Mamá está dormida, de Máximo Huerta

Máximo Huerta (10.05.2026)
Conocí a Máximo Huerta el domingo 10 de mayo, con motivo de la IV Fiera del Libro de Lanzarote
El escritor presentaba su novela Mamá está dormida, publicada por la editorial Planeta. Precisamente el 6 de mayo, cuando fui a entregar La ciudad de las luces muertas, de David Uclés, a la Biblioteca Municipal de Tías, Mercedes lo estaba registrando. 
Lo pedí prestado y ese mismo día comencé a leerlo. Acudí al encuentro literario con el libro y se me ocurrió que la dedicatoria de Máximo Huerta sería una alegría para las bibliotecarias cuando lo devolviera el 21 de mayo.

Hoy es miércoles 20 de mayo y me queda muy poco tiempo para escribir esta reflexión. Esta tarde he visto en las redes sociales que Máximo Huerta anunciaba la sexta edición de su libro y agradecía este hecho de corazón a sus lectores, así como la divulgación. 

Hace una semana, a través de Instagram, en el perfil de la librería Doña Leo (@lalibreriadedonaleo), le comenté que se me había olvidado decirle que también había leído Adiós, pequeño en el momento de la dedicatoria a la Biblioteca Municipal de Tías.

Máquina de coser Singer de mi madre, María Arias Collados
Es un libro que ocupa un espacio muy especial en este camino de letras con Syra, ligado al tres de marzo de 2023, fecha en que se cumplía el noveno aniversario del fallecimiento de mi madre en Madrid.  
En Adiós, pequeño, hay similitudes compartidas en la infancia, tales como tristezas maternas o el tiempo de nuestras madres entre costuras con una máquina Singer … 

El autor de Mamá está dormida nos recuerda en su dedicatoria:

«Esta no es una historia real, es solo la novela que ha inspirado la realidad. Porque esa sí existe. Y se llama vida. Dedicada a todos los que cuidan. Y a los que se dejan cuidar».

El inicio del relato, como nos explicó Máximo Huerta en el encuentro literario de Arrecife, surge a partir de una pregunta intrigante de su madre: « Y tu hermano, ¿dónde está?» El autor asevera que Aurora se encuentra en ese momento de la vida en el que sus días han empezado a ser un recorrido por la decadencia física y mental. En el vídeo siguiente que grabé durante su intervención podemos escuchar con nitidez sus propias palabras:


A partir de esta ficción de la memoria, Federico, el hijo de 53 años, intentará que su madre, de 85 años, le cuente la realidad. Los recuerdos del hijo nos desvelan que tuvo una pareja, Amparo, quien llenaba de alegría el hogar hasta que se cansó del carácter imprevisible de Aurora y se marchó. 

El autor señala un gesto que marcó a la joven Aurora para siempre: el hecho de que, el día de su boda, su suegra le girara la cara para evitar un beso porque estaba embarazada. Desde luego no fue un buen comienzo,  ni tampoco lo fue lo que vino después. Aurora nunca se sintió querida. Sin embargo, el niño Federico sí contó con el abrazo y protección maternal.

En el libro se suceden las conversaciones sinsentido provocadas por el deterioro cognitivo, pero también los diálogos cómplices y llenos de cariño entre madre e hijo. A veces, Federico le sigue la corriente a Aurora, ya sea respecto a la existencia de su hermano Félix o la de su abuela Carmela, con la que mantiene charlas tranquilas mientras teje. Otras veces atiende a sus ocurrencias, como la idea de llevar su máquina de coser Singer a un restaurante donde cenaron; allí vio que utilizaban una idéntica como elemento de decoración, tras haber sido donada por las hijas de madres fallecidas (página 38). 

La dura realidad de la enfermedad neurodegenerativa de Aurora está muy presente: la incontinencia, la necesidad de pastillas relajantes como la quetiapina, las repeticiones del pasado, la rapidez del olvido y el paso de la vida como una riada, igual que la catástrofe de 1957. Asimismo, se reflejan los dolorosos pasos a seguir cuando se convive con una madre que sufre demencia.

Sin embargo, también vislumbramos dicha en la evocación de la infancia, citando a las personas, los lugares, la comida, la sombra del granado y la espera en los puestos de la feria junto a su madre, donde «mirar era soñar». Son descripciones de una extrema sensibilidad, como la que se demuestra con la ilusionante propuesta del hijo de emprender con ella un viaje al norte, o la posibilidad de conocer a su hermano y compartir con él lo que sabe. 

Finalmente, el destino elegido es Vera de Bidasoa (Navarra), donde Aurora, al igual que otras jóvenes que deseaban hacer excursiones y amistades, pasó un verano en un albergue de montaña tutelada por la férrea disciplina de la Sección Femenina. Federico decide adquirir una autocaravana vieja, revisada por el mecánico del taller (quien le asegura que todavía está en buen estado para «algún trote más»), y avisa en la academia donde trabaja que tardará un tiempo en estar conectado a internet. Desconecta el móvil.

Se acerca la Navidad. Madre, hijo y mascota comienzan su aventura en un vehículo de grandes dimensiones que exige concentración para no salirse de la carretera. Recorren kilómetros sin prisa. Asimismo, somos testigos de su adaptación al nuevo espacio y de la paciencia de Federico en la convivencia con su madre. Se suceden los flashbacks, a través de los cuales descubrimos que Aurora era una mujer sencilla, con más vida interior que exterior. El tono es siempre de un profundo cariño hacia esa madre que cosía casi a oscuras, nunca se quejaba y lo despertaba siempre con una sonrisa (pág. 121).

El trayecto les brinda momentos de tranquilidad y conversación, por ejemplo, en las paradas de descanso. Aparecen títulos de películas como Las campanas de Santa María, con Ingrid Bergman, y aflora de nuevo la inmensa ternura de Federico, al recordar las manos de la abuela poniéndose crema Nivea y el esmalte nácar de las uñas, o su constante preocupación por saber si su madre ha dormido bien. Extraigo de la página 137 esta reflexión del autor que me parece fundamental:

«Las palabras se enredan en cadeneta, una tras otra, como una puntilla de ganchillo; palabras sin sentido, sin más fin que comunicarnos y desovillar la madeja».

El humor también envuelve los párrafos. Sonrío cuando Federico, queriendo complacer a su madre y en contra de todos los consejos médicos, pone tres cucharadas de azúcar sobre las rebanadas de pan recién hecho con mantequilla y mermelada de melocotón que ha preparado en el desayuno (pág. 160). Otra forma de hacerla feliz es recitarle versos de memoria mientras conduce. Así surge «Vida», de José Hierro, un contraste conmovedor con esas otras ocasiones en las que siente la necesidad de llorar a escondidas en el baño de una gasolinera, solo para poder regresar y seguir sonriendo a Aurora....

En el capítulo cuarenta y cinco, leo que Federico y su madre llegan a un pueblo llamado Libros, en la Nacional 330, y entonces sueño con la posibilidad de conocerlo. El autor señala que está en el Bajo Aragón, junto al río Turia. Me emociona saber que las calles tienen nombres de autores que alguna vez regalaron libros a Libros o que inauguraron la placa que lleva su nombre. Y al leer el fragmento del poema «El viaje definitivo», de Juan Ramón Jiménez, en la página 220, me emociono.

La sección Femenina era como la Mariquita Pérez: «muñecas al servicio», dice Aurora en la página 237; un espejo de la clase social. Esto me recuerda a mi propia madre, quien la pedía a los Reyes Magos y nunca la llegó a tener. Me contaba que, de la rabia, destrozó la muñeca de serrín que le regalaron (mis abuelos no se podían permitir las 200 pesetas que, según asevera Máximo Huerta, costaba la original). La niña Aurora recibía un almanaque con fotos de Mariquita vestida con traje de vichy y sandalias, con lencería o con capota a juego.....

En el capítulo cincuenta y siete, Aurora le cuenta a Federico cómo se vestía para ir a las frecuentes misas de entonces. Menciona la bendición que supuso la llegada de los pantis, tras estar siempre acostumbrada a llevar medias que se le resbalaban. El autor señala que el dinero se notaba en las piernas de una mujer, pues había quien las llevaba remendadas como calcetines de hombre (pág. 259). Y vuelvo a recordar a mi madre explicándome que ella aprendió a coger puntos en el taller de la Tintorería Pepita, que regentaba mi abuela Josefa en la calle Jesús, 12, en Madrid, tras haber aprendido el oficio de mi bisabuela María. Aurora afirma que era difícil y que había que tener mucha maña. Mi madre, desde luego, la tenía.

Madre, hijo y perra llegan por fin a su destino: Vera de Bidasoa. Se alojan en un hotel para descansar de la autocaravana, aunque la tensión acumulada del viaje hace que Federico tenga una pesadilla con la inocente Ofelia, protagonista de la obra Hamlet. Al despertar, se da cuenta de que la verdadera protagonista de su vida, su madre, duerme plácidamente en su río de sábanas blancas. No obstante, durante la estancia en Vera de Bidasoa -lugar al que han ido para resolver los enigmas del pasado-, Federico no solo sufrirá pesadillas, sino también un intenso dolor en el pecho cuyo origen se remonta al padre Saturno, quien en realidad se llama Félix.

¿Por qué ese nombre? ¿Qué relación tuvo con las jóvenes del albergue? ¿Tiene derecho Federico a desvelar la verdad? 

El texto resalta la gravedad de las inundaciones en Valencia descritas por Máximo Huerta. Tuvieron lugar a partir del 11 de octubre de 1957, con  un caudal que superó los tres mil setecientos metros cúbicos, tres veces su capacidad.  Las jóvenes del albergue tenían, en su mayoría, apenas 20 años...

«Cuánto cambia una vida cuando nos tropezamos con algo, con alguien que nos destroza, que nos desvía de la felicidad» (página 300).

En el capítulo sesenta y cinco me encuentro con otra coincidencia. Federico confiesa que hace tiempo que no escribe y que el proceso de convertirse en escritor le ayuda a vislumbrar el autor que puede llegar a ser; menciona a un escritor amigo como su referente quien le contó los entresijos del arte de escribir. Se trata de Martínez de Pisón, quien justamente fue  invitado al III Festival de Literatura de Lanzarote. Este hecho me motivó a asistir a la charla celebrada el 3 de diciembre de 2025 en la Casa de la Cultura Benito Pérez Armas, en Yaiza, y decidí leer Castillos de Fuego, una novela esencial sobre la posguerra civil que ya forma parte de este blog.

Será definitivamente en la paz del hotel Churrut donde Federico experimenta ante una libreta que las palabras afloran. Y de la ilusión que le hace a su madre esa epifanía literaria, quien orgullosa afirma que ha salido a su abuela, en su faceta de escritor, aunque su verdadero oficio sea el de traductor. Aurora insiste en que el final sea feliz, sentencia que deja atrás La educación sentimental de Gustave Flaubert. 

rosa color azafrán

Los seguidores de este blog que hayan llegado hasta aquí tendrán que leer por si mismos el punto final de Máximo Huerta. Solo me queda reiterar que Mamá está dormida desprende una extrema sensibilidad. Su autor escribe desde lo más hondo, con ese corazón grande diagnosticado a la madre de Federico. Palabras halagadoras a Aurora como: estás guapa, el corte de pelo te sienta bien, estás rejuvenecida o recordar el alma de los muebles de su abuela, tal es es caso de las sillas fuertes como robles....

Sus gestos rezuman poesía, colocando las rosas de color naranja en un jarrón con agua para su madre, un tono azafrán similar al que yo elegí el pasado 21 de abril para regalar a mi amiga Verónica Carmona en el día de su cumpleaños. 

Sobresale asimismo la honestidad. Federico no oculta su profundo dolor al constatar la demencia materna hasta incluso desear morirse o constatar al final que:

A veces, el azar nos cruza con buenas personas; otras, la fatalidad, con gente que deja cicatrices. (pág. 342)

Frases que dibujan una sonrisa en nuestro rostro como la de la página 49 al dirigirse Aurora a su hijo único hijo diciendo: Eres mi hijo favorito.

Y, por encima de todo, el amor que se demuestra en los cuidados a una madre, aplicando hasta el último párrafo el alcohol de romero que aliviará sus rodillas. Aunque, la verdad es que ambos se consuelan, como asevera Federico en la página 47: -Ahora hacemos aguas los dos-. 

Finalizo con la conexión invisible (tan visible para Federico y Aurora) paseando por las calles del pueblo, recordando el pastel de manzana del día de cumpleaños y en la creencia de la madre como la casa de Dios. (página 197)

Dedicatoria de Máximo Huerta

El jueves 21 de mayo me acerco a la Biblioteca Municipal de Tías por la tarde, después de las clases. 

Al devolver el ejemplar Mamá está dormida le indico a Ilenia que está dedicado por su propio autor, Máximo Huerta, y que, por favor, se lo comente también a Mercedes Cerezo, bibliotecaria que trabaja en el turno de mañana.

Al despedirme me saluda Maya, una residente hindú a la que conozco hace tres décadas. Lleva en la mano un libro sobre yoga y me sonríe. Hace años me regaló el libro Bhagavad-gītā, uno de los textos más importantes y venerados de la India religiosa en un acto que organizó en el salón del Centro Cívico de Puerto del Carmen, con el fin de demostrar su gratitud a las amistades. 

Regreso al coche y leo las últimas palabras de Máximo Huerta. Las he capturado en imágenes con el móvil. Se trata de un diálogo con Aurora en la entrada de un camino rural, donde se distinguen las huellas recientes de algún tractor. Allí descienden con los abrigos y la bufanda -dice el autor- que vuela desde el cuello en horizontal, como la del personaje de Saint-Exupéry.

-¿Qué es la soledad?-pregunta el Principito.

- Es un reencuentro consigo mismo y no debe ser motivo de tristeza, es un momento de reflexión. 

El 4 de junio de 2026, redactando este espacio sobre Mamá está dormida, me doy cuenta de la oportuna relación final de Máximo Huerta con uno de los libros que adquirí en la caseta de la Editorial Itineraria: El principito ha vuelto, de María Jesús Alvarado. 

Y me estremezco, como el viento en el título de Ico Toledo, al ser consciente de los inexplicables vínculos que se crean al leernos y encontrarnos un día como el domingo 10 de mayo donde coincidí también con Idoya Cabrera en el aforo de la presentación de Máximo Huerta. Fue ella quien me recordó, al mencionar cómo le había impactado la lectura de Adiós, pequeño que esta novela formaba parte de mi camino de letras. Busqué el enlace para refrescar, antes del inicio del acto, su contenido, en su mayoría biográfico. Cuando llegué al final y vi la fecha de su publicación: 03.03.2023, no tuve ninguna duda. 

NOTA

Con Esther García_10.05.26
Recomiendo leer la entrevista que Isabel Lusarreta realizó a Máximo Huerta para Mass Cultura. Disponible en edición impresa (mayo 2026) y digital (30 abril 2026): 

https://www.masscultura.com/maximo-huerta/

En ella, somos testigos de su inmenso amor por el paisaje de Lanzarote, reflejado en la fotografía que él mismo tomó de unas rocas junto al mar -isla que conoce desde hace más de 20 años, cuando Mario Picazo lo invitó a descubrirla- y que está colocada en la cabecera de la cama de su madre.

También somos testigos de su sueño cumplido hace cuatro años: abrir una librería en Buñol @lalibreriadedonaleo. Máximo Huerta afirma:

«En una librería ves lo diferentes y lo parecidos que somos todos, y que un libro te une»

La entera dedicación al cuidado de su madre queda, sin duda, plasmado en su última novela Mamá está dormida que considera supone un abrazo y un refugio para las personas que están viviendo la misma situación. 


AGRADECIMIENTOS

- A Esther García y Dulce Nombre Rodríguez, directoras de la revista Mass Cultura, por brindarnos la entrevista de Máximo Huerta.

- A Máximo Huerta:  
a) por su dedicatoria del libro a la Biblioteca Municipal de Tías. Por cierto, en ese breve espacio de tiempo en la caseta de firmas, le comenté que lamentaba todo su periplo vía Madrid para llegar a Lanzarote, ya que Binter volaba, vía las Palmas, a Valencia. Precisamente, yo había utilizado esta compañía aérea en febrero durante la semana de Carnaval; una experiencia inolvidable que consta en este blog como crónica viajera

b) por sus sinceras reflexiones que calan muy hondo:
    * escribir es hablar solo
    * la memoria del corazón (eliminar los malos recuerdos y magnificar los buenos)
    * amar de verdad es regalar un libro (frase del escritor Enrique Vila-Matas)
    * los libros tienen la virtud de envejecer con nosotros.

c) por hacernos partícipes de la noticia de la adaptación al cine de la novela Mamá está dormida por         parte de Onza, aunque ,como bien dice su autor, queda mucha carretera por delante.

- A Yolanda y Dany, de la Librería Doña Leo, por su amable atención mientras esperábamos en la fila de la caseta de firmas, indicándonos la página para la dedicatoria y, sobre todo, por acompañar al escritor en este encuentro en Lanzarote que fue posible gracias a la generosidad de Máximo Huerta.


Con Ico Toledo (10.05.2026)

- A Ico Toledo, por su dedicatoria en Dame alas.

Nota: Este libro me lo regaló Laura Mayo en diciembre, al término del master de profesorado que realizó en el CIFP Zonzamas durante el  primer trimestre del curso académico 2025-26.

 

 

Gracias Syra por este ratito y por tus maravillosas palabras que me llegan al alma.

Gracias Laura por escogerme. Un abrazo 💗(Ico Toledo, Mayo26)

 

Observación: 

Hoy, domingo 7 de junio, he empezado a leer otra novela de Máximo Huerta, París despertaba tarde. Cuando fui el pasado viernes a entregar a la Biblioteca Municipal de Tías Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, pregunté por los libros de los que disponían del escritor valenciano (Utiel, 1971). La verdad es que llevaba en la mente el título “La noche soñada (con la que ganó el Premio Primavera de Novela 2014), pero no la tenían en su fondo bibliotecario. 

-De acuerdo-le dije a Ilenia-, me llevo París despertaba tarde (Editorial Planeta). Estaba segura, tras haber leído Adiós, pequeño y Mamá está dormida, de que iba a acertar. Y así ha sido. Este es otro libro que la casualidad ha puesto en mis manos. En él, Máximo Huerta narra la historia de Alice Humbert y Kiki Montparnasse en el ambiente bohemio del París de 1924: dos jóvenes de origen humilde unidas por un gran vínculo de amistad.

Sobre el autor

https://www.maximhuerta.com/


DEDICATORIA DE SYRA 

Dedico este espacio a mi hijo Eduardo Luis y a mi abuela Caridad, recordando una de las reflexiones de Máximo Huerta:

«El patrimonio más importante de la vida es la memoria»

Cada 8 de junio suelto la hebra de ese hilo invisible que une a mi hijo (quien este año 2026 cumple 27 años) con mi querida abuela Cary, cuya marcha se produjo hace 36 años en Barcelona. 


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