es que poco podía hacer él desde la distancia.

Lago Casa de Campo (03.05.2026)
Al día siguiente, a Marina se le ocurrió ir a comer a la Casa de Campo. El clima amenazaba lluvia aquel domingo, por lo que decidimos reservar finalmente en una zona cubierta del restaurante Villa Verbena, en el paseo de María Teresa, 3.

Llegamos con antelación al bello entorno natural del lago y disfrutamos de sus vistas sentados en un banco antes de pasar al interior del restaurante. Una vez allí nos indicaron la mesa, cercana a la de una familia que ya estaba pensando en la posible comanda.

La proximidad hizo que escucháramos la conversación. La voz de una señora madura resonó rotunda detrás de mí. 

—Yo quiero puerros confitados, alcachofas y pulpo a la brasa. 

Su marido expresó su deseo de comer sardinas. Entonces la señora de estilo generala se dirigió a la que debía ser su nuera y le dijo: «Como tú comes muy poquito, así está bien». Una voz masculina —deduje que de su hijo— afirmó que pediría un steak tartar con ensalada. La madre además puntualizó: 

—El ceviche está también muy rico. Lo añadimos. 

Villa Verbena (03.05.26)

La nuera parecía un cero a la izquierda. Mi cara se iluminó al ver a Marina con un precioso ramo de flores dirigiéndose a nuestra mesa. 

Le di un abrazo de bienvenida y le indiqué que no se sentara todavía. Entonces le pregunté al maître si podíamos cambiarnos a la terraza. Lo consultó e hizo un gesto aprobatorio.

Laura, la camarera del espacio exterior, nos dispensó un servicio muy amable, al que se sumó el bienestar del entorno. Al terminar la comida, dimos un paseo en barca de 45 minutos.

La Latina (03.05.2026)


A continuación, nos encaminamos hacia la Puerta del Ángel para coger el metro donde vimos la escultura dedicada a Beatriz Galindo (Salamanca, 1475-1534) que ha pasado a la historia con el apodo de La Latina

Fue camarista de Isabel la Católica y profesora de latín de la reina. Después dio nombre al barrio madrileño donde se ubicó el hospital de la Concepción gracias a su iniciativa y donaciones.

A las 17:30h regresamos a casa para rematar el mantenimiento, ya que al día siguiente, 4 de mayo, volábamos a Lanzarote. Mientras Thomas y Marina volvían a sacar las herramientas, miré la plaza de Almodóvar desde la terraza de nuestro tercer piso. 

Entonces evoqué aquel día en el que Rebeca y Marina me escucharon decir desde esa misma perspectiva: «¡Cuánto echaba de menos esta vista!». Ambas enarcaron las cejas y no explotaron de risa por educación. Las dos saben que en Lanzarote diviso el mar desde el que es, sin duda, nuestro último reducto: el piso que hemos logrado tener después de muchas vicisitudes. Una primera vivienda, fruto de nuestro trabajo y perseverancia, y también de la generosidad de nuestros seres queridos, quienes nos demostraron que ... 

la mejor herencia es el amor, la empatía y la máxima ayuda en vida

El piso del barrio de Carabanchel me trae muchos recuerdos, y entre ellos, están aquellos momentos felices de la niñez y la adolescencia en los que solo debía preocuparme por estudiar, leer Esther y su mundo, salir con mi amiga Pili —hija de ebanista que vivía en la calle Zaida—, sacar a Foxy (nuestro fox terrier encontrado en la calle), comprar los domingos el periódico El País con el suplemento especial de cultura y llevar las porras recién hechas de la churrería de la avenida de Nuestra Señora de Valvanera para desayunar con mi madre y mi hermana Eva.

Han pasado 35 años desde que decidí emprender el vuelo a Lanzarote, un 3 de diciembre de 1991. Sin embargo, mi mente está llena de historias de ese inmueble de gente obrera. En el tercero D sigue viviendo Angelines, quien de soltera residía en el barrio de las Letras. Se casó con un electricista y desde entonces reside en el piso contiguo al nuestro. Algunas tardes regresa a la calle Amor de Dios, la de sus padres, y se acerca a la basílica de Jesús de Medinaceli como también hacía mi madre.

El domingo 3 de mayo, al volver a casa y subir las escaleras, nos la encontramos. Creo que ya no me reconoció. Dijo que la tarde había sido un aburrimiento y que se iba a dar un paseo porque en casa cada uno iba a su bola... Debía referirse al hijo con el que vive desde que se separó de su mujer y regresó al hogar familiar. Marina me cuenta que, de vez en cuando, toca nuestro timbre y le pide que le abra algún frasco o botella. 

Foto de Marina Bryant
Este inmueble es como la tira cómica de 13, Rue del Percebe de Francisco Ibáñez con multitud de escenas, ya que se escuchan las conversaciones a través de los tabiques, los ladridos del perro del piso de arriba, la televisión, el ruido de la lavadora, las broncas familiares, los pasos en la escalera...

Por eso, cuando supe que habían inaugurado un mural del genial dibujante en la calle General Ricardos, 46 no tuve la menor duda de que acabaría dedicándole algún párrafo costumbrista. En efecto, el 15 de marzo de 2025, en homenaje a la fecha de nacimiento de Francisco Ibáñez, se dio a conocer la obra de los artistas NSN997 y Kerudekolorz, inspirada en el arte urbano de los 80 y 90. La iniciativa forma parte de «Distrito 11» y su objetivo es hacer del barrio de Carabanchel un referente cultural. Este mural es ya el punto de interés de la futura Ruta de Arte.

Sin embargo, ese piso es también un refugio. Una propiedad da siempre respiro y estabilidad; mi abuela Josefa lo tuvo muy claro desde el principio. Ejerció el oficio de planchadora —aprendido de su suegra María— en la calle de Jesús, 12, para complementar el sueldo de inspector de policía de mi abuelo Pepe hasta que sus rodillas no pudieron aguantar más el peso de los años y el esfuerzo. 

El matrimonio, ya jubilado, se mudó al piso sin ascensor de la avenida de Valvanera. Las escaleras hasta la tercera planta para acceder a su vivienda fueron un obstáculo que incrementó el dolor, sobre todo, de los huesos de mi abuela septuagenaria. Recuerdo con agrado su cocina que desprendía aromas murcianos (testimonio de su origen y de esa huerta famosa por su variedad y frescura), y su terraza llena de plantas que cada día regaba con esmero. También recuerdo verla en verano, sentada en una silla dormitando, ante la imposibilidad de soportar el calor que emanaba de las paredes de su dormitorio; ese que después ocupamos mi hermana Eva y yo, la tercera generación. Y ahora la cuarta, representada por Marina, quien ha dado un toque extraordinario de feng shui a la casa.

En la última novela que he leído, Mamá está dormida, su autor expresaba que el mejor patrimonio de la vida es la memoria. En especial la del corazón, aquella que magnifica los buenos recuerdos y elimina los malos. Ahí coincido con Máximo Huerta en la mirada poética a la plaza frente a la atónita de Marina y Rebeca. No obstante, hay que ser realistas. La fachada de la casa necesita una reforma integral, al igual que su interior. Los desprendimientos se suceden con frecuencia. Las chapuzas de los fontaneros y pintores contratados por la comunidad de propietarios son señales de su bajo presupuesto. Según la administradora, se acometerá una mejora en el año 2027... 

Sigo escribiendo los ratos que me permite mi trabajo docente. Ya es 14 de junio. Ha pasado un mes y coincide con la pérdida de Henry Mancini hace 32 años. Un gran compositor de música de cine que nos dejó  temas inolvidables como Moon River en Desayuno con diamantes o el tema de amor en la película Romeo y Julieta. Es precisamente el título de esta última el que me ha inspirado para elegir el nombre ficticio de la madre de Rebeca, respetando así su privacidad.

A ella le dedico este espacio en el que convergen anécdotas, historias de familias, amistad y un amor inmenso de madre. Sí, porque  Julieta y yo, entre felicitación santoral y felicitación navideña, siempre acabábamos hablando de nuestras hijas y de los lazos fuertes que las unen tanto en momentos alegres como difíciles.

Termino con un regalo visual, que envié a Julieta, el primer día del año: una puesta de sol de Lanzarote que lleva la mirada sensible de Marina en ese instante preciso que refleja una paz infinita.

Mientras la observo, escucho una composición musical del pianista Stanton Lanier que evoca un nuevo despertar, y me imagino a Julieta descansando en ese universo al que se nos ha anticipado un 14 de mayo. Ese día, durante el recorrido, unos focos iluminaron su camino y no se apagaron. Dos semanas después, Josefina Molina, pionera en el sector audiovisual, iba a necesitar su misma luz. La primera mujer en obtener el título de directora de cine en España atravesó el umbral el 30 de mayo, Día de Canarias, y Julieta la recibió con una sonrisa. Enseguida le propuso sumarse a una tertulia:

Josefina, te voy a presentar a unos amigos. Este es Luis, el abuelo de Marina, un artista pintor-poeta. He estado hablando con él, recordando los días de verano en que invitamos a su nieta a la casa del pueblo en Ávila. Rebeca y ella se recuperaban de sus jornadas maratonianas en los rodajes, restaurando así su cuerpo y sus neuronas. 

¡Cómo pasa el tiempo, Josefina! Y es que hoy, 6 de julio, se cumplen ya ocho años del acto de graduación de Marina y Rebeca en Madrid. No te preocupes, Josefina, porque siguen tus pasos en Cinematografía y Artes Visuales. ¿Sabes? Luis vivía en Arenas de San Pedro, localidad abulense al abrigo del Valle del Tiétar. Allí se retiró en 2005, en el que sería su último paraíso, donde sembró versos, trazos y colores hasta el 29 de marzo de 2008.

También te presento a Francisco Ibáñez. Por cierto, dice que está encantado con el mural de 13, Rue del Percebe que han inaugurado en el barrio de Carabanchel. Desde aquí comprueba lo bien que su hija Nuria gestiona todo su legado desde el 15 de julio de 2023. 

—¡Observad el firmamento!— dijo emocionada Julieta. 

De pronto, unos destellos captaron la atención de Josefina, Julieta, Francisco y Luis. Se fijaron en sus haces y comprobaron que …

el origen de esa luz tan potente era el amor de todas las vidas que los continúan en la Tierra




DEDICATORIA:

A Rebeca, la hija de Julieta:  

Tu madre vivirá siempre en vuestro corazón. Percibiréis alrededor su mano bondadosa y protectora 


NOTAS: 

Los nombres utilizados en este relato: Julieta, Rebeca y Francesco son ficticios. Sin embargo, todos sus detalles son verídicos como el vino "Habla la tierra" (regalo de Francesco) que me hace evocar su estancia en Lanzarote y soñar con Extremadura.

El 17 de julio de 2026 se estrena la película La Odisea (The Odyssey) dirigida por Christopher Nolan. 
Esta obra escrita por el poeta griego Homero en el siglo VIII a.C. narra el regreso de Ulises a su patria, Ítaca, que supone un viaje de anhelos, resiliencia y aventuras. 

Sirva este espacio para rendir homenaje a nuestros seres queridos que han concluido su viaje terrenal D.E.P.

Recomiendo la lectura del libro Vivir con nuestros muertos. Sin duda, un poderoso himno a la vida cuya autora es Delphine Horvilleur (Nancy, 1974), rabina, escritora y filósofa. 
Editorial: Libros del Asteroide.
   



Un año de una visita inolvidable: El éxito de Rabab en Ámsterdam

Rabab Zagari, Syra y Jackie Fontjin

Hoy se cumple un año de mi visita a Ámsterdam dentro del programa movilidad Erasmus+, donde tuve el placer de reencontrarme con una de nuestras alumnas egresadas.

Rabab Zagari Zegari realizó una estancia de Formación Dual para la empresa Aviapartner en el aeropuerto de Lanzarote durante el curso académico 2023-24.

Aviapartner es una compañía de handling que se ocupa de facilitar servicios en tierra a las aerolíneas, tales como atención al cliente, facturación, embarque y gestión de equipajes.

Gracias a una beca de movilidad Erasmus+, Rabab pudo efectuar sus prácticas de 346 horas en el aeropuerto de Ámsterdam durante el último trimestre de formación.

Al término de estas, la empresa le propuso formar parte de la plantilla de Aviapartner Ámsterdam por un periodo de un año.

Precisamente, el día del encuentro (3 de julio 2025) que mantuve con Jackie Fontjin (a la derecha en la foto), responsable del departamento de Recursos Humanos, y Lesley Zutt, coordinadora de la estancia de prácticas, me confirmaron una magnífica noticia.

¡Rabab había sido promocionada a flight controller con un contrato indefinido!

No os podéis imaginar, lectores y lectoras de este blog, la inmensa alegría que sentí en ese momento.

Enseguida pensé en la importancia de compartir esta experiencia con el alumnado de las promociones venideras del departamento de Hostelería y Turismo del Centro Integrado de Formación Profesional, (CIFP) Zonzamas, al cual pertenezco.

Para ello, me comprometí a desarrollar los siguientes recursos didácticos a raíz de este viaje:

1º.- Una entrevista a Rabab para la radio pedagógica de nuestro centro educativo "Mapa sonoro".
2º.- Una entrevista en inglés a las tutoras de Aviapartner Ámsterdam, disponible en el canal de Youtube de la web del centro.



NOTA: Os sugiero que escuchéis ambas entrevistas; son todo un ejemplo de reconocimiento al esfuerzo y la constancia. Además, Rabab es la primera estudiante que ha protagonizado esta exitosa trayectoria en la empresa Aviapartner.   

¡Mi más sincera enhorabuena, Rabab!

Mamá está dormida, de Máximo Huerta

Máximo Huerta (10.05.2026)
Conocí a Máximo Huerta el domingo 10 de mayo, con motivo de la IV Fiera del Libro de Lanzarote
El escritor presentaba su novela Mamá está dormida, publicada por la editorial Planeta. Precisamente el 6 de mayo, cuando fui a entregar La ciudad de las luces muertas, de David Uclés, a la Biblioteca Municipal de Tías, Mercedes lo estaba registrando. 
Lo pedí prestado y ese mismo día comencé a leerlo. Acudí al encuentro literario con el libro y se me ocurrió que la dedicatoria de Máximo Huerta sería una alegría para las bibliotecarias cuando lo devolviera el 21 de mayo.

Hoy es miércoles 20 de mayo y me queda muy poco tiempo para escribir esta reflexión. Esta tarde he visto en las redes sociales que Máximo Huerta anunciaba la sexta edición de su libro y agradecía este hecho de corazón a sus lectores, así como la divulgación. 

Hace una semana, a través de Instagram, en el perfil de la librería Doña Leo (@lalibreriadedonaleo), le comenté que se me había olvidado decirle que también había leído Adiós, pequeño en el momento de la dedicatoria a la Biblioteca Municipal de Tías.

Máquina de coser Singer de mi madre, María Arias Collados
Es un libro que ocupa un espacio muy especial en este camino de letras con Syra, ligado al tres de marzo de 2023, fecha en que se cumplía el noveno aniversario del fallecimiento de mi madre en Madrid.  
En Adiós, pequeño, hay similitudes compartidas en la infancia, tales como tristezas maternas o el tiempo de nuestras madres entre costuras con una máquina Singer … 

El autor de Mamá está dormida nos recuerda en su dedicatoria:

«Esta no es una historia real, es solo la novela que ha inspirado la realidad. Porque esa sí existe. Y se llama vida. Dedicada a todos los que cuidan. Y a los que se dejan cuidar».

El inicio del relato, como nos explicó Máximo Huerta en el encuentro literario de Arrecife, surge a partir de una pregunta intrigante de su madre: « Y tu hermano, ¿dónde está?» El autor asevera que Aurora se encuentra en ese momento de la vida en el que sus días han empezado a ser un recorrido por la decadencia física y mental. En el vídeo siguiente que grabé durante su intervención podemos escuchar con nitidez sus propias palabras:


A partir de esta ficción de la memoria, Federico, el hijo de 53 años, intentará que su madre, de 85 años, le cuente la realidad. Los recuerdos del hijo nos desvelan que tuvo una pareja, Amparo, quien llenaba de alegría el hogar hasta que se cansó del carácter imprevisible de Aurora y se marchó. 

El autor señala un gesto que marcó a la joven Aurora para siempre: el hecho de que, el día de su boda, su suegra le girara la cara para evitar un beso porque estaba embarazada. Desde luego no fue un buen comienzo,  ni tampoco lo fue lo que vino después. Aurora nunca se sintió querida. Sin embargo, el niño Federico sí contó con el abrazo y protección maternal.

En el libro se suceden las conversaciones sinsentido provocadas por el deterioro cognitivo, pero también los diálogos cómplices y llenos de cariño entre madre e hijo. A veces, Federico le sigue la corriente a Aurora, ya sea respecto a la existencia de su hermano Félix o la de su abuela Carmela, con la que mantiene charlas tranquilas mientras teje. Otras veces atiende a sus ocurrencias, como la idea de llevar su máquina de coser Singer a un restaurante donde cenaron; allí vio que utilizaban una idéntica como elemento de decoración, tras haber sido donada por las hijas de madres fallecidas (página 38). 

La dura realidad de la enfermedad neurodegenerativa de Aurora está muy presente: la incontinencia, la necesidad de pastillas relajantes como la quetiapina, las repeticiones del pasado, la rapidez del olvido y el paso de la vida como una riada, igual que la catástrofe de 1957. Asimismo, se reflejan los dolorosos pasos a seguir cuando se convive con una madre que sufre demencia.

Sin embargo, también vislumbramos dicha en la evocación de la infancia, citando a las personas, los lugares, la comida, la sombra del granado y la espera en los puestos de la feria junto a su madre, donde «mirar era soñar». Son descripciones de una extrema sensibilidad, como la que se demuestra con la ilusionante propuesta del hijo de emprender con ella un viaje al norte, o la posibilidad de conocer a su hermano y compartir con él lo que sabe. 

Finalmente, el destino elegido es Vera de Bidasoa (Navarra), donde Aurora, al igual que otras jóvenes que deseaban hacer excursiones y amistades, pasó un verano en un albergue de montaña tutelada por la férrea disciplina de la Sección Femenina. Federico decide adquirir una autocaravana vieja, revisada por el mecánico del taller (quien le asegura que todavía está en buen estado para «algún trote más»), y avisa en la academia donde trabaja que tardará un tiempo en estar conectado a internet. Desconecta el móvil.

Se acerca la Navidad. Madre, hijo y mascota comienzan su aventura en un vehículo de grandes dimensiones que exige concentración para no salirse de la carretera. Recorren kilómetros sin prisa. Asimismo, somos testigos de su adaptación al nuevo espacio y de la paciencia de Federico en la convivencia con su madre. Se suceden los flashbacks, a través de los cuales descubrimos que Aurora era una mujer sencilla, con más vida interior que exterior. El tono es siempre de un profundo cariño hacia esa madre que cosía casi a oscuras, nunca se quejaba y lo despertaba siempre con una sonrisa (pág. 121).

El trayecto les brinda momentos de tranquilidad y conversación, por ejemplo, en las paradas de descanso. Aparecen títulos de películas como Las campanas de Santa María, con Ingrid Bergman, y aflora de nuevo la inmensa ternura de Federico, al recordar las manos de la abuela poniéndose crema Nivea y el esmalte nácar de las uñas, o su constante preocupación por saber si su madre ha dormido bien. Extraigo de la página 137 esta reflexión del autor que me parece fundamental:

«Las palabras se enredan en cadeneta, una tras otra, como una puntilla de ganchillo; palabras sin sentido, sin más fin que comunicarnos y desovillar la madeja».

El humor también envuelve los párrafos. Sonrío cuando Federico, queriendo complacer a su madre y en contra de todos los consejos médicos, pone tres cucharadas de azúcar sobre las rebanadas de pan recién hecho con mantequilla y mermelada de melocotón que ha preparado en el desayuno (pág. 160). Otra forma de hacerla feliz es recitarle versos de memoria mientras conduce. Así surge «Vida», de José Hierro, un contraste conmovedor con esas otras ocasiones en las que siente la necesidad de llorar a escondidas en el baño de una gasolinera, solo para poder regresar y seguir sonriendo a Aurora....

En el capítulo cuarenta y cinco, leo que Federico y su madre llegan a un pueblo llamado Libros, en la Nacional 330, y entonces sueño con la posibilidad de conocerlo. El autor señala que está en el Bajo Aragón, junto al río Turia. Es entrañable saber que las calles tienen nombres de autores que alguna vez regalaron libros a Libros o que inauguraron la placa que lleva su nombre. Y al leer el fragmento del poema «El viaje definitivo», de Juan Ramón Jiménez, en la página 220, me emociono.

La sección Femenina era como la Mariquita Pérez: «muñecas al servicio», dice Aurora en la página 237; un espejo de la clase social. Esto me recuerda a mi propia madre, quien la pedía a los Reyes Magos y nunca la llegó a tener. Me contaba que, de la rabia, destrozó la muñeca de serrín que le regalaron (mis abuelos no se podían permitir las 200 pesetas que, según asevera Máximo Huerta, costaba la original). La niña Aurora recibía un almanaque con fotos de Mariquita vestida con traje de vichy y sandalias, con lencería o con capota a juego.....

En el capítulo cincuenta y siete, Aurora le cuenta a Federico cómo se vestía para ir a las frecuentes misas de entonces. Menciona la bendición que supuso la llegada de los pantis, tras estar siempre acostumbrada a llevar medias que se le resbalaban. El autor señala que el dinero se notaba en las piernas de una mujer, pues había quien las llevaba remendadas como calcetines de hombre (pág. 259). Y vuelvo a recordar a mi madre explicándome que ella aprendió a coger puntos en el taller de la Tintorería Pepita, que regentaba mi abuela Josefa en la calle Jesús, 12, en Madrid, tras haber aprendido el oficio de mi bisabuela María. Aurora afirma que era difícil y que había que tener mucha maña. Mi madre, desde luego, la tenía.

Madre, hijo y perra llegan por fin a su destino: Vera de Bidasoa. Se alojan en un hotel para descansar de la autocaravana, aunque la tensión acumulada del viaje hace que Federico tenga una pesadilla con la inocente Ofelia, protagonista de la obra Hamlet. Al despertar, se da cuenta de que la verdadera protagonista de su vida, su madre, duerme plácidamente en su río de sábanas blancas. No obstante, durante la estancia en Vera de Bidasoa -lugar al que han ido para resolver los enigmas del pasado-, Federico no solo sufrirá pesadillas, sino también un intenso dolor en el pecho cuyo origen se remonta al padre Saturno, quien en realidad se llama Félix.

¿Por qué ese nombre? ¿Qué relación tuvo con las jóvenes del albergue? ¿Tiene derecho Federico a desvelar la verdad? 

El texto resalta la gravedad de las inundaciones en Valencia descritas por Máximo Huerta. Tuvieron lugar a partir del 11 de octubre de 1957, con  un caudal que superó los tres mil setecientos metros cúbicos, tres veces su capacidad.  Las jóvenes del albergue tenían, en su mayoría, apenas 20 años...

«Cuánto cambia una vida cuando nos tropezamos con algo, con alguien que nos destroza, que nos desvía de la felicidad» (página 300).

En el capítulo sesenta y cinco me encuentro con otra coincidencia. Federico confiesa que hace tiempo que no escribe y que el proceso de convertirse en escritor le ayuda a vislumbrar el autor que puede llegar a ser; menciona a un escritor amigo como su referente quien le contó los entresijos del arte de escribir. Se trata de Martínez de Pisón, quien justamente fue  invitado al III Festival de Literatura de Lanzarote. Este hecho me motivó a asistir a la charla celebrada el 3 de diciembre de 2025 en la Casa de la Cultura Benito Pérez Armas, en Yaiza, y decidí leer Castillos de Fuego, una novela esencial sobre la posguerra civil que ya forma parte de este blog.

Será definitivamente en la paz del hotel Churrut donde Federico experimenta ante una libreta que las palabras afloran. Y de la ilusión que le hace a su madre esa epifanía literaria, quien orgullosa afirma que ha salido a su abuela, en su faceta de escritor, aunque su verdadero oficio sea el de traductor. Aurora insiste en que el final sea feliz, sentencia que deja atrás La educación sentimental de Gustave Flaubert. 

rosa color azafrán

Los seguidores de este blog que hayan llegado hasta aquí tendrán que leer por si mismos el punto final de Máximo Huerta. Solo me queda reiterar que Mamá está dormida desprende una extrema sensibilidad. Su autor escribe desde lo más hondo, con ese corazón grande diagnosticado a la madre de Federico. Palabras halagadoras a Aurora como: estás guapa, el corte de pelo te sienta bien, estás rejuvenecida o recordar el alma de los muebles de su abuela, tal es es caso de las sillas fuertes como robles....

Sus gestos rezuman poesía, colocando las rosas de color naranja en un jarrón con agua para su madre, un tono azafrán similar al que yo elegí el pasado 21 de abril para regalar a mi amiga Verónica Carmona en el día de su cumpleaños. 

Sobresale asimismo la honestidad. Federico no oculta su profundo dolor al constatar la demencia materna hasta incluso desear morirse o constatar al final que:

A veces, el azar nos cruza con buenas personas; otras, la fatalidad, con gente que deja cicatrices. (pág. 342)

Frases que dibujan una sonrisa en nuestro rostro como la de la página 49 al dirigirse Aurora a su hijo único hijo diciendo: Eres mi hijo favorito.

Y, por encima de todo, el amor que se demuestra en los cuidados a una madre, aplicando hasta el último párrafo el alcohol de romero que aliviará sus rodillas. Aunque, la verdad es que ambos se consuelan, como asevera Federico en la página 47: -Ahora hacemos aguas los dos-. 

Finalizo con la conexión invisible (tan visible para Federico y Aurora) paseando por las calles del pueblo, recordando el pastel de manzana del día de cumpleaños y en la creencia de la madre como la casa de Dios. (página 197)

Dedicatoria de Máximo Huerta

El jueves 21 de mayo me acerco a la Biblioteca Municipal de Tías por la tarde, después de las clases. 

Al devolver el ejemplar Mamá está dormida le indico a Ilenia que está dedicado por su propio autor, Máximo Huerta, y que, por favor, se lo comente también a Mercedes Cerezo, bibliotecaria que trabaja en el turno de mañana.

Al despedirme me saluda Maya, una residente hindú a la que conozco hace tres décadas. Lleva en la mano un libro sobre yoga y me sonríe. Hace años me regaló el libro Bhagavad-gītā, uno de los textos más importantes y venerados de la India religiosa en un acto que organizó en el salón del Centro Cívico de Puerto del Carmen, con el fin de demostrar su gratitud a las amistades. 

Regreso al coche y leo las últimas palabras de Máximo Huerta. Las he capturado en imágenes con el móvil. Se trata de un diálogo con Aurora en la entrada de un camino rural, donde se distinguen las huellas recientes de algún tractor. Allí descienden con los abrigos y la bufanda -dice el autor- que vuela desde el cuello en horizontal, como la del personaje de Saint-Exupéry.

-¿Qué es la soledad?-pregunta el Principito.

- Es un reencuentro consigo mismo y no debe ser motivo de tristeza, es un momento de reflexión. 

El 4 de junio de 2026, redactando este espacio sobre Mamá está dormida, me doy cuenta de la oportuna relación final de Máximo Huerta con uno de los libros que adquirí en la caseta de la Editorial Itineraria: El principito ha vuelto, de María Jesús Alvarado. 

Y me estremezco, como el viento en el título de Ico Toledo, al ser consciente de los inexplicables vínculos que se crean al leernos y encontrarnos un día como el domingo 10 de mayo donde coincidí también con Idoya Cabrera en el aforo de la presentación de Máximo Huerta. Fue ella quien me recordó, al mencionar cómo le había impactado la lectura de Adiós, pequeño que esta novela formaba parte de mi camino de letras. Busqué el enlace para refrescar, antes del inicio del acto, su contenido, en su mayoría biográfico. Cuando llegué al final y vi la fecha de su publicación: 03.03.2023, no tuve ninguna duda. 

NOTA

Con Esther García_10.05.26
Recomiendo leer la entrevista que Isabel Lusarreta realizó a Máximo Huerta para Mass Cultura. Disponible en edición impresa (mayo 2026) y digital (30 abril 2026): 

https://www.masscultura.com/maximo-huerta/

En ella, somos testigos de su inmenso amor por el paisaje de Lanzarote, reflejado en la fotografía que él mismo tomó de unas rocas junto al mar -isla que conoce desde hace más de 20 años, cuando Mario Picazo lo invitó a descubrirla- y que está colocada en la cabecera de la cama de su madre.

También somos testigos de su sueño cumplido hace cuatro años: abrir una librería en Buñol @lalibreriadedonaleo. Máximo Huerta afirma:

«En una librería ves lo diferentes y lo parecidos que somos todos, y que un libro te une»

La entera dedicación al cuidado de su madre queda, sin duda, plasmado en su última novela Mamá está dormida que considera supone un abrazo y un refugio para las personas que están viviendo la misma situación. 


AGRADECIMIENTOS

- A Esther García y Dulce Nombre Rodríguez, directoras de la revista Mass Cultura, por brindarnos la entrevista de Máximo Huerta.

- A Máximo Huerta:  
a) por su dedicatoria del libro a la Biblioteca Municipal de Tías. Por cierto, en ese breve espacio de tiempo en la caseta de firmas, le comenté que lamentaba todo su periplo vía Madrid para llegar a Lanzarote, ya que Binter volaba, vía las Palmas, a Valencia. Precisamente, yo había utilizado esta compañía aérea en febrero durante la semana de Carnaval; una experiencia inolvidable que consta en este blog como crónica viajera

b) por sus sinceras reflexiones que calan muy hondo:
    * escribir es hablar solo
    * la memoria del corazón (eliminar los malos recuerdos y magnificar los buenos)
    * amar de verdad es regalar un libro (frase del escritor Enrique Vila-Matas)
    * los libros tienen la virtud de envejecer con nosotros.

c) por hacernos partícipes de la noticia de la adaptación al cine de la novela Mamá está dormida por         parte de Onza, aunque ,como bien dice su autor, queda mucha carretera por delante.

- A Yolanda y Dany, de la Librería Doña Leo, por su amable atención mientras esperábamos en la fila de la caseta de firmas, indicándonos la página para la dedicatoria y, sobre todo, por acompañar al escritor en este encuentro literario en Lanzarote. 

- A Alba y Sergio, de Itineraria Editorial, por señalar la generosidad que define a Máximo Huerta. 


Con Ico Toledo (10.05.2026)

- A Ico Toledo, por su dedicatoria en Dame alas.

Nota: Este libro me lo regaló Laura Mayo en diciembre, al término del master de profesorado que realizó en el CIFP Zonzamas durante el  primer trimestre del curso académico 2025-26.

 

 

Gracias Syra por este ratito y por tus maravillosas palabras que me llegan al alma.

Gracias Laura por escogerme. Un abrazo 💗(Ico Toledo, Mayo26)

 

Observación: 

El domingo 7 de junio empecé a leer otra novela de Máximo Huerta, París despertaba tarde. Cuando fui el pasado viernes a entregar a la Biblioteca Municipal de Tías Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, pregunté por los libros de los que disponían del escritor valenciano (Utiel, 1971). La verdad es que llevaba en la mente el título “La noche soñada (con la que ganó el Premio Primavera de Novela 2014), pero no la tenían en su fondo bibliotecario. 

-De acuerdo-le dije a Ilenia-, me llevo París despertaba tarde (Editorial Planeta). Estaba segura, tras haber leído Adiós, pequeño y Mamá está dormida, de que iba a acertar. Y así ha sido. Este es otro libro que la casualidad ha puesto en mis manos. En él, Máximo Huerta narra la historia de Alice Humbert y Kiki Montparnasse en el ambiente bohemio del París de 1924: dos jóvenes de origen humilde unidas por un gran vínculo de amistad.

Sobre el autor

https://www.maximhuerta.com/


DEDICATORIA DE SYRA 

Dedico este espacio a mi hijo Eduardo Luis y a mi abuela Caridad, recordando una de las reflexiones de Máximo Huerta:

«El patrimonio más importante de la vida es la memoria»

Cada 8 de junio suelto la hebra de ese hilo invisible que une a mi hijo (quien este año 2026 cumple 27 años) con mi querida abuela Cary, cuya marcha se produjo hace 36 años en Barcelona. 


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