Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman

Editorial Alfaguara
El viernes 17 de julio fui a la biblioteca municipal de Tías a devolver París despertaba tarde, de Máximo Huerta. Tenía en mente pedir prestado otro libro cuando vi en una de sus estanterías Hasta que empieza a brillar, del escritor y poeta Andrés Neuman. Recordaba el nombre del autor porque había sido uno de los invitados en el I Festival de Literatura de Lanzarote.

Miré la sinopsis del libro sobre la vida novelada de María Moliner, publicado por la editorial Alfaguara.  No tuve la menor duda: era el elegido. 

Su estructura comprende nueve capítulos. En el primero, María recibe la visita del filólogo Dámaso Alonso, director de la Real Academia Española, cuyo motivo sabremos a lo largo de la narración. El autor da paso a las tres primeras décadas de la biografía de la protagonista (1900-1930), iniciada en Paniza (Zaragoza), con su perfume a vid en el campo de Cariñena. En este pueblo aragonés, su padre, Enrique, había sido destinado como médico rural. El verdadero punto de partida de su amor por las palabras había sido con su madre, Matilde, con quien practicaba aquellos garabatos que contenían realidades invisibles para un ojo no entrenado.

El padre es incorporado al personal médico de la Marina, que le ofrecía un mejor salario, y la familia con sus dos hijos, María y Quique, se traslada a Madrid donde nace poco después Mati. La fascinación de María por las letras se hace muy pronto visible: le ponía de mal humor que los libros se terminaran de repente, por eso se sentaba a copiar sus preferidos, palabra por palabra. Así aprendió a redactar (pág. 25).

Giner de los Ríos 
Quique y María comienzan a estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, donde impartía clases el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal (A Coruña, 1869 - Madrid, 1968). 

En la planta de arriba dormían los directores, el matrimonio Cossío y el pedagogo Francisco Giner de los Ríos, su fundador (Ronda, 1839 - Madrid, 1915). 

En la página 30, el autor señala que el padre acompañaba a sus hijos a la ILE y que esos diez minutos de paseo, cada vez más largos en su memoria, se convertirían en el mejor recuerdo de su infancia.

En efecto, don Enrique es contratado como médico de a bordo para cubrir un viaje transatlántico entre Cádiz y Buenos Aires. Aquel verano la comunicación se hará por carta y la familia se interesará por los efectos de la distancia sobre las palabras, que se volvían más dignas de atención. A su regreso, don Enrique se enorgullece de que María haya sido admitida en el Instituto Cardenal Cisneros para cursar Bachillerato. Poco tiempo después, el padre vuelve a embarcarse a Argentina con el objetivo de seguir mejorando sus vidas, pero esta decisión supone realmente su separación definitiva. 

Doña Matilde se queda sola con sus tres hijos. Los ahorros se agotan y es necesario afrontar la situación, que los lleva a trasladarse a otro barrio más humilde junto a la plaza de Olavide y a pedir una rebaja en la matrícula de Quique al señor Cossío. María comienza a impartir clases particulares y a estudiar por su cuenta con los apuntes de su hermano; asimismo, devora los libros de Galdós. Sin embargo, la evidencia se impuso: los gastos son insostenibles y deben volver al punto de partida, las inmediaciones de Paniza, hasta que logran alquilar un pisito en Zaragoza, gracias al préstamo de unos parientes. Quique finaliza sus estudios y consigue un puesto en una compañía siderúrgica en Sagunto. 

María reanuda sus exámenes libres y encuentra un empleo como secretaria en la Diputación Provincial, desde donde la derivan al Estudio de Filología de Aragón, convirtiéndose en la primera redactora oficial del equipo. Allí participa en el incipiente diccionario de vocablos aragoneses. María da el último empujón a su Bachillerato y asiste a clase a diario. En el patio coincide con Luis Buñuel, el joven que había sido expulsado de los jesuitas por mal comportamiento (pág. 48). 

Por fin, María inicia su etapa universitaria, pero al haberse suprimido la especialidad de Lengua y Literatura, cursa Historia, una carrera que finaliza con Premio Extraordinario al mejor expediente antes de cumplir veintidós años. Decide concursar al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios en Madrid con óptimo resultado: figura entre las diez primeras posiciones y obtiene plaza en el Archivo de Simancas (Valladolid), lugar al que su madre se traslada también para echarle una mano.

Archivo de Simancas 

Cumplida una temporada de servicio, María solicita el traslado al Archivo Histórico Nacional para ser tomada en cuenta al originarse una posible vacante. Asimismo, se informa sobre los cursos de doctorado y contacta con la directora de la Residencia de Señoritas, María de Maeztu y Whitney, de quien recibe una respuesta afirmativa. Sin embargo, su deseo no llega a materializarse. Al no lograr la vacante, opta por la Delegación de Hacienda en Murcia, lo que le abre la puerta a una ayudantía en la Facultad de Filosofía y Letras: un hito que la convierte en la primera mujer en ejercer oficialmente la docencia en la universidad murciana. Todo un acontecimiento, tan singular como el hecho de que el acta fuera firmada el 29 de febrero de 1924, año bisiesto.

El matrimonio: María Moliner y Fernando Ramón 
María conoce fortuitamente al catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando en una estación de tren. La diferencia de edad (casi diez años) y de intereses (ciencias y letras) no son óbice para iniciar una relación que culmina en boda en Sagunto. 

Nacen los primeros hijos: Quique y Fer. Tras una odisea burocrática, su marido logra la cátedra de Física en Valencia. María solicita también el traslado a esta ciudad, pero no es a una biblioteca, sino al Archivo Provincial de Hacienda. Pronto se integran en el ambiente universitario valenciano e incluso participan en la idea de fundar una escuelita inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, con pedagogía laica y grupos mixtos: la Escuela Cossío. María se ocupa de nutrir la biblioteca con obras de autores y autoras, tanto clásicos como de su generación, además de organizar talleres de lectura e impartir clases de Lengua.

La II República se proclama el 14 de abril de 1931. En el verano, despega el proyecto público del Patronato de las Misiones Pedagógicas, que proponía crear centros educativos y bibliotecas ambulantes en las zonas rurales de todo el país. Estaba presidido por el señor Cossío. María se identificó enseguida con su carácter vocacional, seducida por la denominación que Juan Ramón Jiménez inventó: «marineros del entusiasmo». Las Misiones se complementaban con la Junta de Libros, que se ocupaba de las localidades con más de mil habitantes; entre ambas atendían las necesidades bibliotecarias de los territorios en peligro de exclusión o despoblación. Un tercio del país seguía sin saber leer o escribir, una realidad que afectaba especialmente a la población rural y femenina (pág. 90). Recién ascendida a vicepresidenta de las Misiones valencianas, María diseña un centro para gestionar sus catálogos —la Biblioteca-Escuela—, donde le asignan una asistente que ejercía de auxiliar para todo y mecanógrafa, además de un equipo de varios estudiantes. Nace Carmina. 

La madre de María fallece. Poco después nace su cuarto hijo, Pedro. Por otra parte, María está muy satisfecha con el aumento de lectores en las bibliotecas: en dos años habían reclutado a medio millón, sobre todo menores de edad. Quizá en el bienio siguiente llegaran a superar las cinco mil nuevas bibliotecas. Sin embargo, tras la euforia, los presupuestos empezaron a caer. Otra de las funciones que realizó fue la de inspectora de bibliotecas rurales. Así recorrió muchos pueblos junto a Vicente, el conductor, y Angelina. María regresaba a casa con la sensación de haberse nutrido de la misma gente a la que pretendía instruir. Tampoco faltaban las familias que le preguntaban para qué iban a perder el tiempo sus hijos leyendo, cuando podían hacer cosas útiles.

¿Cómo no iba a ser útil la lectura si mejoraba la vida cotidiana, si fundaba una soledad asociativa, si ofrecía más experiencias de las que nos tocaban en suerte, si ampliaba nuestras identidades, nuestro conocimiento del prójimo y nuestro concepto mismo de realidad, si nos permitía comunicarnos con otras épocas, otros lugares, otras lógicas, e incluso hablar con los muertos? (pág. 101)

Juana Capdevielle
Una noche en Manzanera, en su casa de verano compartida con amigos, escucharon el aullido de un perro al que parecía que le hubiesen pegado un tiro, aunque faltara el disparo. María tuvo un mal presentimiento, aquel 17 de julio de 1936, que se cumplió a la mañana siguiente cuando se enteraron del levantamiento militar en Melilla y Ceuta. A partir de entonces, los rumores se convierten en realidad. El 18 de agosto fusilaron al poeta Federico García Lorca y a Juana Capdevielle

Juana Capdevielle, mujer brillante cuyo primer destino, tras aprobar la oposición, fue la Biblioteca Nacional y después la de Filosofía y Letras de la Universidad Central (hoy la UCM). Participó en actividades de lectura para los enfermos del Hospital Clínico y la Cruz Roja. 


A María le ofrecieron dirigir la Biblioteca Universitaria de Valencia una vez formado el gobierno del Frente Popular. Aquel espacio y su organización la serenaban. Logró escribir sus ideas al respecto en un documento que tituló Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Cuando los bombardeos empezaron a rondar la ciudad, María desplazó los fondos de mayor valor al rincón que llamó «Refugio de Papeles», como si los libros fueran personas. Lo eran. (pág. 112)

El ministerio fue transformado por decreto y la coordinación bibliotecaria quedó en manos del filólogo Tomás Navarro Tomás (La Roda, 1884 - EEUU., 1979), autor del Manual de pronunciación española y discípulo predilecto de Menéndez Pidal, quien dirigió la Biblioteca Nacional durante la Guerra Civil y ocupaba el sillón «b» en la RAE. En esta coordinación contó asimismo con la colaboración de Teresa Andrés Zamora (Valladolid, 1907 - París, 1946), número uno en las oposiciones del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1931. Ambos propusieron a María encargarse de la sección escolar y, después, de la dirección de la sede valenciana de la Oficina de Adquisición de Libros. Que los libros llegaran al frente adquirió una relevancia que María no había imaginado: en las trincheras, la lectura parecía agudizar sus funciones; era lucha y descanso, defensa y consuelo, análisis y evasión, discurso colectivo y refugio íntimo. (pág. 115)

Valencia se erige en eje provisional de la República. El autor nos dice que muchas mujeres afrontan solas la crianza y el trabajo. Estaban angustiadas, extenuadas y, por una vez, al mando. Se suceden las evacuaciones del personal de Madrid y María conoce a gente desplazada, como al catedrático Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990), quien fue también alumno de Menéndez Pidal, y a Carmen Conde, joven fundadora de la Universidad Popular de Cartagena. El círculo de amistades se amplía con el matrimonio de lingüistas formado por Pilar Lago y Rafael Lapesa. Finalmente, María es cesada tras haber visto mermadas sus atribuciones al sustituir la Administración a Navarro Tomás y a Teresa por líderes afines a la CNT.

La caída de Barcelona, el 26 de enero, y la de Valencia, el 29 de marzo de 1939, marcan un nuevo léxico. María explica a sus hijos que los fascistas son ahora nacionales y que muchas de las personas queridas pasan a llamarse rojos. Fernando es destituido de su cargo en el decanato y María es acusada de todas sus responsabilidades durante la República mediante un pliego de cargos que recibe en otoño. La ley que regulaba la purga de funcionarios decidió también el destino de su memoria afectiva. El Boletín del Estado publicó las sanciones: María era postergada a su puesto original en el Archivo de Hacienda, retrocediendo una década y media en su carrera profesional. En el caso de Fernando, se optó por el castigo de quedar suspendido hasta que se regularizara su situación.

A pesar de cuestionarse el exilio en Francia, México o Argentina, María tenía miedo a la otra orilla, ya que sospechaba que solo se cruzaba una vez. La familia resiste al silencio, los apagones y la austeridad. María tiene la sensación de vivir en un estado de ficción lingüística y considera que se quema el léxico en palabras como héroe, patria o Dios. A la vez, intentaba absorber los ritmos de la casa, dado que Fernando había caído en la apatía. Extrañaba su oficio bibliotecario. La cosecha había ardido en la plaza de Cataluña en Barcelona y en la Universidad Central en Madrid. Habían elegido el Día del Libro para ejecutar el ritual: una pedagogía perfecta. A María le rondaba la idea de ponerse a escribir cuando pudiera. Pero qué, cómo, para qué. Y se daba por vencida de antemano. (pág. 144)

La sanción a Fernando le permite un traslado a Murcia con el veto de cargos de responsabilidad y la pérdida temporal de su cátedra. El resto de la familia permanece en Valencia. Después de varios años, Fernando ocupa una cátedra vacante en Salamanca. Los estudios universitarios de los hijos mayores motivan la mudanza definitiva a un Madrid gris, a excepción de Enrique, quien cursa Medicina y vivirá con su padre. A María le asignan una biblioteca técnica en la Escuela de Ingenieros Industriales, donde se encuentra un ambiente de exquisita hostilidad. Pronto manifiesta su interés por habilitar pequeñas secciones de Historia, Lengua y Literatura, sin conformarse solo con la bibliografía específica, hecho que le permite adquirir ejemplares de jóvenes narradoras como Dolores Medio, Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite.

María cumple cincuenta años. No le preocupa tanto la edad como la melancolía de las energías desaprovechadas. Creía que estaba viviendo en círculos. Necesitaba un proyecto lo bastante excesivo como para despertarla: su tesis inconclusa, escribir un ensayo o una novela. La consulta de un vocablo en el diccionario de la Real Academia y su inconformidad con la definición, tras corregirla, la hacen reflexionar. De nuevo, la escribe y le parece que empieza a brillar, mientras nota la emoción de su mano temblorosa. (pág. 155)

Los cuatro hijos se reúnen para hablar de la decisión insólita de su madre, a quien conocen muy bien y saben que querrá llevarla a término: hacer otro diccionario, ya que el de la RAE no está bien. Las cajas de fichas de palabras ya empiezan a ocupar estancias de la casa como el baño. Andrés Neuman desarrolla algunos vocablos que María amplía y explica con ejemplos; tal es el caso de amor: «Los padres corrigen con amor ( y no castigan...)». Estaba claro que ella quería cocinar su diccionario a su manera y atendiendo a neologismos juveniles. Calculó un año o dos de trabajo. 

María Moliner (Fuente Telesur tv)
La lámpara de vidrio y hierro se encendía en su hogar, en la calle Don Quijote, 1, en la quietud de la noche. María, con sus lentes gruesos, hacía crecer el alfabeto. Para ella la lengua era esplendente: reflejaba la luz, la lucidez de quien la hablaba. (pág. 175)

Pasaron los dos años en los que su hogar se transformó en una selva de vocablos, y renunció a la vida social para entregarse a su diccionario. Aprovechaba el tiempo porque ya no le sobraba.

Asimismo, en la Escuela de Ingenieros pudo dedicarse a sus fichas tras resolver las gestiones urgentes del trabajo. Al cumplirse los cinco años de su dedicación, despertó la curiosidad de los miembros de la RAE como Dámaso Alonso y Lopesa. Seguidamente lo desvelarían al consejo editorial de Gredos, el cual, tras una ardua deliberación le ofreció un contrato y un anticipo estimable. Aquel compromiso formal la obligaba a terminar algo que se le estaba volviendo interminable. En la casa de la calle Don Quijote las puertas no se movían. El autor menciona aquella soledad temida y deseada: ¿tendría algo que ver con la felicidad? (pág. 195)

El autor señala que el  matrimonio adquiere una pequeña finca en La Pobla (provincia de Valencia): un refugio cerca del mar que se convierte en el mejor reclamo para atraer a la familia, cada vez más dispersa. Para María, vacaciones significaba trabajo voluntario. Se levantaba más ansiosa que la luz, rodeaba la silueta adormecida de Fernando, salía al jardín y comprobaba que las palabras estaban bien despiertas. Aseguraba con piedras los papelitos. Se ponía a mecanografiar entre pájaros, que piaban sílabas como locos, hasta la hora del almuerzo. Esbozaba una siesta, pasaba su mente a limpio y volvía a sentarse hasta el atardecer. María volvía de sus vacaciones extenuada y satisfecha. «Plusvalía de agosto», la llamaba. (pág. 199)

Los años transcurren y llega la jubilación para Fernando. Ya era libre. Él había imaginado una vejez viajera, social, repleta de actividades. Sin embargo, María se recluía en su obsesión sin fondo. Se había cumplido una década de fatigas. Los últimos esfuerzos frente a su hormiguero verbal le estaban resultando particularmente desesperantes. Ya conocía esa sensación de que, al acelerar, su meta se alejaba y los agujeros se expandían. Su perfeccionismo no dependía de los resultados, sino de una mirada agónica sobre el propio camino. 

María comienza a pensar en la dedicatoria y el preámbulo, donde quería precisar el criterio de su organización y mencionar a sus referentes. Entre ellos, el filólogo y lingüista Samuel Gili Gaya (Lérida, 1892-Madrid, 1976), académico de la RAE, quien en su discurso de ingreso (21.05.1961) había reivindicado la escucha atenta de la infancia y se había atrevido a confirmar: «Todos sabemos que las niñas, por lo general, aprenden a hablar antes y mejor». Siguiendo con el preámbulo, María se preguntaba si alguien se fijaría en la coincidencia de la fecha al pie del texto: Madrid, abril de 1966, trigésimo quinto aniversario de la proclamación de la República....

Editorial Gredos
A punto de incumplir un nuevo plazo, se presionó a María para que aceptase la colaboración de un par de especialistas: una discípula de Navarro Tomás y una reputada bibliotecaria. María acudía con asiduidad a la editorial Gredos, donde conoció a toda su gran familia: dos de sus cuatro fundadores en 1945: Julio Calonge (lingüista, traductor y catedrático de griego) e Hipólito Escolar (bibliotecario y escritor que llegaría a ser director de la BNE); el corrector don Segundo; el flaco Agustín; Alberto, el linotipista, y Pablo, el jefe de cajistas. 

Tras entregar el manuscrito completo de su Diccionario del uso del español, María se concedió unas «vacaciones-vacaciones». Así las llamaron, regodeándose en la redundancia. El matrimonio viajó a los destinos de sus hijos para verlos, como Ginebra y Canadá. A su regreso, en la editorial le dijeron que faltaba el prólogo de alguna figura indiscutible como el célebre filólogo Eugenio Coseriu (Rumanía, 1921-Alemania, 2002), aunque éste se negó por falta de tiempo.

Llegó el anhelado momento: María pudo acariciar con las yemas de los dedos el lomo con las letras plateadas que formaban su nombre y apellido, y detenerse en el título, en las letras de los vocablos que contenía cada tomo y en el logotipo de la editorial, una cabrita icónica balando al cielo. María estimaba que su diccionario entero albergaría unas ochenta mil entradas. Poco a poco sus temores se fueron disipando, ya que tuvo una gran repercusión en librerías, medios y universidades. El Moliner, como se empezó a llamar, llegó a cuatro grupos fundamentales: 1) estudiantes de diversos niveles, 2) docentes, periodistas y gente de letras, 3) familias trabajadoras y 4) mujeres.

Se suceden los encuentros para celebrar su éxito, y poco después, surge también la posibilidad de realizar correcciones. María se jubila, aunque no se retira. Se dedica tanto al diccionario como al cuidado de su marido quien, operado de glaucoma, apenas veía con ninguno de los dos ojos. Gracias al rendimiento del Moliner se mudan a una zona más verde: el número 3 de la calle Moguer. En el nuevo domicilio recibe la noticia de la la Real Academia Española de ocupar un sillón. Su amigo Dámaso Alonso, como director, debía mantenerse neutral. María recuerda a escritoras que se habían postulado antes como la gran autora del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán, a cuyo favor únicamente Galdós y Menéndez Pidal se habían pronunciado en público. Finalmente, a María Moliner tampoco se le otorga el asiento en la RAE, al quedar tercera en la votación, por detrás de Alarcos y de García Nieto. (pág. 266)

En la última parte de la novela, Andrés Neuman nos lleva a los años en los que afloran los síntomas de deterioro del matrimonio, entre 1972 y 1975. El marido de María fallece y ella, poco a poco, va perdiendo la energía. Sus rutinas se convierten en círculos, evitando paseos y vida social. Se le diagnostica depresión, arterioesclerosis, falta de riego...  María olvida palabras. La familia la cuida y se reúne para tomar decisiones al respecto. Desde su diagnóstico, Pedro, el hijo pequeño, se ocupa de los asuntos editoriales. Su amiga Carmen Conde Abellán la visita: quiere confiarle un secreto. El 28 de enero de 1979, Carmen ingresa en la Real Academia Española con el sillón K, convirtiéndose en la primera mujer en los doscientos sesenta y cinco años de la institución. María Moliner fallece el 22 de enero de 1981.

Andrés Neuman finaliza Hasta que empieza a brillar con gran sensibilidad hacia María Moliner. Toda ella se desprende en este libro, que es una obra de ficción basada en hechos reales. El autor agradece a su término a todos los que han trabajado para iluminar el legado de esta figura generosa y múltiple, como la lengua que amó. (Escrito en Granada, 2017-2024; impreso en Madrid en abril de 2025). 

Reflexión

Confieso que la lectura de esta novela me ha impactado gratamente. Desde que la cogí en préstamo de la biblioteca municipal de Tías, precisamente el 17 de julio —fecha coincidente con el levantamiento militar en 1936— he estado totalmente  inmersa en la vida y obra de María Moliner. 

Era consciente de la importancia de su legado con respecto al Diccionario del uso del español que lleva su nombre; sin embargo, no podía imaginar cómo su trayectoria personal y académica iba a repercutir en mi pensamiento y en mi propio camino de letras.

Andrés Neuman me ha llevado a una etapa de la historia a la que he prestado especial atención este año 2026, coincidiendo además con el análisis de otro libro sobre la Guerra Civil: La península de las casas vacías, de David Uclés.

Del autor de Hasta que empieza a brillar, destaco su estilo cercano en describirnos el carácter de María Moliner, impregnado de notas de:

* Humor e ironía: nos hacen frecuentemente sonreír los diálogos que mantiene con su marido, un hombre paciente ante la descomunal labor creativa de su mujer. Por ejemplo: —«¿Todavía despierta, querida? —No, mi vida, soy sonámbula» (pág. 176); o bien mientras María reflexiona sobre el preámbulo del diccionario: «¿Y esa cara, querida? Te veo despistada. —Pensaba en ti, mi vida. ¿Más pollo?» (pág. 210).

* Optimismo: Por ejemplo: «Se puso manos a la obra con una energía atolondrada, dejando que la angustia inflamara su entusiasmo» (ante la propuesta de dirigir la Biblioteca Universitaria de Valencia)

* Perfeccionismo: destaca la gran responsabilidad que siente ante la omisión involuntaria de algunos vocablos en su obra como oxímoron (combinación de términos de significado opuesto: «silencio atronador»). 

El alma de poeta de Andrés Neuman se vislumbra en la manera de mostrarnos el profundo dolor por la destrucción de la cultura. Por ejemplo, leemos en la página 114: «En Madrid, mientras tanto, los combates habían alcanzado la Ciudad Universitaria. Las barricadas se formaban con los volúmenes más gruesos: según las estimaciones de sus colegas bibliotecarios, las balas perforaban aproximadamente hasta la página 350...».

Las palabras de Andrés Neuman nos llegan al corazón. Su amor por ellas, al igual que el de María Moliner, nos traslada a situaciones terribles pero rodeadas de humanidad. Por ejemplo, en la página 116:  «Al contrario de lo previsto por la cúpula militar, a medida que los pronósticos bélicos empeoraban, más se aferraban los hombres a los programas de alfabetización. Querían ser capaces de escribir sus nombres antes de desaparecer... ».

Coincido con el autor en que los términos abuelez o abuelidad (página 212) suenan de maravilla. ¿Por qué no los habrá incluido aún la RAE?

Sobre el autor

Imagen Registro de escritores
Andrés Neuman (Buenos Aires, 28 de enero 1977) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde ejerció como profesor de literatura hispanoamericana. 

A los 22 años publicó su primera novela, Bariloche (Anagrama, 1999), con la que quedó finalista del Premio Herralde. Sus siguientes novelas fueron La vida en las ventanas (Espasa, 2002, Finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina (Anagrama, 2003).

Su cuarta novela, El viajero del siglo (Alfaguara, 2009), obtuvo el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica Literaria (otorgado por la AECL), considerado uno de los galardones literarios más prestigiosos de España. 

Es autor de los libros de cuentos El que espera (Anagrama, 2000),  El último minuto (Espasa, 2001) y Alumbramiento (Páginas de Espuma, 2006). 

Andrés Neuman aborda la paternidad en las novelas Umbilical (2022) y Pequeño hablante (2024), y regresa a la prosa histórica y biográfica en Hasta que empieza a brillar (2025). Su blog, Microrréplicas, está considerado como uno de los mejores en lengua española.

Fuentes consultadas

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/neuman_andres.htm

https://registrodeescritores.com.ar/project/andres-neuman/


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