París despertaba tarde, de Máximo Huerta

Editorial Planeta
En la primera parte,
Máximo Huerta nos lleva al París de 1924 y a la difícil infancia de las protagonistas, Kiki de Montparnasse (Alice Prin) y Alice Humbert, dos amigas que comparten alegrías y vicisitudes desde que eran niñas. 
Ambas han sobrevivido a la pobreza y se han ganado la vida como modelos de pintores; precisamente, este hecho cambiará también sus destinos. En la novela aparecen grandes nombres de la historia del Arte, como Amedeo Modigliani, así como las penalidades en ese mundo en el que triunfar es casi una utopía. También se relata la muerte prematura del maestro del retrato del siglo XX, acaecida el 24 de enero de 1920, cuando tenía tan solo 36 años.

En una exposición, el lienzo Mujer joven desnuda, de Moïse Kisling, es adquirido por Ërno Hessel, un galán discreto que desea conocer a la modelo, Alice Humbert. Tras el encuentro, se enamoran e inician una relación llena de detalles y romanticismo, haciendo realidad los sueños de Alice, como el de abrir su propia tienda de moda en París.

Pont Louis Philippe
¿Qué sucede en la pareja para que Ërno le entregue las llaves de la tienda —ubicada en el número 10 de la rue du Pont Louis-Philippe—y se marche a Nueva York? 

El autor nos muestra a una Alice inconsolable que escribe cartas (que nunca enviará) a su querido Ërno para contarle su día a día y el progreso de la tienda que, gracias a la gran cantidad de pedidos, se ha convertido en su sueño hecho realidad. 

Kiki, por su parte, decide entregarse por completo a su entorno bohemio. Aunque su alma pertenece a la noche, sabe que su amiga Alice necesita que la acompañe en el duelo por su amor herido; y, sin duda, lo hará. Por otro lado, Alice tiene la suerte de contar con una clienta habitual, Madeleine Le Clerqc, quien será su bienhechora y le facilitará contactos y encargos tan importantes como los uniformes para la Salpêtrière (una institución médica que, en sus inicios, acogió a mujeres indigentes y enfermas) o el acceso a su exclusivo círculo de mujeres ricas. 

A través de las cartas no enviadas, observamos el esfuerzo titánico de Alice, no solo en su trabajo, sino también en el hogar que comparte con sus hermanos, Jules y Claire. Especialmente con el joven Jules, un adolescente que precisa de mucha atención y consejos para no dejarse arrastrar por amistades revolucionarias. Escribir es, además, una forma de perdonarse y sentir paz. Alice ha cometido errores y es consciente de ellos, como haber estado ausente en la muerte de su madre. 

Un terrible incendio en el cine Novedades sume a París en la tragedia. Esa noche habían acudido al lugar los niños de la Salpêtrière, de los cuales dieciocho encontraron la muerte. Mme LeClercq logra salvarse y le pide a Alice que se ocupe de Hortense, la niña a la que planeaba adoptar. 

En la segunda parte, Paris, como sede de los Juegos Olímpicos (impulsados por su fundador, Pierre de Coubertin), nos contagia su entusiasmo ante la inminente inauguración del evento en mayo. La «Ciudad de la Luz», ahora «Ciudad de los Deportistas» acogía a tres mil atletas —en su mayoría hombres jóvenes—entrenados para ganar. Durante una tarde de entrenamiento, Alice se fija en un nadador polaco, Alexander Belov. En ese instante, la llama se enciende para ambos. 

El almuerzo de los remeros (Auguste Renoir, 1881)
Frente al escaparate de una sombrerería vuelven a encontrarse. La última creación de Tatiana —quien había aprendido a confeccionar maravillosos tocados junto a Coco Chanel— estaba inspirada en la obra El almuerzo de los remeros, de Auguste Renoir; era un sombrero idéntico al que lleva la mujer que sostiene al perrito en el lienzo.

En el cuadro original se aprecia la terraza del restaurante Fournaise y a los amigos del pintor, quienes acaban de comer y beber en un ambiente de gran alegría (página 143).


Iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais
Los paseos de los enamorados se suceden con frecuencia por el Sena, eligiendo rincones especiales como la  iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais, una de las más bellas de la ciudad, que combina el estilo gótico flamígero (siglos XV y XVI) en su interior con el clásico en su fachada exterior. 

En ese mágico templo, Alexander enciende dos velas. Ambos piden un deseo y se besan por primera vez. Las vidrieras se iluminan y los pilares de la iglesia vuelven a albergar la felicidad, dejando atrás el terrible suceso acaecido el 29 de marzo de 1918, durante la Primera Guerra Mundial, cuando un proyectil disparado por un cañón alemán impactó en la bóveda en pleno Viernes Santo, cobrándose la vida de 91 personas. Las vidrieras, que habían sido retiradas en su día como medida de protección ante los bombardeos, reflejaban ahora la luz de su amor.

Entretanto, la mejor amiga de Alice, Kiki de Montparnasse, le envía noticias sobre su estancia en Nueva York, donde acude a la meca del cine: los estudios Astoria en Long Island. Allí se ilusiona con la idea de ver al actor de moda, el latin lover Rodolfo Valentino, en el plató donde rueda en ese momento Un diablo santo (tras el arrollador éxito de Los cuatro jinetes del Apocalipsis). Nadie podía imaginar que, apenas dos años después, la estrella del cine internacional moriría un 23 de agosto de 2026 a causa de una peritonitis, tras haberse desplomado días antes en el hotel Ambassador en Manhattan. Tenía solo 31 años.

Alice sigue aceptando proyectos de cada vez mayor envergadura, como el de la familia Maumejean. Esta dinastía se había ganado una enorme fama como decoradora de numerosas iglesias de París, una trayectoria iniciada por el padre, Jules Pierre —considerado el rey de las vidrieras—, y continuada por sus cinco hijos, todos ellos consumados artistas en la pintura sobre vidrio. Su estrecho vínculo y amor hacia España los llevó a firmar las vidrieras de las catedrales de Sevilla, Burgos, Vitoria y Pamplona, así como las de la iglesia de San Ignacio de Loyola en San Sebastián o la basílica de Lequeitio. 

Rue Montorgueil, 51
En esta ocasión, Alice es citada por Charles Maumejean y Jean Gaudin (artífices de las obras del Sacré-Coeur), en el número 51 de la calle Montorgueil, para ofrecerle un encargo en su taller de costura, recomendada, sin duda, por Madeleine LeClercq. 
Este emblemático local —una pastelería fundada en 1730 por Nicolas Stohrer y decorada con extrema delicadeza por Paul Baudry (pintor responsable de la decoración del techo del  Gran Foyer de la Ópera de París)— es el punto de partida de un sueño. Posteriormente, en su oficina, ambos caballeros le plantean a Alice confeccionar dos vestidos donde sobresalga el color. El objetivo es después convertirlos en un mosaico para el ábside del Sacré-Coeur, concretamente para la capilla de San Ignacio de Loyola, gran viajero. Alice acepta y piensa que la mejor inspiración posible es Valencia. 

Basílica Sacré-Coeur
Días después, Alice y Claire reciben en París las mejores telas procedentes de los prestigiosos talleres de Garín, en Moncada, para realizar el encargo más bonito de su vida: dos trajes de valenciana en actitud de ofrenda que pasarían a la posteridad plasmados en una vidriera. 

La fotografía que Charles y Jean le facilitaron a Alice como referencia fue la de Conchita Piquer, una joven valenciana que en ese momento triunfaba en Nueva York, pues buscaban capturar esa misma actitud imperiosa. Finalmente, Kiki y Claire serán las modelos elegidas para ser inmortalizadas en la basílica del Sacré-Coeur.

Tras la clausura de los Juegos Olímpicos, Alexander decide quedarse en París. Comienza ayudando con los repartos en la tienda de Alice, hasta que se adentra en el mundo del boxeo de la mano de Jean Ces, un joven atleta que también había competido en las Olimpiadas. Así, el nadador pasa a convertirse en boxeador de peso gallo. El tiempo transcurre y la relación de la pareja se afianza; sin embargo, una carta procedente de Polonia, con la noticia de la grave enfermedad del padre de Alexander los separa en el otoño de 1924. El compromiso se mantiene firme, sellado con la alianza de su madre que Alex le entrega a Alice antes de partir.

En la tercera parte, titulada «Nochevieja», constatamos el bienestar de Alice y sus hermanos. El puesto de encargado de almacén de Jules en la empresa Citroën le permite vestir bien e invitar a Annette a restaurantes de moda. 
El autor nos recuerda en la página 235 que André Citroën era un hombre ansioso por patentar vehículos novedosos antes de que los estadounidenses empezaran a monopolizar el mercado. Con ese espíritu, patrocinó una expedición por África, desde Argelia hasta Madagascar, cubriendo ocho mil kilómetros. En 1931, el reto se superó al alcanzar los doce mil kilómetros, cuando ampliaron el recorrido —conocido como el «Crucero Amarillo» de Citroën— hasta China. 

Por otra parte, Máximo Huerta señala que 1924 es el gran año de Coco Chanel, quien ha triunfado con su perfume N.º5, asociada con los directores de Bourjois. Sin duda, esta fragancia —creada por el célebre perfumista Ernest Beaux (1881-1961)— supuso una auténtica revolución en todos los salones de París. Curiosamente, Alice había sido aprendiz en el taller de costura de la diseñadora.


Café Le Dôme 
En la novela, Máximo Huerta evoca a grandes referentes de la vanguardia surrealista y dadaísta como Jean Cocteau (1889-1963), André Breton (1896-1966), Tristan Tzara (1896-1963) o Man Ray (1890-1976) entre muchos otros que eligieron París como su hogar en aquellos años.

El principal punto de reunión de estos artistas, escritores e intelectuales era la brasserie Le Dôme, situada en el nº 108 del boulevard du Montparnasse e inaugurada en 1898.


Violon d'Ingres

Kiki de Montparnasse (Alice Ernestine Prin, 1901-1953) fue la amante del polifacético Man Ray. El artista americano realizó en 1924 la icónica foto surrealista donde la espalda desnuda de Kiki representa visualmente un violín con dos efes (las aberturas en forma de "f"). Esta pose está inspirada en las bañistas pintadas por Jean-Auguste-Dominique Ingres, especialmente La bañista de Valpinçon. 

En la actualidad Le Violon d'Ingres se encuentra en el museo Metropolitano de Arte de Nueva York. La influencia de Kiki (modelo, pintora, cantante de cabaré, actriz y escritora francesa) trascendió el papel de musa, convirtiéndose en un símbolo de libertad creativa y social de Montparnasse.

La Nochevieja de 2024, Kiki y Alice la pasaron en la brasserie Le Dôme celebrando con sus amigos. Precisamente en ese lugar se produjo un altercado violento, atajado a tiempo gracias a la valiente intervención de Ërno Hessel, quien iba acompañado de su actual pareja. Kiki y Alice lo saludaron con afecto y brindaron con champán para dar la bienvenida al año 1925.

Tour d'Argent
Aquel imprevisible reencuentro transformó a Alice. El dolor y la incertidumbre regresaron a su vida; solo coser lograba calmarla. En cada pespunte había un convencimiento de que la herida cicatrizaba (página 312), pero en realidad Alice deseaba retroceder en el tiempo e imaginar que Ërno nunca la había abandonado. 

Kiki se convierte en el puente entre los pensamientos de ambos y le transmite a Alice el anhelo de Ërno de citarse con ella en la Tour d'Argent

Alice acude a la cita. Ërno la espera en una mesa desde la que se divisa la torre. Se trata de un lugar histórico cuyo origen se remonta a 1582 cuando abrió sus puertas como hostería a orillas del río Sena. La conversación gira en torno al progreso de sus hermanos, Claire y Jules, así como sobre los vestidos regionales que Alice ha confeccionado para el altar de la basílica. Tras la cena, visitan el Louvre y contemplan el cuadro favorito de Ërno, cuya protagonista es Betsabé con la carta del rey David. Un lienzo que encarna el momento de la duda: ser fiel o dejarse llevar por la atracción....

Alexander regresa de Polonia en el mes de abril, tras el fallecimiento de su padre, y retoma junto a Alice los preparativos de su boda, a la que se suma madame LeClercq. Sin embargo, aunque la vida parece brindarle una segunda oportunidad, Alice no consigue sentirse feliz. Una tarde, Kiki le pregunta directamente si está enamorada, y Alice confiesa que se siente apagada; algo que Claire también ha notado. Ante esto, Alice decide revelarle la verdad a su hermana: la infidelidad que cometió con el artista Kisling tras retratarla desnuda luciendo el collar de esmeraldas que le había regalado Ërno. Pero al abrir el cajón de la cómoda para buscar el consuelo de sus cartas no enviadas, descubre que estas han desaparecido. 

Teatro Odeón (1779-1782)
Poco después, otro encuentro casual organizado por Madeleine LeClercq y André Citroën en el palacete de Saint Germain propicia que Alexander y Ërno coincidan. Una sola mirada cruzada con Alice le confirma a este último que el amor sigue intacto.

No obstante, los preparativos de la boda fijada para el 14 de julio prosiguen su curso... hasta que las bombas de un atentado anarquista destrozan el Teatro del Odeón, cercano a los jardines de Luxemburgo, al igual que multitud de fachadas de la zona.

En medio de estas circunstancias desgarradoras pierde la vida Madeleine LeClercq, quien solía frecuentar la terraza de un café próximo con sus amigas. A partir de ese fatídico día, Alice asumirá de forma definitiva la custodia de la pequeña Hortense. 

Poco tiempo después, Alice recibe una carta de Ërno en la que le expresa el pésame por la muerte de su amiga y benefactora. Este hecho la abruma y vuelve a avivar sus dudas con respecto al futuro con Álex. Durante un paseo de Alice por el Sena con un libro en la mano, Máximo Huerta introduce sutilmente la figura del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald —quien publicó ese mismo año, 1925, su obra maestra El gran Gatsby —, así como la famosa canción Mon Homme, de Mistinguett, en la página 423.

Alice decide ir a la casa de empeños acompañada por Hortense para deshacerse del collar de esmeraldas que le había regalado Ërno, el objeto que un día quebró su destino. En ese mismo lugar se encuentra con él y es, precisamente, la mezcla de inocencia y sabiduría de la niña la que propicia que se revelen los verdaderos sentimientos de la pareja. «¿Me sigues queriendo?», —pronunció Ërno. 

Se besaron y las dudas de Alice desaparecieron al instante. Del bolsillo interior de su chaqueta, Ërno sacó todas las cartas manuscritas de ella. Le confesó entonces que Kiki le había entregado una durante un viaje a Nueva York, advirtiéndole de que, si estaba dispuesto a leer las demás, debía regresar a París. Se  miraron y supieron que, al fin, habían encontrado la felicidad. 

Colina Bergeyre 

Al día siguiente era 14 de julio (como me sucede a mí ahora, en esta tarde del 13 de julio de 2026 en la que me dedico a mi mayor placer: leer y escribir en mi propio camino de letras). 

Alice y Álex se citan en el estadio Bergeyre, donde se habían disputado algunos partidos de los Juegos Olímpicos, con vistas al Sacré-Coeur.

En ese mismo escenario se despiden con ternura, evocando los buenos recuerdos, y sus caminos se separan definitivamente.

«Todo lo que estaba previsto se fue como hoja de calendario, al olvido», dice el autor en la página 443.

Sin embargo, aquel 14 de julio de 1925, fiesta  nacional francesa, se convirtió en una Nochevieja al aire libre. Alice la disfrutó rodeada de sus amigos, entre ellos Kiki y el artista Jules Pascin —conocido como el «Príncipe de Montparnasse» (1885-1930)—, a quienes se sumó más tarde Ërno para proponer un brindis por su futura esposa, Alice Humbert. Sin duda, París despertaba tarde es una novela con final feliz que culmina con un beso, fuegos artificiales y la contemplación del cielo en la ciudad de la luz. 

En el epílogo, Kiki resalta el profundo vínculo de amistad que la une a Alice. Su amiga siempre había sido su faro de luz: una mujer de aire cándido, buena, sencilla e íntegra. Durante un paseo previo al enlace, Kili le promete que cuidará de París en su ausencia. Juntas entran en la basílica del Sacré-Coeur, donde Alice le muestra con emoción las vidrieras y la magia del arte. 

La boda se celebró a las seis de la tarde del primer domingo de septiembre de 1925 en la iglesia de Saint Sulpice. Después, la música sonó en el jardín de la fallecida Madeleine LeClercq, donde todos esperaban a los recién casados. Alice representaba el triunfo del amor y el rostro de todas las modelos anónimas que alguna vez posaron para los artistas. 

Máximo Huerta concluye su novela con la siguiente afirmación del escritor Luis Mateo Díez (Premio Miguel de Cervantes 2023):

Escribir una novela es culminar una obsesión

Precisamente la misma obsesión que el autor confiesa tener con París y su fascinación por los años veinte, una época rebosante de color.  

Reflexión

La novela de Máximo Huerta me ha transportado al viaje que hice a París en julio de 1987. Cursaba entonces estudios en la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. El profesor de francés nos había recomendado en ese primer año (de la diplomatura de Técnico/a de Empresas y Actividades Turísticas) practicar el idioma por medio de una estancia como jeune fille au pair en Francia.

La verdad es que tuve mucha suerte porque conocí a la familia Largentaye. Recuerdo, en especial, con mucho cariño a Inés, la abuela materna de Jacques, Cécile y Arnaud. A mi llegada a París, me quedé en su magnífico dúplex del Quai Bourbon. Tras un breve paso por la Ciudad de la Luz, nos fuimos a Normandía con los abuelos paternos en julio, y después a Bretaña en agosto, lugar en el que Inés —viuda de un alto cargo del Fondo Monetario Internacional— tenía un manoir (casa señorial). Desde luego que practiqué francés y aprendí nuevas palabras. Entre ellas «chauve-souris». Nunca se me olvidará cuando la escuché pronunciar a gritos al divisar murciélagos en la parte alta abuhardillada donde teníamos los dormitorios las jeunes filles au pair... 

Al término de mi compromiso con el cuidado de los niños, Inés me invitó a pasar unos días en París. No os podéis imaginar cómo disfruté paseando por los Jardines de Luxemburgo, los alrededores del Sena o la Place du Tertre en Montmartre. También en la visita a museos imprescindibles, como el Louvre y el de Orsay, caminando por los bulevares de Saint-Germain-des-Prés y Saint-Michel o degustando los croissants au beurre (de mantequilla). Inexplicable la honda sensación que experimenté al entrar en la catedral de Notre-Dame y la basílica del Sacré-Coeur. 

Gracias, Máximo, por escribir con tantas perspectivas. En tu novela está el mundo del deporte, el arte, la moda y la cultura, que abarca literatura, música, teatro... Multitud de referencias a libros como La educación sentimental de Flaubert (página 425) que han motivado una retrospectiva en mi pensamiento, ya que lo leí hace bastante tiempo.

En París despertaba tarde hay un homenaje a los grandes deportistas de todos los tiempos, como el atleta finlandés Paavo Nurmi (ganador de cinco medallas de oro) y el nadador Johnny Weissmuller (ganador de tres medallas de oro). Sirva este espacio para mencionar a otra gran deportista actual, Carolina Marín, a la que he tenido la gran suerte de conocer el pasado 10 de julio en Lanzarote, con motivo de su participación en unas jornadas sobre gestión de destinos de turismo deportivo. Carolina ha llevado el bádminton a lo más alto y es campeona olímpica. 

Nota: En la Navidad del año 2009 regresé a París. Esta vez acompañada de mi marido, Thomas, y mis hijos, Marina y Eduardo Luis. Dedicamos unos días a Disneyland, coincidiendo allí la Nochevieja, que fue realmente mágica.

Thomas y Syra (31.12.2009)

Sobre el autorhttps://www.maximhuerta.com/

En este blog encontrarás más reflexiones sobre novelas de Máximo Huerta. Entre ellas:

Adiós, pequeño:   

https://camino-syra.blogspot.com/2023/03/adios-pequeno-maximo-huerta.html

Mamá está dormida: 

https://camino-syra.blogspot.com/2026/06/mama-esta-dormida-de-maximo-huerta.html


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