El Aliento de las Letras
Una visita a la Biblioteca José Saramago
Publicado originalmente en Mass Cultura (diciembre de 2008)
En agosto de 2008 tuve la oportunidad de visitar la Biblioteca de José Saramago, un espacio donde la literatura, la reflexión y la humanidad se entrelazan de manera única. Aquella experiencia dejó una profunda huella en mí, convirtiéndose en una vivencia de aprendizaje, inspiración y crecimiento personal.
En esta página puedes escuchar el relato completo y, al mismo tiempo, leer su transcripción íntegra.
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Transcripción
Todo empezó un miércoles 13 de agosto, cuando me acerqué, hacia el mediodía, a las inmediaciones de la biblioteca de José Saramago. Tras un breve encuentro con Pilar del Río, esposa y apoyo incondicional del escritor, quien me indicó amablemente dónde se encontraba ubicada, entré en un remanso de paz, quietud e inspiración que invadió lo más hondo de mi ser.
Este sentimiento se afianzó al encontrar, en actitud reflexiva y de trabajo constante, a Xavier y Saro, fieles colaboradores de la ingente labor que representa la obra de este gran escritor.
Les hice saber mi anhelo: el día 20 de agosto llegarían mis tíos desde Barcelona, siempre ligados al mundo literario por sus estudios y profesiones. Visitaban Lanzarote por primera vez desde que resido en esta isla de contrastes y singular belleza, hace ya diecisiete años.
El motivo de este encuentro era para mí especialmente emotivo. Me encontraba atravesando el duelo por la muerte de mi padre, Luis, artista, pintor y poeta, fallecido el 29 de marzo de ese mismo año en Arenas de San Pedro, Ávila.
A sus setenta y dos años seguía forjando su arte al natural y era profundamente querido y admirado por su carácter humilde y bondadoso, tan cercano al de Saramago. Mi familia, y en especial mi tía Isa, hermana menor de mi padre, intuía mi necesidad de consuelo y, al mismo tiempo, deseaba cumplir el sueño de recorrer toda la isla y disfrutar de sus tesoros naturales.
Fue entonces cuando entraron José Saramago y Pilar del Río, del brazo y al ritmo pausado del escritor. Nunca olvidaré la forma tan cariñosa en la que Pilar, dirigiéndose a él, me presentó como una admiradora. Nos estrechamos la mano.
Para mí, aquel gesto fue una señal de fortaleza y de aliento. Le expliqué que, desde la partida terrenal de mi padre, me había refugiado en la literatura, además de escribir diversos artículos en la prensa sobre su legado artístico.
Con actitud paternal, me animó a seguir adelante:
«Debemos insistir en proseguir nuestro camino, paso a paso, sacando a la luz lo que nos dicta nuestro corazón y, sobre todo, aquello que consideramos justo».
La biblioteca estaba entonces centrada en la inminente publicación de su último libro, El viaje del elefante, una narración que relata el viaje épico de un elefante asiático llamado Salomón a través de la Europa del siglo XVI.
Comentamos también los avances que Internet había hecho posibles: la creación de páginas web y blogs que permiten consultar, compartir y dialogar en torno a la literatura.
En septiembre partirían hacia Lisboa y, después, a Brasil. Se les veía felices y orgullosos. Saramago había puesto el punto final a esta nueva creación, un proceso que no había sido sencillo debido a su delicado estado de salud. Como escribió Pilar del Río al presentar el libro: «No ha sido un paseo por el campo».
Tras acordar confirmar la visita por teléfono, salí con la sensación de que algo había cambiado en mi vida.
Mi padre acababa de escribir un relato, El hombre feliz, casi premonitorio de su muerte. Hablaba de la paz y el sosiego que le envolvían al atravesar el túnel que conduce de la vida a la muerte, del camino hacia la luz.
Esa misma luz era la que yo comenzaba a encontrar al conocer personas con quienes compartir mi deseo de extender la cultura. Era, y sigue siendo, mi terapia y mi crecimiento personal.
Acto seguido, me dirigí a la biblioteca pública de Tías. Reinaba el silencio. Allí solicité dos obras fundamentales para comprender la visión literaria de Saramago: Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez.
Mientras cumplimentábamos la ficha de préstamo, descubrí, con enorme emoción, que el ejemplar de Ensayo sobre la ceguera había sido donado por el propio Saramago a la biblioteca municipal.
Comprendí entonces la sencillez, la bondad y el profundo deseo de acercar la cultura al pueblo por parte de un Premio Nobel de Literatura que residía en Lanzarote desde 1993.
Después me encaminé a la pequeña oficina de correos, donde una conversación reveló nuevas anécdotas sobre la cercanía y generosidad del escritor.
Un último contacto telefónico dejó fijada la visita definitiva para el 22 de agosto.
La biblioteca, en su diseño exterior, se funde armoniosamente con el entorno de Tías. En su interior, la luz, la serenidad y el orden crean un espacio propicio para la creación y el pensamiento.
Su escritorio, sencillo, albergaba su ordenador y una pequeña figura de elefante, símbolo de su última obra. Las estanterías, cuidadosamente organizadas, reunían sus libros y los de otros autores.
Presidía la estancia un gran retrato de José Saramago y Pilar del Río, realizado con una técnica tan original como evocadora: el humo.
Este proyecto nació de dos necesidades esenciales: la imposibilidad de conservar todos sus libros en su hogar y el deseo de crear un nuevo espacio literario abierto al mundo.
Porque, afortunadamente, no existe edad de jubilación para un escritor.
Hemos respirado sensibilidad y humanidad. Hemos crecido interiormente.
José Saramago representa un ejemplo de superación. La esencia es, al fin y al cabo, lo que verdaderamente importa.
Mi alimento diario.
Estoy en el camino.
Gracias sinceras.
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