Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman
| Editorial Alfaguara |
Miré la sinopsis del libro sobre la vida novelada de María Moliner, publicado por la editorial Alfaguara. No tuve la menor duda: era el elegido.
Su estructura comprende nueve capítulos. En el primero, María recibe la visita del filólogo Dámaso Alonso, director de la Real Academia Española, cuyo motivo sabremos a lo largo de la narración. El autor da paso a las tres primeras décadas de la biografía de la protagonista (1900-1930), iniciada en Paniza (Zaragoza), con su perfume a vid en el campo de Cariñena. En este pueblo aragonés, su padre, Enrique, había sido destinado como médico rural. El verdadero punto de partida de su amor por las palabras había sido con su madre, Matilde, con quien practicaba aquellos garabatos que contenían realidades invisibles para un ojo no entrenado.
El padre es incorporado al personal médico de la Marina, que le ofrecía un mejor salario, y la familia con sus dos hijos, María y Quique, se traslada a Madrid donde nace poco después Mati. La fascinación de María por las letras se hace muy pronto visible: le ponía de mal humor que los libros se terminaran de repente, por eso se sentaba a copiar sus preferidos, palabra por palabra. Así aprendió a redactar (pág. 25).
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| Giner de los Ríos |
En la planta de arriba dormían los directores, el matrimonio Cossío y el pedagogo Francisco Giner de los Ríos, su fundador (Ronda, 1839 - Madrid, 1915).
En la página 30, el autor señala que el padre acompañaba a sus hijos a la ILE y que esos diez minutos de paseo, cada vez más largos en su memoria, se convertirían en el mejor recuerdo de su infancia.
En efecto, don Enrique es contratado como médico de a bordo para cubrir un viaje transatlántico entre Cádiz y Buenos Aires. Aquel verano la comunicación se hará por carta y la familia se interesará por los efectos de la distancia sobre las palabras, que se volvían más dignas de atención. A su regreso, don Enrique se enorgullece de que María haya sido admitida en el Instituto Cardenal Cisneros para cursar Bachillerato. Poco tiempo después, el padre vuelve a embarcarse a Argentina con el objetivo de seguir mejorando sus vidas, pero esta decisión supone realmente su separación definitiva.
Doña Matilde se queda sola con sus tres hijos. Los ahorros se agotan y es necesario afrontar la situación, que los lleva a trasladarse a otro barrio más humilde junto a la plaza de Olavide y a pedir una rebaja en la matrícula de Quique al señor Cossío. María comienza a impartir clases particulares y a estudiar por su cuenta con los apuntes de su hermano; asimismo, devora los libros de Galdós. Sin embargo, la evidencia se impuso: los gastos son insostenibles y deben volver al punto de partida, las inmediaciones de Paniza, hasta que logran alquilar un pisito en Zaragoza, gracias al préstamo de unos parientes. Quique finaliza sus estudios y consigue un puesto en una compañía siderúrgica en Sagunto.
María reanuda sus exámenes libres y encuentra un empleo como secretaria en la Diputación Provincial, desde donde la derivan al Estudio de Filología de Aragón, convirtiéndose en la primera redactora oficial del equipo. Allí participa en el incipiente diccionario de vocablos aragoneses. María da el último empujón a su Bachillerato y asiste a clase a diario. En el patio coincide con Luis Buñuel, el joven que había sido expulsado de los jesuitas por mal comportamiento (pág. 48).
Por fin, María inicia su etapa universitaria, pero al haberse suprimido la especialidad de Lengua y Literatura, cursa Historia, una carrera que finaliza con Premio Extraordinario al mejor expediente antes de cumplir veintidós años. Decide concursar al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios en Madrid con óptimo resultado: figura entre las diez primeras posiciones y obtiene plaza en el Archivo de Simancas (Valladolid), lugar al que su madre se traslada también para echarle una mano.
| Archivo de Simancas |
| El matrimonio: María Moliner y Fernando Ramón |
| Juana Capdevielle |
María cumple cincuenta años. No le preocupa tanto la edad como la melancolía de las energías desaprovechadas. Creía que estaba viviendo en círculos. Necesitaba un proyecto lo bastante excesivo como para despertarla: su tesis inconclusa, escribir un ensayo o una novela. La consulta de un vocablo en el diccionario de la Real Academia y su inconformidad con la definición, tras corregirla, la hacen reflexionar. De nuevo, la escribe y le parece que empieza a brillar, mientras nota la emoción de su mano temblorosa. (pág. 155)
Los cuatro hijos se reúnen para hablar de la decisión insólita de su madre, a quien conocen muy bien y saben que querrá llevarla a término: hacer otro diccionario, ya que el de la RAE no está bien. Las cajas de fichas de palabras ya empiezan a ocupar estancias de la casa como el baño. Andrés Neuman desarrolla algunos vocablos que María amplía y explica con ejemplos; tal es el caso de amor: «Los padres corrigen con amor ( y no castigan...)». Estaba claro que ella quería cocinar su diccionario a su manera y atendiendo a neologismos juveniles. Calculó un año o dos de trabajo.
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| María Moliner (Fuente Telesur tv) |
Pasaron los dos años en los que su hogar se transformó en una selva de vocablos, y renunció a la vida social para entregarse a su diccionario. Aprovechaba el tiempo porque ya no le sobraba.
Asimismo, en la Escuela de Ingenieros pudo dedicarse a sus fichas tras resolver las gestiones urgentes del trabajo. Al cumplirse los cinco años de su dedicación, despertó la curiosidad de los miembros de la RAE como Dámaso Alonso y Lopesa. Seguidamente lo desvelarían al consejo editorial de Gredos, el cual, tras una ardua deliberación le ofreció un contrato y un anticipo estimable. Aquel compromiso formal la obligaba a terminar algo que se le estaba volviendo interminable. En la casa de la calle Don Quijote las puertas no se movían. El autor menciona aquella soledad temida y deseada: ¿tendría algo que ver con la felicidad? (pág. 195)
El autor señala que el matrimonio adquiere una pequeña finca en La Pobla (provincia de Valencia): un refugio cerca del mar que se convierte en el mejor reclamo para atraer a la familia, cada vez más dispersa. Para María, vacaciones significaba trabajo voluntario. Se levantaba más ansiosa que la luz, rodeaba la silueta adormecida de Fernando, salía al jardín y comprobaba que las palabras estaban bien despiertas. Aseguraba con piedras los papelitos. Se ponía a mecanografiar entre pájaros, que piaban sílabas como locos, hasta la hora del almuerzo. Esbozaba una siesta, pasaba su mente a limpio y volvía a sentarse hasta el atardecer. María volvía de sus vacaciones extenuada y satisfecha. «Plusvalía de agosto», la llamaba. (pág. 199)
Los años transcurren y llega la jubilación para Fernando. Ya era libre. Él había imaginado una vejez viajera, social, repleta de actividades. Sin embargo, María se recluía en su obsesión sin fondo. Se había cumplido una década de fatigas. Los últimos esfuerzos frente a su hormiguero verbal le estaban resultando particularmente desesperantes. Ya conocía esa sensación de que, al acelerar, su meta se alejaba y los agujeros se expandían. Su perfeccionismo no dependía de los resultados, sino de una mirada agónica sobre el propio camino.
María comienza a pensar en la dedicatoria y el preámbulo, donde quería precisar el criterio de su organización y mencionar a sus referentes. Entre ellos, el filólogo y lingüista Samuel Gili Gaya (Lérida, 1892-Madrid, 1976), académico de la RAE, quien en su discurso de ingreso (21.05.1961) había reivindicado la escucha atenta de la infancia y se había atrevido a confirmar: «Todos sabemos que las niñas, por lo general, aprenden a hablar antes y mejor». Siguiendo con el preámbulo, María se preguntaba si alguien se fijaría en la coincidencia de la fecha al pie del texto: Madrid, abril de 1966, trigésimo quinto aniversario de la proclamación de la República....
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| Editorial Gredos |
Tras entregar el manuscrito completo de su Diccionario del uso del español, María se concedió unas «vacaciones-vacaciones». Así las llamaron, regodeándose en la redundancia. El matrimonio viajó a los destinos de sus hijos para verlos, como Ginebra y Canadá. A su regreso, en la editorial le dijeron que faltaba el prólogo de alguna figura indiscutible como el célebre filólogo Eugenio Coseriu (Rumanía, 1921-Alemania, 2002), aunque éste se negó por falta de tiempo.
Llegó el anhelado momento: María pudo acariciar con las yemas de los dedos el lomo con las letras plateadas que formaban su nombre y apellido, y detenerse en el título, en las letras de los vocablos que contenía cada tomo y en el logotipo de la editorial, una cabrita icónica balando al cielo. María estimaba que su diccionario entero albergaría unas ochenta mil entradas. Poco a poco sus temores se fueron disipando, ya que tuvo una gran repercusión en librerías, medios y universidades. El Moliner, como se empezó a llamar, llegó a cuatro grupos fundamentales: 1) estudiantes de diversos niveles, 2) docentes, periodistas y gente de letras, 3) familias trabajadoras y 4) mujeres.
Se suceden los encuentros para celebrar su éxito, y poco después, surge también la posibilidad de realizar correcciones. María se jubila, aunque no se retira. Se dedica tanto al diccionario como al cuidado de su marido quien, operado de glaucoma, apenas veía con ninguno de los dos ojos. Gracias al rendimiento del Moliner se mudan a una zona más verde: el número 3 de la calle Moguer. En el nuevo domicilio recibe la noticia de la la Real Academia Española de ocupar un sillón. Su amigo Dámaso Alonso, como director, debía mantenerse neutral. María recuerda a escritoras que se habían postulado antes como la gran autora del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán, a cuyo favor únicamente Galdós y Menéndez Pidal se habían pronunciado en público. Finalmente, a María Moliner tampoco se le otorga el asiento en la RAE, al quedar tercera en la votación, por detrás de Alarcos y de García Nieto. (pág. 266)
En la última parte de la novela, Andrés Neuman nos lleva a los años en los que afloran los síntomas de deterioro del matrimonio, entre 1972 y 1975. El marido de María fallece y ella, poco a poco, va perdiendo la energía. Sus rutinas se convierten en círculos, evitando paseos y vida social. Se le diagnostica depresión, arterioesclerosis, falta de riego... María olvida palabras. La familia la cuida y se reúne para tomar decisiones al respecto. Desde su diagnóstico, Pedro, el hijo pequeño, se ocupa de los asuntos editoriales. Su amiga Carmen Conde Abellán la visita: quiere confiarle un secreto. El 28 de enero de 1979, Carmen ingresa en la Real Academia Española con el sillón K, convirtiéndose en la primera mujer en los doscientos sesenta y cinco años de la institución. María Moliner fallece el 22 de enero de 1981.
Andrés Neuman finaliza Hasta que empieza a brillar con gran sensibilidad hacia María Moliner. Toda ella se desprende en este libro, que es una obra de ficción basada en hechos reales. El autor agradece a su término a todos los que han trabajado para iluminar el legado de esta figura generosa y múltiple, como la lengua que amó. (Escrito en Granada, 2017-2024; impreso en Madrid en abril de 2025).
Reflexión
Confieso que la lectura de esta novela me ha impactado gratamente. Desde que la cogí en préstamo de la biblioteca municipal de Tías, precisamente el 17 de julio —fecha coincidente con el levantamiento militar en 1936— he estado totalmente inmersa en la vida y obra de María Moliner.
Era consciente de la importancia de su legado con respecto al Diccionario del uso del español que lleva su nombre; sin embargo, no podía imaginar cómo su trayectoria personal y académica iba a repercutir en mi pensamiento y en mi propio camino de letras.
Andrés Neuman me ha llevado a una etapa de la historia a la que he prestado especial atención este año 2026, coincidiendo además con el análisis de otro libro sobre la Guerra Civil: La península de las casas vacías, de David Uclés.
Del autor de Hasta que empieza a brillar, destaco su estilo cercano en describirnos el carácter de María Moliner, impregnado de notas de:
* Humor e ironía: nos hacen frecuentemente sonreír los diálogos que mantiene con su marido, un hombre paciente ante la descomunal labor creativa de su mujer. Por ejemplo: —«¿Todavía despierta, querida? —No, mi vida, soy sonámbula» (pág. 176); o bien mientras María reflexiona sobre el preámbulo del diccionario: «¿Y esa cara, querida? Te veo despistada. —Pensaba en ti, mi vida. ¿Más pollo?» (pág. 210).
* Optimismo: Por ejemplo: «Se puso manos a la obra con una energía atolondrada, dejando que la angustia inflamara su entusiasmo» (ante la propuesta de dirigir la Biblioteca Universitaria de Valencia)
* Perfeccionismo: destaca la gran responsabilidad que siente ante la omisión involuntaria de algunos vocablos en su obra como oxímoron (combinación de términos de significado opuesto: «silencio atronador»).
El alma de poeta de Andrés Neuman se vislumbra en la manera de mostrarnos el profundo dolor por la destrucción de la cultura. Por ejemplo, leemos en la página 114: «En Madrid, mientras tanto, los combates habían alcanzado la Ciudad Universitaria. Las barricadas se formaban con los volúmenes más gruesos: según las estimaciones de sus colegas bibliotecarios, las balas perforaban aproximadamente hasta la página 350...».
Las palabras de Andrés Neuman nos llegan al corazón. Su amor por ellas, al igual que el de María Moliner, nos traslada a situaciones terribles pero rodeadas de humanidad. Por ejemplo, en la página 116: «Al contrario de lo previsto por la cúpula militar, a medida que los pronósticos bélicos empeoraban, más se aferraban los hombres a los programas de alfabetización. Querían ser capaces de escribir sus nombres antes de desaparecer... ».
Coincido con el autor en que los términos abuelez o abuelidad (página 212) suenan de maravilla. ¿Por qué no los habrá incluido aún la RAE?
Sobre el autor
| Imagen Registro de escritores |
A los 22 años publicó su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999), con la que quedó finalista del Premio Herralde. Sus siguientes novelas fueron La vida en las ventanas (Espasa, 2002, Finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina (Anagrama, 2003).
Su cuarta novela, El viajero del siglo (Alfaguara, 2009), obtuvo el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica Literaria (otorgado por la AECL), considerado uno de los galardones literarios más prestigiosos de España.
Es autor de los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000), El último minuto (Espasa, 2001) y Alumbramiento (Páginas de Espuma, 2006).
Andrés Neuman aborda la paternidad en las novelas Umbilical (2022) y Pequeño hablante (2024), y regresa a la prosa histórica y biográfica en Hasta que empieza a brillar (2025). Su blog, Microrréplicas, está considerado como uno de los mejores en lengua española.
Fuentes consultadas
https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/neuman_andres.htm
https://registrodeescritores.com.ar/project/andres-neuman/
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