La ciudad de las luces muertas, de David Uclés

Editorial Destino
Al ir a la Biblioteca Municipal de Tías el 6 de abril a entregar La península de las casas vacías, de David Uclés, tenía la intención de pedir en préstamo Comerás Flores, de Lucía Solla Sobral. Sin embargo, vi una pila de libros en la parte interior del mostrador . El último título de ellos era La ciudad de las luces muertas, novela publicada por Ediciones Destino.

—Lo acaban de devolver—me dijo Mercedes. 

—Me lo llevo— contesté enseguida. 

Esta novela es la cuarta en la trayectoria de David Uclés, quien recibió la beca Montserrat Roig en 2022 y ha sido galardonado con el Premio Nadal de Novela 2026. La verdad es que ha sido todo un acierto leer La ciudad de las luces muertas justo después de finalizar La península de las casas vacías. He sentido que seguía dialogando con su autor, envuelta en su desbordante imaginación.

En el prólogo, «La sombra a seis mil kilómetros», Uclés recuerda al escritor Carlos Ruiz Zafón y su prematura muerte en el cruce de la Quinta con la Cincuenta y Siete. Nos sitúa sutilmente en el desencadenante de ésta, su enfermedad estomacal, y nos advierte de la oscuridad total de Barcelona, premonitoria de esa luz de Zafón que, desgraciadamente, también se apaga. 

En «la invitación», una veinteañera Carmen Laforet nos acerca al libro Flores marchitas, de Josefa Massanés la primera autora del país en animar públicamente a las mujeres a escribir—. Al caer, una nota de entre sus páginas, esta la invita a una ceremonia secreta de escritores, llamada los Juegos Florales. En el año 1941, la joven estudia en la Facultad de Filosofía y Letras y vive con sus tíos en Barcelona, por lo que decide acudir al edificio al que la han citado. Allí, en el Salón de la Reina Regente, conoce a una anciana vestida como la reina María Cristina, quien resultar ser Dolors Monserdà (poeta, novelista, dramaturga y ensayista). Esta le entrega una hoja, asegurándole que lo que escriba en ella se hará realidad tras quemarla. Y escribió: 

Quiero ver la catedral envuelta en el encanto 
y el misterio de la noche. 
En una noche eterna, una noche de los tiempos

Julio Cortázar, cámara en mano buscando a la Maga, aparece como el salvador de Carmen quien, despistada mirando la muralla, no ve el tranvía que se le abalanza. Tras despedirse, ella decide continuar el camino mirando al suelo y se encuentra con un saquito. En su interior hay azúcar y una frase de Heráclito impresa en el envase: 

«Si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue».

En «el corazón mustio», el escritor argentino acude al Hospital de la Santa Creu junto a Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez a quien, por cierto, se le olvida la cita— para visitar al paciente Mario Vargas Llosa. El escritor peruano quiere que le muevan el corazón de sitio: de la región izquierda de la cavidad torácica a la derecha. Comparte habitación con Ana María Matute, una niña de la guerra que atrae luciérnagas por la noche,  

La filósofa Simone Weil salvará también a Julio Cortázar del peligro de ir ensimismado por la calle y terminar atropellado por un tranvía. Con premura, ella seguirá hacia el café de la Ópera para escribir una carta a Albert Camus, quien se encuentra en Argelia. Y entonces se hizo de noche. Simone pensó en refugiarse en la basílica de Santa María del Mar y, en el camino, se cruzó con Pablo Picasso.

A la mañana siguiente, el pintor salió del prostíbulo de la calle Avinyó y se dirigió a su casa. Al llegar, vio que esta había desaparecido. Allí le esperaba su amigo y compañero de estudio, Carlos Casagemas, también artista y escritor de extrema sensibilidad.

Dibujo de Jiménez-Pajarero
Uclés aconseja leer «Los castillos de naipes» (página 84) con la música de Kjartan Sveinsson (Teil I). En este capítulo narra cómo varias realidades físicas se pelearon por el mismo espacio y surgieron en un mismo instante. Es el caso de la desaparecida sede central de la Exposición Universal de 1888  (el Palacio de la Industria) y el Hotel Internacional en el Paseo de Colón, lugar frecuente de reunión de Dalí y Lorca. En medio de este caos espaciotemporal, Gaudí contempla su gran obra, la Sagrada Familia, al hilo que el autor narra otros desastres de mayor o menor envergadura en un recorrido por edificios tan mágicos como el Gran Teatre del Liceu, el Palau de la Música Catalana y  la Casa Batlló.

Mientras tanto, el alma intelectual y artística de la ciudad se reunía en el célebre café Els Quatre Gats, en el número 3 de la calle Montsió. El fin del encuentro era dilucidar el origen de la oscuridad, mejorar la situación de la ciudad y lograr que los barceloneses pudieran orientarse en el caos. Entre los asistentes: Salvador Dalí, Isaac Albéniz, Raquel Meller, Ramón Casas, Carmen Karr, Margarita Xirgu, Woody Allen y Fermín Cacho.

Por otra parte, en el restaurante La Puñalada, otros intelectuales se habían citado con el mismo objetivo. Antoni Gaudí, Lluís Domènech i Montaner, Josep Pla, Lluïsa Vidal, Joan Miró, Josep María Sert, Rubén Darío y Rosa María Arquimbau también aportaron ideas que se convirtieron en faros en la oscuridad. Una de ellas fue la de organizar teatro al aire libre a la luz de las velas en el Turó Park, para entretener a la gente y evitar que aumentara el pánico.

En este parque de entorno burgués, Uclés recuerda a los 3 hermanos Goytisolo, a Roberto Bolaño y a Silvia Pérez Cruz, quienes actúan y cantan en el escenario improvisado. También evoca al poeta Jaime Gil de Biedma, a Freddi Mercury a causa del VIH, entonces sin tratamiento adecuado, tuvieron ambos una muerte prematura —y a Magic Johnson, quien también plantó cara a la enfermedad en aquella misma época.

En la página 129 de La ciudad de las luces muertas, Carmen Laforet despierta con más años encima en el capítulo quince. A continuación, el autor nos presenta al escritor francés Jean Genet, quien a sus veintipocos años se dedicaba al robo y la prostitución en Barcelona, así como su encuentro con Terenci Moix y Antonio Machín, a quien parecía que estaban persiguiendo.

Volvemos a disfrutar de un fondo sonoro gracias a la soprano Montserrat Caballé, a quien se le ocurre la idea de representar La valquiria de Wagner en Barcelona, convenciendo a Núria Espert para dirigir la breve función y a Jordi Savall para poner la música con su viola de gamba. El espíritu luchador enérgico y entusiasta del escritor George Orwell también se hace presente.

La joven escritora y periodista Montserrat Roig es la elegida por el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona para difundir un mensaje crucial de forma clandestina a los quinientos afiliados. ¿Sería el fascismo el causante de la falta de luz? Montserrat acude a la casa de la escritora más célebre de Cataluña, Mercè Rodoreda, para que la ayude a expandir el mensaje teniendo en cuenta que guardaba en su vivienda más de cien palomas mensajeras. La primera de ellas se posa en el balcón de Carmen Laforet y logra entrar en su habitación para dejar caer la nota, en la que se la cita a las dos de la madrugada en el convento de Los Capuchinos de Sarrià. 

En «El bibliobús» —el autobús vacío que iba a transportar a más de una veintena de intelectuales amenazados—, Uclés nos acerca con honda sensibilidad al gramático Pompeu Fabra; al dibujante Josep Bartolí, quien pasó por siete campos de concentración franceses y uno alemán antes de encontrar la paz; y al poeta Antonio Machado, quien murió en el camino al exilio.

Hubo quienes intentaron el exilio por mar, como el escritor Gabriel García Márquez y el pianista leridano Enrique Granados, quien lamentablemente falleció junto a su esposa en el buque Sussex, torpedeado y hundido por un submarino alemán. El pianista había sido invitado por el presidente de Estados Unidos para tocar en la Casa Blanca; aquella fue su última interpretación de Goyescas, el 28 de enero de 1916. Por otro lado, en el barrio del Somorrostro —un arrabal de barracas y de familias errantes y sin recursos, la poeta montevideana Cristina Peri Rossi organizaba la nave de los locos, donde viajaría Pere Calders, y en su propia barquita, la escritora Rosa Regàs.

Las palomas cumplieron su cometido repartiendo las invitaciones. El último en recibirla fue el artista Antoni Tàpies, quien acudió al convento de los Capuchinos donde casi seiscientas personas se habían reunido en la clandestinidad. Allí estaba Maria Aurèlia Capmany, una de las activistas antifascistas más destacadas de la sociedad catalana. Se habló de la gran bombilla (que solo conocían los nacidos en el siglo XXII) que se mantenía estática en el cenit de cada megalópolis. Quizá se había roto el bulbo. Una de las profesoras propuso enviar a un infiltrado al edificio Cel, ubicado en el monte Tibidabo, para observar lo ocurrido con exactitud. En ese momento, la policía rodeó el recinto. 

La periodista Montserrat Roig, aprovechando una brecha en el cerco policial, huyó en bicicleta hacia la casa de Josep Maria de Sagarra, ubicada en el paseo de la Bonanova. El escritor, tras verificar la veracidad de los hechos, se dirigió al Ministerio Celeste. En la sala correspondiente buscó la cinta con la fecha concreta del apagón, producido entre las 11:30 y las 13:30 h. Al visionarla, apareció un azul zafiro intenso y bello. Después, escribió la razón empírica de la oscuridad en la ciudad.

A continuación, el escritor se marcha al Monasterio de Pedralbes (construido por orden de la reina Elisenda de Montcada, consorte de la Corona de Aragón, y fundado en el año 1327).  

Monasterio de Pedralbes (Barcelona)

Debía dejar el mensaje en las manos de Elisenda vestida de reina (la estatua de su sepulcro). Montserrat Roig lo recogió y lo leyó en el convento de los Capuchinos. 

Estaba claro que la solución era cambiar la bombilla del cielo; por lo tanto, necesitaban un piloto y un bulbo nuevo. Decidieron que la activista Maria Aurèlia Capmany, haciéndose pasar por monje, buscara a una piloto de carrera intachable, Mari Pepa Colomer, y el escritor Juli Vallmitjana.

La idea era que Vallmitjana, gran conocedor de los barrios gitanos, se encargara de conseguir una bombilla gigante en la central térmica de las Tres Chimeneas, por la zona de la Mina, en Sant Adrià de Besòs. Por su parte, la activista debía encontrar a un detective que la ayudara en tal misión. Finalmente dio con el hombre indicado, un sujeto con una doble personalidad: Manuel Vázquez Montalbán (de día) y Pepe Carvalho (de noche), en el casi bicentenario restaurante 7 Portes, junto al Pla de Palau.

En la página 215, Uclés nos regresa a la habitación de Carmen Laforet. Parece que nada ha cambiado, a pesar del torrente de imágenes y recuerdos que experimenta. Se centra y comprueba que la oscuridad persiste en Barcelona. Piensa que debe buscar a Dolors Monserdà, por si es ella la que ha originado tal caos. Le viene a la cabeza la agente literaria Carmen Balcells, a quien llama por teléfono y quien le facilita la última dirección de Monserdà, en la calle de la Palla. Cuando llega, la anciana le dice que debe volver a escribir la frase, pero al revés, y bajo un sol resplandeciente.

Mientras tanto, el detective parte deprisa al denostado barrio de la Mina, donde encuentra a Vallmitjana y le pide que se haga con la bombilla celeste. La piloto, por su parte, está esperando frente al castillo de Montjuic. 

En «El laberinto y la oración invertida», nos trasladamos a la Casa Lleó Morera. Era el refugio de una decena de personas que escuchaban las instrucciones que, en la clandestinidad, daban Carmen Balcells y el editor Carlos Barral para proteger los libros de sus autores predilectos y sacarlos de la ciudad a través de un laberinto. También está presente el científico Marc Pau Coixí, con el que Carmen emprende el recorrido. Casi al final, en un momento en que se encuentra sola, escribe la frase al revés. Al llegar a lo alto de la colina Barcelona había desaparecido.

Carvalho y Vallmitjana consiguen hacerse con la bombilla. Se desplazan a Montjuïc y la piloto recibe con ilusión su papel en el plan. Vuela directa al cenit de Barcelona. Desgraciadamente, la misión no se cumple: los tres fallecen.

Y llegó el mediodía, y se hizo la luz. David Uclés finaliza la novela con una cita del escritor Carlos Ruiz Zafón en la página 266 donde queda clara la sensación de felicidad a su término. Busco su recomendación musical y sigo leyendo mientras los acordes al violín del artista Ezio Bosso en The mind on the (Re)Wind invaden todo mi ser.

En el epílogo, el autor menciona a otras cuerdas de Barcelona. De nuevo emergen figuras esenciales en diversas disciplinas como el escritor Pompeu Gener (el tertuliano), Carmen Amaya (La bailaora), Federico García Lorca (el anisero), José Ortega y Gasset (el pensador), Vicente Molina Foix (el cinéfilo), Antonio Gala (el apasionado), Gregorio Marañón (el médico), María de Maeztu (la pedagoga), Salvador Espriu (el egiptólogo), Ana María Moix (la traductora), Rosalía (la promesa), Santiago Rusiñol (el simbolista) y Victoria de los Ángeles (la lírica).

Mi curiosidad por saber más de cada uno de ellos me hace consultar sus biografías en internet. Por ejemplo, constato que Lorca publicó doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores en 1935, el año en que nació mi padre, un momento de profundos cambios en la sociedad española. De Antonio Gala, Uclés recuerda la obra de teatro Los verdes campos del Edén, ganadora del Premio Ciudad de Barcelona en 1964. Tecleo el título y veo que RTVE hizo una adaptación con grandes actores y actrices como Amelia de la Torre, José Bódalo, Antonio Ferrandis, María Luisa Ponte y Sancho Gracia. Encuentro un enlace en YouTube, lo visiono durante 5 minutos y lo reservo para otra ocasión. 

Casualmente me fijo en la fecha de fallecimiento de Antonio Gala: 28 de mayo de 2023. Hoy también es 28 de mayo, el día que he elegido (aprovechando que tengo turno de tarde en el centro educativo) para dedicarle algo de tiempo a finalizar mi reflexión sobre La ciudad de las luces muertas. Lo hago a través de las fotos de las últimas páginas que tomé el pasado 6 de mayo, cuando entregué el libro en la Biblioteca Municipal de Tías. 

Dedicatoria de Eva en La Pasión Turca
Estoy en la página 269, donde he encontrado la referencia al escritor de Brazatortas (Ciudad Real), y mi mente me lleva al armario del pasillo donde guardo el ejemplar de La pasión turca que tengo preparado para devolver a mi hermana Eva, con la dedicatoria que le escribió a nuestra madre el 1 de mayo de 1993 cuando se lo regaló. 

Su portada también es verde como los campos del Edén que me han llevado a este autor a quien admiro, al igual que Uclés. Por cierto, Gala no estuvo de acuerdo con la adaptación cinematográfica que realizó Vicente Aranda de La pasión turca.

Y sigo fijándome con atención en las referencias de Uclés a las últimas cuerdas en esta novela, como la estancia del poeta Antonio Machado en el hotel Majestic de Barcelona con la esperanza del reencuentro con su amigo Lorca. 


Lorca en el hotel Majestic (23.12.1935)

En un artículo de prensa leo que el 23 de diciembre de 1935 se rindió homenaje en este mismo hotel al poeta granadino. 

Tres años más tarde, Antonio Machado se alojó allí junto con parte de su familia en el hotel Majestic, antes de emprender el camino al exilio. Contrasta la alegría de Lorca y la tristeza de Machado en este refugio y punto de encuentro de literatos.


Con respecto a Santiago Rusiñol, en la página 273, mi corazón da un vuelco. Mi padre, Luis, artista pintor y poeta, me contó que lo llamaban «el segundo Rusiñol». Si consultáis en su página web el apartado de obras en Aranjuez, veréis que se inspiran en similares fuentes paisajísticas. Victoria de los Ángeles era también una de las sopranos favoritas de mi padre e imaginarla cantar El cant dels ocells del violonchelista Pau Casals, como señala Uclés, me une más a su manera de ser.

Al igual que me pasó con la novela La península de las casas vacías, leer La ciudad de las luces muertas ha sido un disfrute en historia de la literatura, arte, música, arquitectura... 

En definitiva, una explosión de cultura y humanidad que, como buena Acuario, es mi alimento diario.

 ¡Gracias, David Uclés!

NOTA: Dedico esta reflexión en el blog a Antonio Gala hoy, 28 de mayo de 2026, en el tercer aniversario de su partida terrenal. Coincido con la definición de Uclés de llamarlo «el apasionado», al tiempo que destaco la sensibilidad, empatía, vitalismo y el gran amor por la poesía que destila la obra del escritor nacido en Brazatortas (02/10/1930, Ciudad Real). Un espíritu que conecta con la última novela de Uclés: La ciudad de las luces muertas, ganadora del Premio Nadal de Novela 2026, y publicada por Ediciones Destino.

Recomiendo asimismo la entrevista a David Uclés en el programa "Me meto en un jardín" realizada por Mercedes Milá (domingo 24.05.26) en RTVE: https://www.rtve.es/play/videos/me-meto-en-un-jardin/

Sobre el autor

David Uclés (Úbeda, 1990) 
Nace en Úbeda, el 21 de enero 1990.
Licenciado y máster en Traducción e Interpretación, es, además, escritor, músico y dibujante. Ha recibido el Premio Cálamo al mejor libro del año 2024, el Premio Kelvin 505 a la mejor novela 2025, el Premio Espartaco a la mejor novela histórica 2025, el Premio Andalucía de la Crítica 2025, el Premio San Clemente Rosalía a la mejor novela en castellano 2025, el Premio Dulce Chacón de Narrativa Española 2025, y ha sido el candidato español al Premio de Literatura de la Unión Europea (EUPL) por su novela La península de las casas vacías (Siruela, 2024). La obra ha sido traducida a varios idiomas y se prepara una adaptación audiovisual. 

También ha publicado Emilio y Octubre (2020) y El llanto del león (Premio Complutense de Literatura, 2019). Para la creación de La península de las casas vacías recibió las becas Leonardo y Montserrat Roig.

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